Por José Antonio Valdés Peña

 

Volare, Oh!, Oh!, 
 Cantare, Oh!, Oh!, Oh!, Oh!
 Nel blu, dipinto di blu,
 Felice de stare lassù

Si Woody Allen quiso que su más reciente filme, De Roma con amor (2012), comenzara musicalmente con esta popularísima canción de Domenico Modugno y Franco Migliacci, no fue pura casualidad. La narrativa de esta nueva cinta del otrora cineasta de Manhattan prófugo en la belleza europea pareciera el vuelo de un ave que lleva de un lado a otro, de una historia a otra de las muchas que la Ciudad Eterna ofrece. ¿Y el azul? Más bien un color vainilla delicioso ilumina a la Roma que Woody Allen retrata. Hermosa, sin mancha, siempre cinematográfica.

La relación de Woody Allen con el cine italiano no es tan intravenosa como lo es en el caso del italoamericano Martin Scorsese. Para Allen, el cine italiano es la cuna de lo fellinesco, de lo festivo, de la sensualidad de una tierra milenaria que, como dice un personaje, nunca cambia, es eterna. Después de ese “yo confieso” de sus gustos y obsesiones literarias que fue Medianoche en París (2011), De Roma con amor recupera a ese Woody Allen de los inicios, cuando su cine eran viñetas cómicas, algunas arrastradas al absurdo, muy alejadas de sus devaneos bergmanianos o fellinescos.

De Roma con amor es un abanico de historias. Por lo tanto, Allen acepta de entrada que éste será un filme disparejo por naturaleza. Tratando de enumerarlas, son más o menos éstas: Una madura pareja norteamericana viaja a Roma para reunirse con su hija, quien contraerá nupcias con un joven oriundo de ahí, sin imaginarse que su futuro consuegro es, además de un insólito cantante de ópera; Una joven pareja norteamericana entra en conflicto cuando la mejor amiga de ella, una actriz neurótica, fracasada e insoportable, pero de innegable atractivo, se vuelve la obsesión erótica de él; Una pareja de provincianos recién casados se separa accidentalmente en Roma, viviendo él penosas aventuras con una explosiva prostituta y ella experimentando los placeres del adulterio llevando a cabo sus anhelos eróticos.

No se crea que De Roma con amor es una película de historias cruzadas. Ninguna de ellas se toca. Fluyen paralelas, ligeramente, sin sobresaltos. Allen retoma su visión pesimista sobre las relaciones amorosas. Sin importar que sean jóvenes o maduros, sus personajes anhelan las emociones de las que su vida carece, las buscan y nunca las encuentran. Su filme se acerca más a aquellas cintas colectivas de los sesenta y setenta, cuando cineastas como Monicelli, De Sica, Visconti y el propio Fellini se reunían en torno a un mismo proyecto. De hecho, una de las historias del filme es un franco remake de El sheik blanco (1952), aquella hermosa película en la cual una ingenua provinciana recién casada sufría un duro trastorno al darse cuenta que los héroes de historieta, en la vida real, son muy mamoncitos.

Dos de las historias, las mejores, por cierto, se remiten a esa comedia del absurdo que Woody Allen procurara en sus primeros tiempos. El fantasma que encarna Alec Baldwin y quien se vuelve mentor y conciencia del atolondrado jovenzuelo interpretado por Jesse Eisenberg, remite al Bogart de Sueños de un seductor. Mientras que el gag del tenor que sólo alcanza la perfección cantando bajo una regadera es llevado a los terrenos de lo absurdo similares a los de La locura está de moda (1971).

¿Woody Allen repitiéndose a sí mismo para sobrevivir? Podría ser. Sin embargo, ningún artista está obligado a parir obras maestras cada vez que se acerca a la pluma, el lienzo o la partitura. De Roma con amor es, como muchos de sus filmes, una reflexión sobre el fracaso, amoroso o existencial. El propio Allen interpreta a un ejecutivo jubilado de la industria de la música que encuentra, aunque sea en el ridículo, una oportunidad para seguir respirando.

Lo cierto es que Woody Allen no quiere irse. No quiere dejar de ser él mismo. Lo demuestra la mejor historia de la película. Aquella en la cual un Don Nadie clasemediero se vuelve sensación mediática por ser él mismo en una era en la cual la apariencia de éxito es el pilar político y social del mundo entero. Este patético personaje encarnado por Roberto Benigni probará la miel y la hiel de una cruda verdad: La vida es cabrona, pero lo es menos si eres famoso.

Filme coral ambientado en una Ciudad Eterna, De Roma con amor es un eslabón más en una obra rabiosamente personal, la de Woody Allen, que seguramente traerá consigo nuevas obras maestras.