Por José Luis Ortega Torres
Recientemente las pantallas cinematográficas vienen presentando historias que reflejan una realidad muy actual, la del desencanto, pereza física, estulticia mental e incapacidad sentimental de ese grupo social llamado, eufemísticamente, “jóvenes adultos contemporáneos” en lugar de “treintañeros inmaduros irresponsables”. Como generación, este microcosmos con sus problemas específicos de búsqueda de identidad, incapacidad para comunicarse e incomodidad en el entorno, se ha convertido en un subgénero fílmico en sí mismo, por lo que hemos visto sus problemas retratados lo mismo en comedias guarras que en azotados filmes filosófico-trascendentales. Ted, ópera prima del monero Seth MacFarlane apunta hacia lo mismo, pero con mayor gracia.
Escritor de muy amenas caricaturas infantiles como El laboratorio de Dexter y Johnny Bravo, y creador total de ácidas revisiones a los arquetipos familiares del estadounidense clasemediero –también a partir de la flexibilidad creativa que permite el cartoon– en títulos como Padre de familia (Family Guy), American Dad y El show de Cleveland, donde puntillosamente MacFarlane ha satirizado situaciones sociales que sus propios compatriotas no dejan de ver como costras que deben de esconderse bajo pesadas capas de moral y buenas costumbres: el racismo, la homosexualidad, el analfabetismo (dis)funcional y el conformismo clasemediero, entre otras… casi todas.
En Ted también recurre a un personaje animado, esta vez tridimensional, no sólo para señalar una más de estas taras sociales, sino para encajar el dedo en la llaga a partir de la interacción con un entorno “real”, apuntando por vez primera hacia la acción viva. John Bennett es el típico chico aislado porque sí. No le simpatiza al resto de los niños del barrio, ni siquiera al que es objeto del agandallamiento grupal. No tiene amigos y no sabemos porqué. Es un niño normal que no encaja no por falta de ganas, sino por culpa de un entorno excluyente. Su único amigo a partir de entonces será el oso Ted, que llega a él como un regalo navideño y que cobra vida por un milagro de la Natividad, prometiendo ser su mejor amigo, sin separarse de él jamás. Ouch.
En la actualidad, John, un hombre más cerca de los cuarenta que de los veinte años, es un empleado más en un negocio de renta de autos; vive con su hermosa novia Lori y su fiel osito, quien ha crecido con él y que pasó de ser una celebridad mediática a nivel nacional, a un guarro de felpa drogadicto, malhablado y ávido de sexo. Juntos no hacen nada de la vida más que dejarla pasar sin mayores afectos que no sean los recuerdos maravillosos de los que su generación conoce (o creen que fue) como la “década dorada de los ochenta”, momento histórico de ensueño donde la vida parecía resuelta porque sí (por lo menos en los Estados Unidos, contexto del filme), siempre a partir de una economía boyante sostenida por palillos (o misiles, dada su economía de guerra), en una era como la reaganiana, donde el sueño americano se encontraba a la vuelta de la esquina.
La generación que creció durante esos años es ahora la misma que vive perpetuamente aferrada a una nostalgia cargada de referencias pop que para los más jóvenes no tienen mayor carga emotiva: la Marcha imperial o el tema de la teleserie El auto increíble sólo resultan graciosos para el puñado de gente de creció con ellos. Las referencias a Pink Floyd en plena discusión son para quienes se conmocionaron con The Wall, y así, las conexiones sensitivas entre congéneres se construyen a partir de lazos de una cultura retro (o vintage, como ahora es la moda) tan intangible como inútil. Esa es la realidad emocional de John Bennett. Su complemento es el pesado Rex, jefe de Lori, un tiburón empresarial imbécil, pero con la vanidad de sí mismo que le da el capital millonario del que disfruta sin haber sudado una gota por merecerlo: es el heredero de una economía que construyeron para él, el nuevo yuppie de la otrora era Reagan, pero corregido y aumentado.
Ambos, Rex y John son, paradójicamente, las dos caras de una moneda todavía en circulación, pero cada vez más devaluada. Figuras anquilosadas que no encuentran una real manera de establecer vínculos sentimentales con otros seres humanos porque basan su propia seguridad deshumanizándose ellos mismos, a partir de desplazar su confort a fantasías mentales (el oso Ted como obvia representación del amigo imaginario llevada al extremo) u objetos materiales (un bate de béisbol, unos guantes de box, un testículo bañado en oro) que arrancados de su contexto resultan inanes (¿Importa que los guantes hayan sido de un campeón mundial si ahora están dentro de una vitrina?)
Enfrente de ambos está Lori, la hermosa-hermosa novia que se presenta como el contrapunto obvio pero necesario: la chica a todas luces menor que ambos tipos y que por lo tanto ha crecido con un patrón social y cultural por completo distinto, lo que hace de ella una mujer no sólo atractiva por su físico, sino por sus capacidades como profesionista segura de sí misma, independiente, madura, responsable y en obvio ascenso. Personaje estandarte de una generación que ya no se amedrenta con los truenos porque le ha tocado lidiar con ellos.
