Hay de mentiras a mentiras. Están las cotidianas, las que todos decimos u oímos sin que pierdan efectividad: “mañana te pago“, “nomás la puntita“, “no me da tiempo de acompañarte“. También están las promesas de los políticos, las omisiones de los periodistas, los pujidos de las putas… y podría seguirme con todos los oficios, pero el tipo de mentira que aquí me interesa es el más elevado, aquel donde el engaño se sublima, adquiriendo rasgos de crítica social o de reflexión filosófica. Su equivalente fímico es el falso documental, género que a últimas fechas se ha vuelto omnipresente aunque sólo en pocas ocasiones ha podido igualar lo que lograra hace décadas Peter Watkins, tal vez el más importante de sus pioneros.
Por imperativos mercadológicos el falso documental se ha convertido casi en subgénero del cine de horror. El éxito probado de El proyecto de la bruja de Blair, con su irresistible combinación de costo ínfimo y ganancias monumentales, trajo consigo un desfile, al parecer interminable, de fantasmas borrosos y exorcismos fulastres grabados con cámara en mano. Era de esperarse y mientras genere películas tan divertidas como Trol tampoco podremos quejarnos. El inconveniente es que se reduce un formato con posibilidades infinitas a una simple fórmula. Por suerte el documental apócrifo, o al menos dudoso, también tiene practicantes como el artista callejero Banksy, quien ha desarrollado su carrera en lo que él mismo llama “un área legal incierta” y que por lo tanto ha debido tomar medidas extraordinarias para salvaguardar su identidad, haciendo del anonimato, y por lo tanto del engaño, una herramienta indispensable para ocupar los espacios públicos con su obra, colocando cuadros propios en exclusivas galerías de arte o abriendo boquetes simbólicos en los muros que atraviesan el territorio palestino.
Hay quien cree que para construirse una identidad falsa basta con abrir un perfil de Facebook con un nombre tomado de los obituarios, rellenándolo con datos apócrifos y unas cuantas fotos. Como también hay grafiteros que se creen artistas cuando lo único que hacen es pintarrajear bardas ajenas con letras y monigotes que los niños de kinder dibujan mejor. Basta una mirada a las creaciones de Banksy para comprobar que en su caso sí podemos hablar de un verdadero artista, por el cuidado con el que están planeadas y el mensaje que contienen, sin importar que uno esté de acuerdo o no con su postura política. De igual forma, la identidad de “Banksy” va mucho más allá de un simple seudónimo. Estamos hablando de un artista célebre que rechaza los beneficios de la fama y que desde el momento mismo en que optó por exhibir su obra en la calle, a la vista de todos y sin la posibilidad de venderla a coleccionistas, ya estaba rechazando las convenciones del arte contemporáneo.
Exit Through the Gift Shop es el primer trabajo de Banksy como director de cine. Nadie puede decirse estafado cuando acude a un documental firmado por un iconoclasta y se encuentra con algo que no cumple con lo que uno esperaría de un documental. Banksy, de hecho, parte de la indefinición. ¿La película trata la historia del arte callejero? Sí, en cierto modo, aunque el mismo narrador menciona que para los practicantes de esta modalidad artística internet se ha convertido en la mejor herramienta para documentar obras que por su misma naturaleza son efímeras, con lo que resulta innecesario grabar un documental con ese tema. ¿Es entonces una biografía de Banksy? Difícilmente alguien que disfruta a tal grado el anonimato nos va a contar la historia de su vida. En realidad quien emerge como el protagonista de Exit Through the Gift Shop es Thierry Guetta, un francés radicado en Los Angeles que tiene la compulsión de registrar en video todo lo que le rodea, costumbre que él atribuye a un trauma infantil y que narra con tal solemnidad que es imposible creerle.
Exit Through the Gift Shop cumple con todos los requisitos formales en cuanto documental. Además de las consabidas entrevistas, hay pietaje de las correrías nocturnas de los artistas callejeros en pleno proceso de creación, incluso con intervenciones de las autoridades para subrayar los riesgos que se corren y de paso darle mayor credibilidad a lo que se vemos en pantalla. También se escucha a un narrador que va explicando, subrayando y anticipando los giros en la extraña relación de Banksy con su amigo Thierry Guetta. Sin embargo, los espectadores atentos notarán varias inconsistencias, desde discrepancias en las versiones que los testigos dan de hechos clave hasta eventos dramáticos, como la incursión en Disneylandia, donde se escamotean las imágenes que podrían corroborarlos. Pecando de sospechosismo puede uno pensar que la estructura misma de la película, con su clara división en tres actos, con sus subtramas y sus personajes ineptamente cómicos, encaja demasiado bien para ser real, para ser sólo el resultado de la mesa de edición.
En cualquier caso la veracidad de lo que nos cuenta Banksy es irrelevante porque el verdadero objeto de la película es criticar la venalidad y la estupidez del arte contemporáneo. A través de Mr. Brainwash, ejemplo inmejorable de artista advenedizo, Banksy se burla de cómo los medios de comunicación, sobre todo los especializados en el tema, son incapaces de discernir entre una obra propositiva y una que simplemente recicla ideas ajenas hasta transmutarlas en papilla predigerida, para consumo de hipsters y demás fauna. Si algo se le puede criticar a Exit Through the Gift Shop es que en su última parte la parodia es tan directa que está a punto de arruinar la ilusión edificada hasta ese momento. Aún así, la moraleja de la película es perfectamente atendible, aunque no es la primera vez que alguien la enuncia: lo bueno de los nuevos lenguajes en el arte, llámense instalaciones, canciones de tres acordes o verso libre, es que cualquier persona los puede poner en práctica; lo malo de esos nuevos lenguajes es exactamente lo mismo. Cuando rompes las reglas no puedes quejarte porque llega alguien más y las incumple.
Trailer de Exit Through the Gift Shop:
EXIT THROUGH THE GIFT SHOP
Dirección: Banksy; Producción: Holly Cushing, Jaimie D’Cruz, James Gay-Rees; Fotografía: Thierry Guetta; Edición: Tom Fulford, Chris King; Con: Banksy, Thierry Guetta, Shepard Fairey, Rhys Ifans (narrador), Space Invader, Debora Guetta, Monsieur André, Ron English, Swoon, Borf, Wendy Asher
EE.UU. – Inglaterra, 2010, 87 min.

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