Por José Luis Ortega Torres

Es un hecho que la cultura audiovisual del mexicano está moldeada a partir del melodrama. Desde sus orígenes, tanto los estereotipos de sus historias como los arquetipos de los personajes que las desarrollan parten de la victimización forzada por un sino fatal y culminan con la autoinmolación sentimental, que en la mayoría de las ocasiones, sirve para que a golpe de lagrimeo, alcancen una recompensa que medianamente les otorgue un poco de paz.

Lo anterior se entiende porque nuestra sociedad moderna surge de dos momentos bélicos que conforman en gran medida el ser del mexicano, Independencia y Revolución, periodos que han sido llevados al cine en varias ocasiones y, salvo contadas excepciones, siempre desde el punto de vista melodramático. Se entiende, también,  porque aún antes de que esos conflictos definieran el rumbo político y social del país, la idiosincrasia judeocristiana se aderezó con una subyugada devoción hacia una virginal madre toda benefactora –retrato de nuestra raza original–, que baja de los altares cada 10 de mayo para corporeizarse en el hogar de cada uno de nosotros. Pero, cuando esa madre falla, el destino está sellado: la miserable vida del des-madrado, se desmadra aún más convirtiéndose en una espiral de tragedias, incluso desde la más tierna infancia y hasta que el destino, siempre justo a pesar de las mezquindades vividas, otorgue la tan anhelada redención.

Sin embargo, ahí están los cientos de personajes dramáticos que “han cruzado el pantano sin ensuciar su plumaje”, a pesar de ser los protagonistas del cruel melodrama en que día a día se convierte este valle de lágrimas, cliché que aprendimos todos los cinéfagos mexicanos desde que compartimos el dolor de Pepe el Toro cuando se murió su Torito y que forma parte no sólo de la memoria colectiva, sino que vive en el inconsciente colectivo de nuestro país, por lo que ahora sufrimos igual cuando un Torito nórdico apócrifamente recién bautizado se muere en las secuencias iniciales de Submarino, reciente azote del danés Thomas Vinterberg, aunque acá sea por la negligencia resultante de la borrachera del púber Nik (sin “ck” porque no es inglés) y su hermano un poco menor, espejo y a la vez evasión de las costumbres de su puerca madre.

Cuita que marcará la vida de los hermanos que, ya adultos, serán un par de mediocres. Nik, el mayor, ex convicto y con perpetuo sentimiento de culpa, ve pasar la vida con huevonada y cobardía; el otro, heroinómano incapaz de hacer algo productivo (aun cuando la herencia de la madre, ya muerta, les permitiría a él y su hijito Martin llevar una vida decorosa), prefiere dedicarse al narcomenudeo. Vidas trágicas que girando en espirales que conducen al Infierno, se tocan en más de una ocasión para atestiguar la decadencia mutua y consolarse en la tragedia del otro: la puti-vecina siempre sexosamente dispuesta, el excuñado cerdo (por gordo y por pervertido) que deviene de manera casi natural en asesino, el profesor jubilado que prefiere dedicarse a camellear droga que aburrirse en su casa (será del SNTE), el niñito melancólico que atestigua los pasones del papá junkie. Calles en perpetuo gris y desoladas prisiones que son el único sitio donde se puede entablar una charla fraterna en vías del último adiós.

Clichés que no deberían de resultarnos extraños porque son los mismos que se vienen sobando en la melodrámatica mexicana, sea por cine o por televisión, pero que sin embargo resultan “algo extraños” por llegarnos de un país donde creemos que todos viven bien. Dinamarca (junto con el resto de países nórdicos) disputa siempre los primeros lugares en la lista de países con mayor calidad de vida, por lo que pensar que alguien la pueda pasar mal en un Estado donde el gobierno te pensiona si no tienes empleo (y hasta te adelanta tu pago de ser necesario) y donde la vanguardia médica no es noticia y está al alcance de los ciudadanos, resulta, cuando menos, suspicaz.

Porqué no pensar, entonces, que Submarino es una cinta mañosamente diseñada para el impacto sentimentaloide-festivalero del mercado internacional, justamente con base en la negación del cliché de que en Dinamarca los daneses son felices per se. Los daneses, subrayo, porque el lumpenismo que se deja ver en la cinta tramposamente sigue siendo el del extranjero: el gordo Ivan es serbio, los narcos a los que el hermano de Nik compra la droga, albaneses y los ojetes del barrio que le pueden dar problemas si vende en su territorio, son ghaneses.

Es entonces cuando se cae en cuenta que un puño destrozado por absurda iniciativa propia (además de ser poco creíble en su objetivo de autoflagelación) resulta contraproducente para el suspense del melodrama, porque a diferencia de El Camellito de Ustedes los ricos que pierde sus piernitas por la ojetés de los villanos que inmisericordemente lo avientan al paso del tranvía, Nik pierde la mano por idiota, misma razón por la que su hermano marca su destino con desatino, y así, de tragedia en tragedia cada una más exagerada, logrando un efecto lúdico en el público que nada más espera “a ver qué más le pasa a este cabrón”, dejando que la película caiga en cierto tedio morbosón.

Submarino, si bien es una cinta técnicamente bien pulida y con alguno que otro logro plástico, no es motivo suficiente para hacer de ella un portento de película, tomando en cuenta la habilidad chantajista de un Thomas Vinterberg acostumbrado, como su mentor-cómplice-amigo Lars Von Trier, a jugar con el melodrama exaltado en pos de hacer que los reflectores de la crítica internacional giren hacia ellos, jugada que en esta ocasión no ha rendido muchos frutos porque, a nivel de palmarés, Submarino no ha sido capaz de obtener algún reconocimiento prestigioso, ni en su debut en el Festival de Berlín, y ni siquiera en su país de origen, donde apenas ha logrado sobresalir en rubros como vestuario, diseño de producción, canción y, eso sí, actor y actriz de soporte para Peter Plaugborg y Patricia Schumann (el hermano heroinómano y la “dispuesta” vecina de Nik, respectivamente).

Tal vez en un futuro cercano, Vinterberg decida deshacerse de este manierismo argumental (que en todo caso tal vez provenga del original literario, dada su condición de best seller, con todo lo que esta vendible etiqueta representa), para que al igual que su mentor-cómplice-amigo redondee filmes en verdad descarnados, algo que innegablemente ya logró con la magistral Festen.

SUBMARINO

(Submarino)


Dirección
: Thomas Vinterberg; Guión: Tobias Lindholm y Thomas Vinterberg, basados en la novela homónima de Jonas T. Bengtsson; Producción: Morten Kaufmann; Fotografía: Charlotte Bruus Christensen; Música: Kristian Eidnes Andersen; Edición: Andri Steinn, Valdís Óskarsdóttir; Elenco: Jakob Cedergren (Nik), Peter Plaugborg (hermano de Nik), Patricia Schumann (Sofie, la vecina), Morten Rose (Ivan), Gustav Fischer Kjærulff (Martin).

Dinamarca – Suecia,  2010  -  105 min.