Por José Luis Ortega Torres

Chucky, el muñeco diabólico (Child’s Play), filme de Tom Holland realizado en 1988, lleva a la pantalla uno de los miedos más primigenios: cuando siendo niño se le tiene miedo a la oscuridad y se cree que los juguetes cobran vida, pesadilla que se vuelve realidad cuando el asesino serial aficionado al vudú Charles Lee Ray, transfiera su alma al cuerpo de un muñeco para después renacer en el cuerpo de Andy Barclay, el niño que obtiene el juguete y a quien perseguirá hasta la adolescencia a lo largo de Child’s Play 2 (John Laffia, 1990) y Child’s Play 3 (Jack Bender, 1991), sin obtener éxito finalmente.

Al final de la tercer entrega el muñeco es destrozado por unas aspas. Con ello se supone que la serie llegaba a su fin. Sin embargo, aún faltaría la cuarta película (..y luego la quinta), esta vez cargada como nunca del humor más negro, retorcido y con varias referencias cinéfagas que hacen homenaje a los clásicos del cine de terror –desde su mismo título– que se perfilan desde la secuencia inicial, cuando en una comisaría se encuentran las máscaras de Jason y Michael Myers, el guante de Freddy Krueger, la motosierra de Leatherface y, junto a ellas, una bolsa de basura que contiene los pedazos de Chucky y que son robados por un policía corrupto.

Lo que se había convertido en una franquicia cuesta abajo, adquirió matices renovadores cuando la dirección le fue encargada al hongkonés Ronny Yu, realizador en su país del díptico de culto The Bride with White Hair, quien en palabras del crítico español Tomás Fernández Valentí “Yu resuelve el encargo con la desenvoltura y el desparpajo característico de los realizadores de la antigua colonia británica. Carga las tintas en los detalles humorísticos… satura hasta más allá de toda lógica narrativa las escenas «fuertes»…” [Tomás Fernández Valentí, “La novia de Chucky. Muñequitos infernales”, en Dirigido, mayo 1999].

Que sea un director ajeno a los manidos procedimientos en la realización de secuelas B hollywoodenses es lo que se convierte en la clave de la frescura del filme. Yu dota a los personajes de características que jamás se vieron en los filmes anteriores, principalmente al enanete asesino, poseedor de un sentido lúdico de la matanza que potencia mucho más lo bizarro del crimen. Pero sin lugar a dudas, el más grande acierto es presentar a un personaje nuevo e igualmente desquiciado: Tiffany, la novia del título.

La despampanantemente sensual TiffJennifer Tilly, hace que un policía robe para ella los restos de Chucky. Ya en su casa –un desvencijado remolque– remienda el muñeco, que termina convertido en una masa de costuras y grapas que vuelven su rostro en algo monstruoso, dejando atrás la imagen del tierno muñeco de las entregas anteriores. Ahora, desde el primer vistazo sabemos de que se trata. Tiff lo vuelve a la vida siguiendo los pasos del manual Voodoo for Dummies, con la esperanza de casarse con él, pues descubrimos que fue la mujer de Charles Lee Ray antes de que se convirtiera en el muñeco diabólico.

Vuelto a la vida, Chucky se burla de las intenciones de Tiff, que para vengarse lo encierra en un corral de bebé junto con una muñeca vestida de novia. El muñeco escapa, asesina a la chica en su bañera –mientras ella, todo romanticismo, llora al ver en televisión Bride of Frankenstein– y transfiere su alma a la de la muñeca. Está por iniciar la verdadera diversión. Los dos muñecos tienen que viajar a la tumba donde se encuentra el cuerpo de Charles Lee Ray, conseguir un amuleto con el que fue enterrado y hacer el conjuro que los devolverá a cuerpos humanos, para lo que utilizaran a Jesse, vecino de Tiffany, y a su novia Jade, sobrina del comisario del pueblo.

Durante el desarrollo de la trama, Yu juega desfachatadamente con el género, haciendo un filme disfrutable a cada momento. Primero, y sin dejar de lado el buen humor, hace que los muñecos den muerte al tío de Jade incrustándole clavos en la cara. Chucky se pregunta por que ese rostro le parece conocido, y es que se refiere al Pinhead de Hellraiser, homenajeado en esta escena. Después rematará al desdichado con un cuchillo cebollero similar al del Norman Bates de Psicosis, dejando con el ojo cuadrado a su enamorada en miniatura.

Yu sabe que tiene en sus manos una película de explotación que puede convertirse en una simple basura si la toma con seriedad, por lo que no busca innovar en nada, sabiendo que en el mejor de los casos, realizándola en tono de sorna alrededor de ella misma y del género, puede conseguir mucho más sin aburrir al espectador, que a fin de cuentas ya conoce el argumento, pero que desconoce las filigranas que lo adornan.

