EL LATIDO DEL TAMBOR / Zahn. gu / The Drummer
José Luis Ortega Torres | revistacinefagia@gmail.com
El cine asiático se ha caracterizado por  ser una mixtura de tópicos y géneros que bien balanceados pueden resultar muy atractivos. Lejos están de la saturación hollywoodense o el remake fácil, por el contrario, a sabiendas que no hay un hilo negro por descubrir en lo que a historias cinematográficas se refiere, optan, inteligentemente, por tomar muestras de uno y otro género para sembrarlos en su propia parcela todo-genérica y cosechar así algún filme multireferencial que llena la pupila más allá de sus propias fronteras.

Claro que el cine oriental también debe el entusiasmo de sus fans a una buena dosis del exotismo de ojos rasgados que sustituye, por falta de un conocimiento real, a su idiosincrasia cultural social y religiosa. De ahí que un filme como El latido del tambor, se presente ante nosotros como una película fresca, emotiva y de cierto aliento artístico a través del canon “joven rebelde encuentra su destino trascendente”, lo cual no debe de entenderse como algo necesariamente malo.

No lo es en el sentido de que la cinta atraviesa por convenciones de géneros tan dispares como la comedia, el cine de artes marciales, de gángsters chinos —triadas— y de superación personal, pero siempre respetando los límites entre uno y otro, de forma tal que no llegan al estorbo mutuo.

Kenneth Bi, el director, divide claramente esta película en tres partes bien establecidas: un prólogo en la ciudad de Hong Kong donde establece el carácter descarriado de Sid, impetuoso baterista hijo de un gángster local de nombre Kwan, que en plena edad de la punzada gusta de acostarse con la amante de Stephen Ma, líder de la mafia rival de su padre, a quien humilla delante de sus gatilleros, afrenta que éste no pasará por alto al pedirle a Kwan —quien le debe la vida —, como acto reivindicatorio, las manos del chico.

Primera parte que se filma de modo vertiginoso, con planos poco trabajados y cámara en mano; atmósfera oscura, lóbrega y de cortes rápidos cuyo objetivo no es otro más que dejar en claro el perfil inestable de Sid. En este primer tercio la cámara se convierte, ágilmente, en el espejo de su propio carácter, donde también se refleja la personalidad de Kwan, el padre violento que no sabe como demostrarle que está preocupado de perderlo.

En este momento, lo que podría convertirse en un drama gangsteril-policíaco que tan bien saben hacer los asiáticos (verbigracia, las sagas Infernal Affairs o A Better Tomorrow) gira de forma sorprendente hacia terrenos que uno no esperaría, como lo es el cine de superación personal que, dicho así de simple lo pondría al nivel panfletario del Monje que vendió su Cadillac. Nada más alejado que eso para referirse a El latido del tambor.

Sid debe refugiarse en las montañas de Taiwán. Ahí, después de días de aburrimiento, conoce a un grupo de tamboristas zen que, por medio de la reflexión y la vida monacal, han hecho del tambor una extensión de su cuerpo y, de su ritmo, una presencia elocuente de sus corazones. Con el ímpetu propio de la juventud alocada y de su ansia salvaje de encontrar su lugar en la vida —¿o es que quizá está destinado a ser la sombra de su padre?— decide unirse a ellos tomando los grandes tambores como un remedo de su amada batería. Las cosas no son tan simples.

Aun cuando la película recuerde las andanzas de Daniel San con el señor Miyagi —“primero debes aprender a acarrear agua”— no estamos ante la versión festivalera del Karate Kid, sino ante un verdadero despertar de la consciencia individual donde el sacrificio del cuerpo pone en alerta a la mente, descubriendo que sus brazos están hechos para cosas más trascendentales que abrazar pirujonas de gángsters.

Pero el discurso que enfatiza la evolución humanística del joven viene acompañada, y he aquí el mayor merito de Kenneth Bi, de una puesta en escena parsimoniosa, contemplativa, donde la paleta cromática del fotógrafo Sam Koa se funde con los colores propios de las montañas taiwanesas y se regodea en planos que detallan la naturaleza del lugar, disminuyendo paulatinamente el movimiento brusco de la cámara en mano y sus cortes abruptos para tranquilizarse y detallar su entorno. Ya no es el reflejo de la personalidad de Sid, sino que se ha transformado en su propio ojo: la vida a su alrededor se torna apacible y su corazón late a un ritmo de tranquilidad. Con ello, Bi se esfuerza por lograr que el público acompañe al chico en su viaje introspectivo.

Colofón obligatorio es mencionar la fuerza interpretativa de la pareja protagónica, Tony Leung Ka Fai —no confundir con Tony Leung Chiu Wai, actor fetiche de Wong Kar Wai—, quien estremece con una compleja interpretación de un padre violento de semblante eternamente tenso y una figura cansada que no sabe como decirle a su hijo lo mucho que lo ama y que sufre al no poder entenderlo, ni acercarse a él. El honor como líder de una triada no permite en ningún momento demostrar debilidad alguna.

Por otro lado, el complemento de este Ying y Yang en eterno movimiento: un sorprendente Jaycee Chan, hijo del “pequeño dragón” Jackie Chan, quien buscando alejarse de la monstruosa sombra de su padre (paradójica semejanza con su personaje ¿…o no?) crea un personaje rico en matices, haciendo creíble para el espectador que Sid, efectivamente, ha madurado y evoluciona en una transformación que va mucho más allá de un cambio de look; baste observar tres secuencias: él como baterista de antro, luego como tamborista en la presentación teatral y, finalmente, como el hombre que busca respuestas al destino de su padre. Tres edades espirituales en el crecimiento de un sólo hombre.

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EL LATIDO DEL TAMBOR
(Zhan. gu)

Dirección y Guión: Kenneth Bi; Producción: Peggy Chiao, Thanassis Karathanos, Rosa Li; Fotografía: Sam Koa; Música: Andre Matthias; Edición:  Kenneth Bi e Isabel Meier; Con: Jaycee Chan (Sid), Tony Leung Ka Fai (Kwan), Angelica Lee (Hong Dou), Roy Cheung (Ah Chiu), Josie Ho (Sina), Kenneth Tsang (Stephen Ma), Liu Hei-yi (Lan Jie)

Hong Kong – Taiwán – Alemania, 2007 – 118 min.

Participaciones
: Festival de Cine Golden Horse de Taipéi —Premio a Mejor Actor de Soporte (T. L. Ka Fai)—, Taiwán 2007; Festival Internacional de Cine de Locarno. Suiza 2007; Festival Internacional de Cine Euroasiático de Antalya. Turquía 2007; Festival Internacional de Cine de Gijón. España 2007; Festival de Cine Sundance —Nominación al Gran Premio del Jurado, Sección Cine del Mundo-Drama—, Park City, Estados Unidos 2008; Festival Internacional de Cine de Sofía. Bulgaria 2008; Festival de Cine de Sidney. Australia 2008; Festival Internacional de Cine de Moscú. Rusia 2008; Festival Internacional de Cine de Riga. República de Letonia 2008; Festival de Cine de Zagreb. República de Croacia 2008; Festival Internacional de Cine Toronto Reel Asian. Canadá 2008.