Manos de seda (1951). Ese ‘noir’ tan nuestro
Por José Luis Ortega Torres
Durante los años cuarenta del siglo pasado Hollywood vivió el auge de uno de los géneros más propositivos que su historia haya dado lugar: el cine negro. Definido por cualidades de tono y atmósfera, el noir surgió por una serie de causas que evolucionaron al cine de gángsters clásico de los años treinta hacía historias de marcados tonos pesimistas. Definido por un realismo desencantado de posguerra y el auge de la literatura hard-boiled (sobre todo en el cine negro del periodo 1945-49) perfiló como su principal figura al héroe áspero, algo cínico en su manera de actuar y de pensar; vanidoso pero ciertamente derrotista y, sin embargo, dueño de un código moral tan estricto como personal.
Historias de criminales, bajos fondos, vampiresas envueltas en densas nubes de humo. Cabarets, automóviles, callejones, armas y botines. Atmósferas opresivas, claroscuros inquietantes heredados del expresionismo alemán, narrativas fluidas en el uso del espacio y argumentos ágiles en la construcción de tramas de giros sorprendentes, el cine negro encontró en la figura de Chano Urueta a uno de los cineastas mexicanos que buscó trasladar las constantes de este estilo cinematográfico al particular arrabal mexicano en un díptico de títulos cuyos argumentos surgieron de la mente del historietista José G. Cruz —si en Estados Unidos el noir se nutrió, de la literatura “dura” de Dashiel Hammett o Raymond Chandler ¿Por qué no habría de alimentarse en México del autor de la historieta Santo, el enmascarado de plata?— y tuvo también la suerte de encontrar en la gallarda figura de David Silva al émulo mexicano de Robert Mitchum y Humphrey Bogart. La primera, Ventarrón, en 1949 y la segunda que hoy nos ocupa, Manos de seda, filmada en 1951.
Jorge, ladrón de alta escuela, es conocido por su habilidad como Manos de seda. Tras él se encuentra el detective Alonso Medina, siempre pisándole los talones pero sin poder echarle el guante jamás. Urueta abre su filme de manera atinada con una persecución por las calles de la ciudad de México donde Manos de seda es herido de un balazo, lo que le lleva a allanar una residencia donde encuentra refugio de manera fortuita, cruzando su camino con el de Estela del Castillo, una mujer adinerada a quien obliga a que lo auxilie, cuando descubre que ella es casada, pero con una aventura que le está costando mucho dinero por la constante extorsión de su joven amante.
Urueta, director de una obra ecléctica —lo mismo realizó adaptaciones de la literatura universal (El conde de Montecristo), que mexicana (Los de abajo); añoranzas porfirianas (Del can-can al mambo) y el más demencial cine de terror (La cabeza viviente o El barón del terror)—, pareciera haber estudiado los rasgos que definen al cine negro norteamericano más allá de las mera puesta en escena, dotando a su antihéroe de la personalidad modélica ya descrita por el propio Chandler en El simple arte de matar: “…un hombre completo y un hombre común, y al mismo tiempo un hombre extraordinario (…), un hombre de honor por instinto…”.
Con esta atinada descripción podemos conocer la verdadera personalidad del ladrón, que además se reafirma cuando demuestra ser agradecido con la dama que lo ayudó, pero sin dejar de lado la frase cínica con la que pone distancia para evitar involucrarse a nivel personal con la gente que le rodea, lo que se ha convertido, con el paso del tiempo, en la coraza que defiende su privacidad. Sin importar que ante los ojos de Manos de seda sea simplemente una adúltera —con se lo remarca a cada momento, con toda elegancia, eso sí—, Estela quedará irremediablemente prendada de su actitud viril, lo que la lleva a sugerir un amasiato sin compromiso, sólo para toparse con algo más grande que su avidez sexosa: la rectitud del criminal, porque antes que Manos de seda, él es Jorge, un hombre enamorado de Elsa, una joven vivaracha, de armas tomar y a quien le enseñó a defenderse y recorrer a su lado el mundo del hampa.
