Reseñando y deambulando. Facetas de la séptima entrega de Ambulante. Primer combo: “La gente vs. George Lucas” / “Araya”
Por Jorge Luis Tercero Alvizo
Cuando era niño escuchaba que a cierto tipo de mercaderes capitalinos los llamaban “vendedores ambulantes” y eso me hacía imaginar que aquellos misteriosos comerciantes instalaban ruedas en sus puestos para deambular de un lado a otro, llevando con ellos su extravagante muestrario de colores y formas a lo largo de la caótica ciudad. Con el tiempo descubrí que no era así. Sin embargo esa ensoñación de algo que se mueve de forma tan excéntrica a través del tejido urbano para exhibir un contenido misterioso en esencia, renació cuando conocí el Festival Ambulante. Un muestrario itinerante que transporta la imagen-movimiento de un lado a otro de la ciudad y el país, a veces, incluso, ayudándose de ruedas, miles de esfuerzos y los sueños de todos los que colaboran.
Estamos ante la séptima edición del Festival de cine documental Ambulante, la nueva gira para este apocalíptico 2012. Un paseo fílmico que intentará saciar los ojos del público, con su variado catálogo: las más importantes tendencias en el terreno del cine no-ficcional, crisol de temas y estilos y mucho más. Asimismo Ambulante regresa este año luciéndose con dos filmes en formato 3D de dos muy importantes cineastas alemanes: Pina (2010) de Wim Wenders y La cueva de los sueños olvidados (2011) de Werner Herzog.
El Festival se nutre de sus diferentes secciones, entre las que encontramos: Pulsos (producción documental mexicana), Dedazo (documentales favoritos a nivel internacional), Sonidero (materiales relacionados con el ámbito musical), Dictator’s Cut (sección dedicada a los derechos humanos), Observatorio (cine documental de diferentes latitudes del planeta), Injerto (producción experimental), Ambulantito (documentales dirigidos principalmente a niños) y Enfoque, que este año tratará sobre el pensamiento utópico y reflexiones sobre el futuro.
La Gira de Documentales se encontrará al alcance del público capitalino del 10 al 23 de Febrero en sus 25 sedes para el Distrito Federal: Casa del Lago, Centro Cultural Universitario Tlatelolco, Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC), Cine Lido, Cinematógrafo del Chopo, Cinépolis Diana, Cinépolis Perisur, Cinépolis Plaza Carso, Cinépolis Universidad, Corredor Regina, Facultad de Ciencias Políticas y Sociales- UNAM, Faro Oriente, Faro Tláhuac, FES Acatlán, Gran Fórum, Jardín Hidalgo, Laboratorio Arte Alameda, Librerías Gandhi, Museo de Arte Carrillo Gil, Museo Memoria y Tolerancia, Plaza de la Concepción Cuepopan, Teatro de las Artes, Teatro Carlos Lazo (Facultad de Arquitectura- UNAM), Universidad Claustro de Sor Juana, Universidad Iberoamericana (Autocinema).
La gente vs. George Lucas. La otra Guerra de las Galaxias
“Han shot first..."
Fans de Star Wars.
Este filme retrata sin tapujos las complejas polaridades de un hombre que ha legado una de las obras cinematográficas más populares de la historia del cine moderno. George Lucas se ha convertido para muchos en el creador, según palabras de sus propios fanáticos, de un universo tan vasto y complejo como el de Homero o Shakespeare. En La gente vs. George Lucas (The People vs. George Lucas, 2010), el documentalista suizo Alexandre O. Phillippe (estudió la maestría en Literatura Dramática de la Tisch School of Arts de la Universidad de Nueva Cork y realizador de dos largometrajes previos: Chick Flick y Terrícolas) explora la figura de Lucas como genio creador de una importante obra de ciencia ficción que ha convocado el interés de millones de fans a lo largo y ancho del planeta; a la par que se le señala como el gran dictador de la misma. El tirano de su propio legado.
