Por Israel Ruiz Arreola

Cuando se piensa en la obra de Charles Bukowski, irremediablemente viene a la mente el nombre de Henry Chinaski, el alter ego literario del escritor norteamericano. Cínico, alcohólico, desempleado, antisocial y mal hablado son sólo algunos calificativos que podríamos utilizar para referirnos a tan especial personaje. Su estilo de vida, sus palabras y sobre todo sus pensamientos se leen como la confesión del vicio hecho persona, y cuyo desencanto por el mundo y la humanidad son el motor principal de su sed por el alcohol y la poesía. Cuando el director Barbet Schroeder decidió convertir en imágenes cinematográficas parte del universo bukowskiano, su primer paso fue persuadir al escritor para que se encargara de escribir el guión de su propia historia. El resultado es la autobiografía de un alcohólico empedernido, rodeado de degradados y violentos personajes similares a él.

Es así como nos sumergimos al interior de sucios y apestosos bares que sirven de refugio a vagabundos, prostitutas y borrachos. Es en este denigrante ambiente donde Henry (Mickey Rourke) se siente como pez en el agua. En sus ratos libres –que en su caso sería la mayoría de su tiempo- se la pasa sentado frente a la barra, bebiendo y desafiando constantemente al camarero con el que inexorablemente termina su conversación a golpes afuera del establecimiento. Una existencia como la suya parecería estar condenada al fracaso etílico en solitario, sin embargo, cuando Wanda (Faye Dunaway), una mujer de  su misma condición, entra en el campo de visión de Chinaski su vida entrará en una nueva etapa de alcoholismo en pareja. El frágil equilibrio de la relación sólo se verá amenazado por los límites de su vicio y por la llegada de la propietaria de una revista de arte que anda tras la pista de su trabajo literario.

Mickey Rourke se introduce bajo la piel del protagonista para entregarnos una versión humanizada de la prosa bukowskiana. Y es que en general, el filme está impregnado de esa atmósfera mundana y fatídica que caracteriza los relatos del escritor. Sin embargo, Barfly termina siendo más una ilustración que una visión independiente de la parte escrita. La sucesión de los diversos giros argumentales está estructurada de una manera novelística, concentrando su narrativa en la experiencia y sentir de los personajes. En resumen, el filme resulta ser más literario que cinematográfico.

Sin restar demasiado crédito a la película, Schroeder logra con decencia capturar en cada escena la irreverencia y embriaguez de Bukowski. Estamos frente a un retrato de los mejores años de borrachera del último escritor maldito de Norteamérica. El epicentro del relato recae en la percepción que el borracho tiene sobre su persona y el mundo que lo rodea: “Cualquiera puede ser un abstemio. Se requiere de un talento especial para ser un borracho. La resistencia es más importante que la verdad”. Chinaski se reconoce como lo que es: un hombre entregado al vicio de la vida, condenado por su propia locura y asqueado de los convencionalismos sociales.

Cabe señalar que dos años después de la realización de la película, Bukowski escribió Hollywood, novela en la que relata a detalle su experiencia en la industria cinematográfica. Con su estilo ácido y sarcástico describe su relación con el director, los actores  y el productor del filme Francis Ford Coppola.

EL BORRACHO

(Barfly)


Dirección
: Barbet Schroeder; Guión: Charles Bukowski; Producción: Tom Luddy, Fred Roos, Barbet Schroeder; Fotografía: Robby Müller; Música: Jack Baran; Edición: Éva Gárdos; Elenco: Mickey Rourke (Henry), Faye Dunaway (Wanda Wilcox), Alice  Krige (Tully Sorenson), Jack Nance (detective), J.C. Quinn (Jim), Frank Stallone (Eddie).

Estados Unidos,  1987  –  100 min.

Participaciones: Festival Internacional de Cine de Cannes, Francia 1987; Festival Internacional de Cine de Toronto, Canadá 1987; Festival de Cine de Nueva York, Estados Unidos 1987.