Él es un moderno Pigmalión que creó una fuerza desatada, lo que no deja de causarle cierto sentimiento de culpa que le lleva a considerar un último golpe que asegure el futuro económico y la paz espiritual de ambos. La oportunidad aparece con lo se anuncia como un golpe fácil: despojar de sus joyas a la anciana marquesa del Valle, haciéndose pasar por un bon vivat jaliciense, burlándola a ella y al detective Medina, que no deja de hacerse presente.
No obstante, Urueta nos prepara lejos del retrato de un crimen perfecto, el camino de redención de una criminal que no logrará concretarse, y para ello gira la tuerca una vuelta más poniendo en boca de la marquesa un sermón que le hace cuestionarse a Jorge la validez de sus intenciones dándose cuenta de que ya no hay decoro, ni satisfacción, en una profesión que cada vez lo hace sentir vacío, inconforme. Si él es un ladrón temido y respetado por sus colegas de oficio y hasta por la misma policía, es porque se guía por un código moral imperturbable que nos enseña que a pesar de dedicarse al crimen, no es un tipo deshonesto.
Manos de seda es la encarnación del hombre que teme al futuro por saberlo incierto, rasgo infaltable en los antihéroes del cine negro norteamericano donde se hace énfasis en la pérdida y la nostalgia. Chano Urueta supo dotar a su personaje de todos los tics recurrentes del noir: elegancia, honor y un marcado aire de desaliento, a la vez que pone en escena un mixtura formal que va de las reconstrucciones de escenarios para interiores —el improbable cabaret costeño donde se reencuentra con su amigo, el falsificador Rico— y un recurso que le viene de maravilla al desencantado final: el uso de locaciones y atmósferas (neblinosa terminal de ferrocarriles de Buenavista) como un personaje inherente al destino trágico —y brutalmente paradójico— del héroe, para quien la felicidad y la reivindicación es un sueño que sabemos es inalcanzable.
Manos de seda
Dirección: Chano Urueta; Guión: Chano Urueta, basado en un argumento original de José G. Cruz; Producción: Galindo Hermanos [Pedro y Eduardo Galindo] y Filmadora Chapultepec; Fotografía: Enrique Wallace; Música: Gonzalo Curiel; Edición: José W. Bustos; Con: David Silva (Jorge, “Manos de seda”), Rita Macedo (Elsa), Roberto Romaña (detective Alonso Medina), Lily Aclemar (Estela del Castillo), Eva Calvo (Elisa), Fernando Casanova (Rudy), Maruja Grifell (Marquesa del Valle).
México, 1951 — 90 min.
Fecha de estreno en México: 4 de julio de 1951




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Felicidades a Cinefagia por el rescate de estas joyitas nacionales, vestigios de una época en la que los directores y argumentistas sí sabían contar historias y el fumar no era delito. El delirante final es una brillante puntada de humor negro retinto de José G. Cruz; una aportación de la crónica de nota roja mexicana estilo Alarma! a la mitología del cine noir.
Y eso de que la adúltera propone al protagonista un amasiato “…sólo para toparse con algo más grande (¡ay ojón!) que su avidez sexosa” está para mandárselo de tagline a algún productor de videohomes (si es que todavía quedan).
Curiosamente, en el DVD no aparece el crédito de Rita Macedo… ¿se lo robó Manos de Seda?
Saludos y gracias por complementar nuestra dieta de cine con platillos tan estimables….
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Saludos Agustín!
Pues sí, una de las misiones de Cinefagia es acercar a las nuevas generaciones de cinéfagos al cine mexicano clásico más allá de la Época de Oro, sacando del panteón a estrellas y directores que por desgracia no han sido todavía revalorados en su justa medida por otros medios.
Es una lástima que, al parecer, a esta generación que pretendemos llegar no les importa demasiado, ya lo ves, ningno de nuestros asiduos lectores, más antes que tú, ha hecho un comentario sobre esta joyita del arrabal fílmico mexicano. Pero no importa, en Cinefagia continuaremos con nuestra labor de manera entusiasta, porque además de publicar estos post, siempre es una delicia volver a ver estás películas.
CHAU!