La pareja de jóvenes enamorados –contrapunto ideal de la pareja de mini asesinos– ven disolver su amor en medio de las confusiones. Los asesinatos se siembran en torno de ellos, los noticieros los culpan, mientras que las sospechan crecen de manera mutua, mientras los verdaderos culpables se divierten de lo lindo. La locura máxima llega cuando en un hotel de paso dan muerte a una pareja de esposos ladrones que retozan en una cama de agua. La resolución formal llevada a cabo a través de un juego de espejos y ángulos de cámara invierten a los muñecos con la pareja en una sucesión de planos muy por encima de la media de la técnica que suele verse en estos filmes exploited, gracias a que para esta lúdica serie B se contó con la dirección de fotografía del ganador del Óscar por El tigre y el dragón, Peter Pau.

La muerte vendrá cuando el espejo del techo sea roto por Tiff y los vidrios, como guillotinas, acaben con ellos en una explosión de agua y sangre. Acto seguido Chucky, maravillado, le ofrece a su compañera matrimonio, dándole el anillo del dedo cercenado a la muerta y pleno de romanticismo, desnuda a la muñequita para hacer el amor. Una escena transgresora e hilarante como pocas por su desfachatez y el humor del diálogo con que se finaliza, cuando ella le pregunta si lleva condones: “¿condones? por Dios Tiff, ¡si soy todo de hule!” a lo que ella se disculpa diciendo “perdón, pero pensé que eras de plástico”.

Aunque el resto del camino hacia el desenlace decae un poco, aun se pueden ver algunos detalles interesantes, como los problemas maritales de cualquier pareja trasladados a la boca de los muñecos, pero sobre todo el clímax en el panteón, que retoma la verdadera esencia el muñeco diabólico: despiadado, sediento de volver a la vida y marcadamente misógino, Tiff da cuenta del mal que pretende hacer a la pareja de novios –reconciliados al saber que los muñecos son los asesinos y no ellos– por lo que se enfrenta a Chucky buscando salvarlos, encontrando su propia muerte. La oportuna llegada del jefe de policía para atestiguar que el muñeco es el responsable de todo exonera a Jesse y Jade, que le dispara al muñeco hasta matarlo sobre la tumba donde yace su cuerpo humano.

He aquí la verdadera cima del desquiciado humor de Don Mancini, guionista, y Ronny Yu: con el último aliento de vida, la muñeca Tiff da a luz al hijo que engendró ante la mirada atónita del detective, convirtiéndose en la última cita para cinéfilos del género: el hijo de Chucky es el mismo bebé monstruo creado por Larry Cohen para su clásico It’s Alive, e incluso ataca al policía de la misma manera en que lo hacían los bebés mutantes de la trilogía de Cohen –monstruillos que no serán llevados a la siguiente Seed of Chucky.

Pero si Bride of Chucky se levanta por encima del resto de las películas secuelas, es gracias a la desfachatez e inteligencia en el planteamiento: hacer de lado las falsas pretensiones de asustar a un público que de antemano sabe la historia –error de guionistas y directores de las nuevas Halloween, Viernes 13, Pesadilla en la calle Elm–, y que al no encontrar nada nuevo antes de la primer media hora, caen presas del tedio. En cambio, aquí se retoma a la figura del psicópata y se presenta con un aura de diversión, que no olvida los momentos gore inherentes a él, pero aderezados con cargas de humor dignas de agradecimiento, burlándose de sí mismo y dándole al género nuevos márgenes de acción.

LA NOVIA DE CHUCKY

(Bride of Chucky)

Dirección: Ronny Yu, Guión: Don Mancini; Producción: Grace Gilroy, David Kirschner, Laura Moskowitz; Fotografía: Peter Pau; Música: Graeme Revell; Edición: Randolph K. Bricker, David Wu; Con: Jennifer Tilly (Tiffany), Brad Dourif (Chucky –voz original–), Katherine Heigl (Jade), Nick Stabile (Jesse), Alexis Arquette (Damien), Gordon Michael Woolvett (David).

Canadá – Estados Unidos, 1998  – 89 min.

Participaciones: Festival Internacional de Cine Fantástico Fantasporto. Oporto, Portugal 1999; Festival de Cine Visiones de Medianoche. Helsinki, Finlandia 1999; Festival de Cine Fantástico de Gérardmer –Premio Especial del Jurado–, Francia 1999; Fantafestival –Premio a Mejor Actriz (J. Tilly) y Premio a Mejores Efectos Especiales–, Roma , Italia 2000.