Por José Luis Ortega Torres
Mujer, actriz, símbolo, mito. Diosa, antes que cualquier otra cosa. Así, Marilyn Monroe llenó la pantalla cinematográfica como una figura que será etérea por siempre jamás, convirtiéndose en una presencia perenne del séptimo arte, reencarnada generacionalmente en tal o cual nuevo sex symbol de ocasión. Exaltación instantánea de cuanta pasión humana se despierte a su paso, incluso en la ruidosa terminal de ferrocarriles donde un par de músicos travestidos encuentran en ella el estímulo real –¿aún por encima de la salvación de sus propias vidas?–, para unirse a una orquesta de chicas donde nuestra deidad no sólo destila azúcar, como su personaje lo indica, sino una inocencia que, de tan pura, resulta hasta perversa.
Ella, hecha cuerpo, no sólo es la Eva del título en México de Some Like It Hot, Marilyn es la Primera mujer y su arquetipo total: la chica anónima que en La comezón del séptimo año seduce, casi sin quererlo, al hombre común que la ve descender del piso de arriba como una divinidad que, con su belleza, condena a la ceguera a los mortales masculinos. Billy Wilder, director austrohúngaro de sensible vena para la comedia ligera, explotó magistralmente una personalidad polidimensional como la de Marilyn Monroe a partir de un constante juego de dualidades que rayó los extremos de la dulzura, la neurosis y el sexo animal. Sí, su personalidad era compleja, enigmática, seductora… algo que público y gente del cine se negó a ver, y hasta se sospecha que se empeñaron en ocultar (¿De ahí la censura que sufrió La comezón, por parte de la oficina Hayes?) y que sólo se ha “redescubierto” –y aceptado–, cinco décadas después de su deceso, en una época donde la mujer que ya es dueña de sus pulsiones, de su cuerpo y de su sexo, es quien domina las pantallas. Por eso ahora Marilyn está más viva que nunca.
Mira el tráiler de La comezón del séptimo año:

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