Ted se convierte en un filme a momentos hilarante, con todo y su humor escatológico tan básico para los yanquis como respirar, aunque sean sus propias flatulencias, pero que, no obstante, esconde en medio de tanta felpa la disección de una generación que prometía demasiado, pero que ahora parece que se ha diluido por un mundo que se revolucionó a una velocidad que la sobrepasó, y donde la nueva sangre, la de los hoy veinteañeros, ha madurado más rápido y sin necesidad de sentarse a meditar sobre el “aquí y ahora” con una pipa y cervezas, casi sin gozar del momento ni hacerlo lúdico, porque se las fumaron al vuelo.
Esta generación de los casi-cuarentañeros está en el momento del cuestionamiento, de la duda, de la búsqueda de estabilidad social y sobre todo emocional, del “al ratito”, “ahí luego”, de la conmiseración/reproche del otro: “a ver si ya maduras”. Si para lograrlo es necesario aferrarse a un oso de peluche como clavo ardiendo para sostenerse, adelante, ¿qué tiene de malo? Las futuras generaciones ya verán con nostalgia como su smartphone o tablet les abre, en uno o dos lustros, un mundo de vivencias (tecnologizadas) ya idas y, con suerte, podrán volver sobre sus pasos y reconstruirse a sí mismos.
TED
Dirección: Seth MacFarlane; Guión: Alec Sulkin, Wellesley Wild y Seth MacFarlane, a partir de una historia original de éste último; Producción: Seth MacFarlane, Jason Clark, John Jacobs, Scott Stuber, Wellesley Wild, Mark Kamine; Fotografía: Michael Barrett; Música: Walter Murphy; Edición: Jeff Freeman; Elenco: Mark Wahlberg (John Bennett), Mila Kunis (Lori Collins), Seth MacFarlane (voz de Ted), Joel McHale (Rex), Giovanni Ribisi (Donny), Jessica Barth (Tami-Lynn).
Estados Unidos, 2012 – 106 min.
Participaciones: Festival de Cine Estadounidense de Deauville, Francia 2012.

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4 comments
Majadero says:
Sep 18, 2012
Acertado describiendo los planteamientos sociológicos de la cinta pero considero te falto decir si el despliegue cinematográfico es bueno o desastroso; en otras palabras, si la película vale la pena o no a partir de lo que vemos en pantalla. SI partimos sobre tu valoración de las series que mencionas, a mi personalmente me dan hueva o se me hacen una versión bastarda de los hoy decadentes y lastimeros Simpson, por lo cual no me animaría a verla aunque igual y le daba el beneficio de la duda.
Saludos y, como siempre, felicitaciones por mantener el espíritu de este sitio.
José Luis Ortega Torres says:
Sep 19, 2012
¡Saludos Majadero!
Muchas gracias por tus comentarios, los tomaré en cuenta de verdad. En este caso Ted, como ópera prima, es poco arriesgada en lo formal, su puesta en escena es meramente funcional, incluso en el manejo de los flashbacks a los que recurre, la animación está bastante bien realizada pero tampoco es nada del otro mundo. Justo por eso es mejor centrarse en la parte argumental, que es donde está toda la fuerza del filme.
Abrazos, y gracias por seguir leyéndonos.
JLO
Aquiles Baeza Vergara says:
Sep 19, 2012
La verdad es que apunta muy bien sus dardos y casi da en el centro. La pelicula, de humor soez y escatológico (al parecer los del norte no se saben otra) se diferencia de otras precisamente por todas la referencias que hace a la cultura basura ochentera y a como viven aferrados varios traintaentradosencuarentañeros a esta, no por nada una de sus mejores escenas es donde aparece Sam Jones.
Yo tambien tenía cierta resistencia a ver esta pelicula. Por lo regular las cintas de drogones-inmaduros-perdedores -cool (al estilo seth rogen) poco menos que me aberran. Pero bueno, esta pelicula te puede hacer pasar un buen rato si te conectas en la frecuencia adecuada. Despues de todo se trata de un tierno oso que es un hijo de puta.
diego arellano says:
Sep 22, 2012
hola jose luis, me encanta tu critica y me gusta sobre todo como manejas el tema de la pelicula, me parece importante que tu recalcas el objetivo de la cinta (aparte de hacer reir) ya que muchas personas ven en ted una pelicula mas con chistes de pedos y mota, pero el mensaje a largo plazo me parece mucho mas relevante, no digo que esta es una pieza maestra, pero la pelicula en si habla de algo muy real, muy tangible y es bueno ver que peliculas de comedia tengan un punto mas “profundo”.