Por José Luis Ortega Torres

La reconstrucción histórica es, sin duda, un estilo fílmico harto lucrativo, especialmente aquellas películas que se solazan en la siempre nostálgica historia británica. Ahí caben todo tipo de argumentaciones genéricas, las cuales, cubiertas con seda y encaje, y rodeadas de damas de sociedad y carruajes, terminan por convertirse, la mayoría de ellas, en películas de ciertas pretensiones artístico-naive, algunas demasiado chocantes cuando la pedantería se apodera de ellas. Por el contrario, cuando la cosa se toma con calma, se elabora una historia atractiva y se lleva con cierto desparpajo, dan como resultado películas que si bien no figurarán en la tan mentada lista de las mejores películas de todos los tiempos –elaborada por los propios brítánicos de la revista Sight & Sound–, sí le darán al público una hora y media de pura y llana diversión, como lo es esta Histeria: La historia del deseo.

Tanya Wexler dirige esta película que recuerda la creación de uno de los inventos más lucrativos de la historia: el vibrador eléctrico, que de entrada ya genera cierto morbillo en los asistentes de la sala, pero lo hace en el contexto de una comedia rosa del típico modelo chico-bueno conoce chica-mala, chocan –literalmente–y se enamoran. Sin más. El progresista médico Mortimer Granville, a finales del siglo XIX, pugna por un ejercicio verdaderamente científico de la medicina en una era prácticamente recién salida del oscurantismo, donde la existencia de los gérmenes en el medio ambiente no era más que un cuento de charlatanes; mismo momento histórico donde una desparpajada Charlotte Dalrymple, hija del reputado “médico de señoras”, Robert Dalrymple,  se gana la maledicencia popular por sostener un asilo donde se brinda alimento, hospedaje y escuela a lúmpenes y prostitutas… y por andar muy quitada de la pena en bicicleta, suponemos también, mientras su dedicado padre se afana en su consultorio por masturbar mujeres de la clase alta diagnosticadas de la penosa enfermedad de “histeria femenina”.

Aunque suene a cuento, ya desde los tiempos de Platón e Hipócrates se teorizaba  sobre este padecimiento –que, en realidad no era tal– propio de mujeres privadas de una vida sexual placentera, por lo que el masaje pélvico en busca del llamado Paroxismo histérico no eran más que eufemismos para refererise a la búsqueda del orgasmo por medio de la estimulación manual, que en los pudendos años de 1880 ca., sólo era socialmente permisible cuando se realizaba como tratamiento médico. Cuando las teorías modernistas de Mortimer Granville lo llevan a perder su empleo en casi todos los hospitales londinenses, su único refugio laboral será el muy solicitado consultorio de Dalrymple, donde su apostura pronto le gana la simpatía no sólo de sus variopintas pacientes, de la ex prostituta convertida en sirvienta, Molly y también, but of course, la de Emily, la más joven y virtuosa de las hermanas Dalrymple.

Cuando Mortimer se ve expuesto a tan mortificante tarea, pronto acusa síntomas de Síndrome del túnel carpiano, por lo que su “talento” se ve disminuido, ante el enojo de las pacientes, situación de la que es providencialmente salvado por la afición a la tecnología del nuevo siglo –la electricidad–, de su amigo y mecenas Edmund St. John-Smythe, y así, juntos y casi por descuido, inventan el vibrador eléctrico, convirtiéndose en millonario al instante. La trama no se tarda en complicaciones y mantiene su ritmo ligero, por lo que se desperdician aristas que pudieron lograr mejores implicaciones, por ejemplo, lo que pudo ser un interesante choque moral en las convicciones del joven médico, cuya banal tarea le impide ejercer la medicina como apostolado en el hospicio de Charlotte –por cuyo carácter tenaz y liberal se siente fuertemente atraído–, se diluye en anécdotas que poco les falta para rozar el pastelazo –¿un puñetazo de Charlotte a un Bobby?–, o el melodrama rosa, como ese juicio sumario a la joven sólo por su personalidad extravagante, resultando paradójicamente acusada de histérica en grado superlativo y condenada a prisión –por el cual, ya uno entrado en morbo y risas, esperaría que fuera condenada a muchas horas de tratamiento con el vibrador firmemente asido por Mortimer, mientras éste le declara su amor paroxísticamente.

No pude evitar recordar Orgazmo, filme de 1997 dirigido, escrito y protagonizado por Trey Parker (sí, el de South Park), donde este superhéroe guarro registra sus buenas dosis de justicia empuñando su Orgasmorator, y es que entre él y el idealista Mortimer Granville no existe mucha diferencia, ya que ambos se dedican, loablemente, a impartir justicia por su propia mano, if ‘u know what I mean. Si bien la cinta es ligera y arranca algunas risas, no logra elevarse como una comedia acida aún cuando tenía los ingredientes para serlo, y eso es culpa de una dirección demasiado pulcra, tan aséptica que se queda al nivel de Hallmark Channel, dando tumbos en solemnidades innecesarias dentro de una historia cuya premisa gritaba por una buena dosis de picardía. Tal parece que el velo decimonónico y la pudibundez victoriana aún pesa demasiado en el respeto a su historia patria, aunque al final busque “curarse en salud” por medio de una dudosamente jocosa secuencia final en el palacio de Buckingham.

HISTERIA: LA HISTORIA DEL DESEO

(Hysteria)

Dirección: Tanya Wexler; Guión: Stephen Dyer y Jonah Lisa Dyer, a partir de un argumento propio, basado en la historia original de Howard Gensler; Producción: Tracey Becker, Judy Cairo, Sarah Curtis, Bob Bellion, Jimmy de Brabant, Anouk Nora, Christine Ruppert; Fotografía: Sean Bobbitt; Música: Gast Waltzing; Edición: Jon Gregory, Billy A. Campbell; Elenco: Hugh Dancy (doctor Mortimer Granville), Maggie Gyllenhaal (Charlotte Dalrymple), Jonathan Pryce (doctor Robert Dalrymple), Felicity Jones (Emily Dalrymple), Rupert Everett (Edmund St. John-Smythe), Sheridan Smith (Molly).

Gran Bretaña–Francia–Alemania–Luxemburgo,  2011  –  100 min.

Participaciones: Festival Internacional de Cine de Toronto, Canadá 2011; Semana de Cine de Ámsterdam, Países Bajos 2011; Festival Internacional de Cine de Estocolmo, Suecia 2011; Festival Internacional de Cine de San Francisco, Estados Unidos 2012.