Por José Luis Ortega Torres
Eventualmente, desde los márgenes del cine independiente, surgen algunos filmes que se convierten en una especie de declaración de principios generacionales. El lenguaje de los machetes bien podría ser uno de estos casos, y no de manera accidental, habría que decirlo, sino plenamente consciente de serlo. Ya desde la primera secuencia del filme, donde el personaje de Ray rompe en primer plano fotografías de ruinas prehispánicas, la Basílica de Guadalupe, de una pareja de ¿novios?, dólares… se lee una renuncia a los símbolos que han mantenido atados/sometidos los gustos, afiliaciones y tendencias de la juventud que, una vez finalizada grismente la primera década del siglo XXI, son ahora las fuerzas vivas intelectuales y de acción generadoras de pensamiento y movilización recientes. La misma generación a la que pertenece el realizador debutante Kyzza Terrazas.
Ya la sinopsis de El lenguaje de los machetes nos advierte sobre “una pareja joven”, lo que no es errado al definir por edad a los protagonistas del filme, pero que no sería atinado si alguien entiende juventud por inmadurez –como la generación “adulta” del pasado siglo siempre se empeñó en hacernos creer. Ray y Ramona son dos jóvenes treintañeros desencantados, hastiados no sólo de su cotidianidad, sino pasmados también dentro de una sociedad a la que buscan encarar (a falta de poder entender) a través del testimonio acusador plasmado en video y de letras de canciones anarco-punk-mienta-madres que a pesar de su sincero esfuerzo se quedan cortas, y que por lo tanto resultan del todo inútiles antes el tamaño de las injusticias sociales “del diario”.
Ponerse hasta la madre de alcohol y drogas, gritonear desquiciado frente a los padres millonarios cuyo nene ha salido revolucionario o acompañar a mamá pro ’68 a una marcha que “…es de lucha compartida”, no basta para una nueva semilla que ni ha hecho fortuna por esfuerzo propio ni sintió en el cuerpo los macanazos represores del ejército. Sus motivaciones son otras, y paradójicamente más fuertes en tanto que vacías en esencia porque no son dueños de nada, no predican nada, no viven nada, no ganan nada. El lenguaje de los machetes es el idioma del desconcierto, de la incertidumbre, del vacío emocional que no se llena engendrando hijos; y la mano que alza tal machete es la misma que se aferra a un clavo ardiendo con tal de no despeñarse, aunque ese clavo signifique la autoinmolación.
Terrazas construye una opera prima sólida, con una estética congruente con su discurso: personajes fotografiados en planos cortados al ras de ellos mismos y que los oprimen tanto como su entorno caótico, cámara perpetuamente móvil acentuando su propio desconcierto; soluciones formales compuestas por el balance de diálogos cortos, algunos apenas dichos entredientes, frases hirientes entre la pareja de novios que no están juntos tanto por amor como por desesperación y codependencia.
Si bien es cierto que algunas aclaraciones “de clase social” salen sobrando –la concepción de güerito/riquillo/citadino frente a los cerreros guerrerenses–, justo es decir que en el conjunto, El lenguaje de los machetes es un debut afortunado, pensado y con contenido. Alejado por fortuna del minimalismo fútil, del feísmo ilegítimamente alborotador; y, aunque no lo pareciera en su naturalidad de cine documental, la tensión mostrada por la pareja de actores casi nóveles –y en especial Andrés Almeida– alcanza momentos de pleno desgarro: nos dejan sentir que la desesperación, en estos tiempos de posmodernidad envilecida, es el alimento de todos los días.
EL LENGUAJE DE LOS MACHETES
Dirección y guión: Kyzza Terrazas; Producción: Rafael Ley, Gael García Bernal, Diego Luna y Gerardo Naranjo; Fotografía: Christian Rivera; Música: Jessy Bulbo; Edición: Ybrán Asuad, Miguel Musálem; Elenco: Andrés Almeida (Ray), Jessy Bulbo (Ramona), Flor Eduarda Gurrola (Disneylandia).
México, 2011 – 77 min.

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