La saga de Star Wars es una obra que, según los propios fans, les pertenece a ellos tanto o más que al mismo artífice. Es allí justamente donde comienza el conflicto documentado en esta película. Pues a raíz de las reediciones que el mismo George ha lanzado de sus propias películas se desata la controversia que da vida al documental, sobre qué tan válido es para el creador reestructurar el universo de su obra sin tomar a los seguidores en cuenta. Sobre todo, en el caso de una obra tan masificada como la de Lucas. Además de que al reescribir la saga de Star Wars, Lucas pareciera querer borrar la primera versión de su obra, desde el punto de vista de los seguidores más asiduos, al no relanzar una edición donde se muestren también las películas en sus formatos iniciales y con las escenas originales.
La gente vs. George Lucas es un documento lleno de pasiones a flor de piel en el cual los enamorados de una obra –que formó a más de una generación– nos relatan sus razones para estar tan disgustados con un hombre, al que por momentos, parecieran venerar como a un dios. En esta cinta encontraremos también testimonios de importantes artistas del medio como Francis Ford Coppola y Neil Gaiman (entre otros), que comparten sus impresiones sobre el legendario George Lucas y sobre el asunto en materia. La película de O. Phillippe es una obra que a momentos evoca ese estilo pop del nuevo documental estadounidense: una cruza entre el mecanismo incendiario cultivado por realizadores como Michael Moore en su Bowling for Columbine (2002) o Morgan Spurlock y su Super Size Me (2004); pero con la estructuración y la forma de presentar los datos al estilo The Corporation (2003) de Mark Achbar y Jennifer Abbott. Una pieza digna de analizarse a fondo y que a momentos pareciera tenerlo todo.
Una producción que se va contando a partir de las controversiales voces de los fanáticos; un filme irreverente que se vale de fragmentos de animaciones, entrevistas y de un dinámico montaje para exponer su tema. Una cinta que sondea el lado oscuro del cineasta (¿empresario? ¿Verdadero Darth Vader?) que creó Star Wars. Un documento que muchos habrán de odiar por lo controversial de la exposición y de las opiniones presentadas y que tal vez a otros menos iniciados en los misterios de la fuerza, pueda servirles como introducción al polémico universo de George Lucas.
Dirección y Guión: Alexandre O. Philippe. Producción: Robert Muratore, Vanessa Philippe, Ferry Deignan Roy, Anna Higos y Gavin Humphries. Fotografía: Robert Muratore. Música: Philip Lloy Hegel. Edición: Chad Herschberger. Estados Unidos , 2010 – 97 min.
Araya. La cámara bajo el sol de un pueblo de sal.
“…y la mujer de Lot miró atrás a espaldas de él y se volvió estatua de sal".
(Génesis 19:26)
El documental Araya (1959) de Margot Benacerraf es una pieza que atrapa en las redes de la cámara –redes que siempre fluctuarán entre la ficción y el registro objetivo de la realidad– la vida de una comunidad venezonala que, desde 450 años atrás, se dedica a las mismas actividades: la producción salinera y la pesca. Este documento fílmico se construye entre las imágenes captadas por la cámara de Giuseppe Nisoli y la voz de un narrador omnisciente, que haciendo una poderosa mancuerna nos relatan una jornada en el Araya de los años 50 como si se tratara de un poema. “…Los mismos gestos al trabajar la sal se repiten generación tras generación en Araya…”, comenta en el narrador al describirnos la faena diaria de una familia que se dedica a extraer la sal en el poblado. Algo similar ocurrirá cuando la historia de otra familia que se dedica a la pesca sea mostrada en la pantalla.
En este filme –seleccionado como uno de los cinco mejores en la historia del cine latinoamericano por el Festival Internacional de Venecia– encontramos elementos estructurales que podrían resultar desconcertantes para el espectador de nuestra década; como por ejemplo, la existencia de un narrador lírico que pareciera estar declamando (como si se tratara de un mantra), los hechos que nos muestra la cámara de Noli. Pero estos mismos recursos que lo alejan de la hechura del documental contemporáneo, son los que lo dotan de un misticismo particular. Esas dunas de sal que se muestran en escena mientras la gente las trabaja son la lectura del ojo mecánico, mientras que la voz en off nos introduce en un mundo ya finalizado, con una continuidad perdida bajo siglos de sal, ritualidades milenarias y sol. El narrador tiende un puente que aunque arcaico, parece seguir cumpliendo su misión. La letanía de la voz envuelve las imágenes y las reconstruye con cierto matiz teatralizado.
Por otro lado, esta película obliga a pensar en la época de los documentales clásicos, de los grandes dramas rodados al natural como en Nanook, el esquimal (1922) de Robert J. Flaherty y, también, en sus otras películas. Porque como en el cine de Flaherty, en Araya se exalta de forma dramática la dura faena de hombres reales que, en la compleja encrucijada del afán representativo, terminan transmutados en personajes de ficción. En cintas como éstas el realizador pareciera terminar manipulando –a veces voluntariamente, otras no tanto– una realidad documentada para teñirla de ciertos rasgos exóticos, como bien pudiera apreciarse en Araya. Lo cual no es algo negativo sino parte del oficio, parte de esa frontera en la que se encuentra el cine de no-ficción.
Una de las atractivas secuencias del filme es aquella en la que se muestra a la abuela en su rutina habitual; vestida toda de negro, elaborando sus cazuelas de barro y fumando un puro tranquilamente. Secuencia en la que además podemos apreciar la manipulación del sonido ambiental –que fue ejercida, seguramente, en la postproducción del film– pues el sonido más que natural pareciera ser una cadenciosa mixtura de diversos ritmos, como en una pieza de música experimental. Esto nos da una muestra de que aún en el documental siempre permanece esa remanencia por la búsqueda de un afán de espectáculo; tal vez en este caso un afán lúdico o plástico.
El filme de Benacerraf, también evoca ese oscuro documental de veintisiete minutos intitulado Las Hurdes. Tierra sin pan (1933) de Luis Buñuel, en el que se nos muestra a una comunidad marginada de Extremadura, España, sobrellevar sus duras labores cotidianas en el trajín de su difícil existencia.
Al ver Araya, es imposible no pensar en esta pieza clave del cine de Buñuel; el parecido entre ambas películas es sorprendente, la forma de manipular los recursos visuales y las coincidencias en recursos narrativos no son pocas. Asimismo el documental hace rememorar esa invasión de la mirada occidental cinematográfica sobre rituales íntimos de una comunidad como sucede en Los amos locos (1953) de Jean Rouch. Es la cámara de la primera mitad del siglo XX que intenta comprender los mundos alejados y ajenos; intenta atrapar lo desconocido por medio del cine y ponerlo en la pantalla para ofrecerlo a ojos occidentales aunque el propósito a veces en lugar de traducir, derive en la reconstrucción visual de una realidad a momentos inabarcable. La realidad vivida contra la realidad reinventada en la intersección objetiva del cine; y todas las seductoras imágenes –niños que escalan las dunas de sal de Araya, bajo la luminosidad de un cielo retratado en blanco y negro– que quedan plasmadas en la retina del espectador durante el transcurso.
El valor de Araya es, por una parte, dar testimonio de un estilo de vida en una comunidad lejana; una forma de vivir que probablemente la era moderna ya haya anulado: Trabajadores de la sal que laboraron de sol a sol, mujeres que cocinaron y cuidaron niños, pescadores y familias de un pueblo agreste y visiblemente sin demasiado brillo, recuperados a través del celuloide.
La otra importante faceta de la cinta de Benacerraf es ser heredera de una poética fundadora del cine documental: una poética que, como señala Christian Metz en alguna de sus obras, se fue configurando a través de los realizadores. Esos primeros maestros del documental como Flaherty, Vertov o Rouch que aportaron las primeras palabras para comenzar a hablar en imágenes.
Esta versión restaurada de Araya es un documento muy seductor en el que la imagen al igual que la música y los sonidos ambientales pueden ser apreciados en todo su esplendor, como cuando se estrenó la pieza. Este trabajo además de la recitación del narrador, está cargada de una poderosa poesía visual, una poesía llena de nostalgia y sueños dignos de ser resucitados por la retina del cinéfilo.
Dirección y Guión: Margot Benacerraf. Fotografía: Giuseppe Nisoli. Música: Guy Bernard. Edición: Pierre Jallaud, Francine Grübert, Margot Benacerraf. Venezuela-Francia , 1959 – 82 min.





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