Revista Cinefagia

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En el país de los cinéfilos, el cinéfago es rey

La noche de los muertos vivientes (Night of the Living Dead, 1968)

Por José Luis Ortega Torres

 

night_of_living_dead_011Evidentemente, antes de los filmes zombie de George A. Romero, la figura del muerto que camina ya había sido tratada en la pantalla. Excelentes clásicos como White Zombie de Victor Halperin -considerado formalmente como el primer filme donde se hace referencia directa a la zombificación– y por supuesto, I Walked With a Zombie, obra maestra de Jacques Tourneur, eran conocidos en prácticamente todo el mundo. A partir de esos filmes el zombie se unió a la galería de monstruos clásicos del género de terror, aunque siempre haciendo alusión a la brujería, principalmente al vudú, para lograr que un hombre pierda su voluntad al grado de parecer muertos ambulantes, aunque sin llegar a serlo.

 

En 1968 Romero nos da una muestra completamente opuesta a la visión del zombie vía sobrenatural. Tanto en La noche de los muertos vivientes como en sus secuelas no existe ningún elemento que suponga siquiera el uso de hechizos o brebajes propios de la brujería y el vudú. “La monstruosidad ya no es más una cuestión de alteridad mitológica, sino que penetra en la vida cotidiana, se encarna en nosotros mismos y en nuestros vecinos de casa”. [1]

 

Con estas palabras el teórico italiano Renato Venturelli describe a la perfección el estilo en que Romero inscribe su filme. De terror, sí, pero con una increíble dosis de crítica social y nada de sobrenatural. Su influencia es además innegable, tanto que una copia de La noche…, pertenece a la colección permanente del Museo de Arte Moderno de Nueva York. Mucho también se ha escrito sobre las fuentes que inspiraron al zombi romeriano, pero el más claro precedente es la novela I’m Legend de Richard Matheson, así como su primer adaptación cinematográfica L’ultimo uomo della terra (El último hombre sobre la tierra, 1961) coproducción ítalo-estadounidense de Ubaldo Ragona, protagonizada por el grandioso Vincent Price, quien interpreta al “último humano vivo en la tierra después de que el resto de los sobrevivientes de una desconocida plaga se han transformado en unas criaturas similares a vampiros” [2] …mutantes que acosan la guarida donde voluntariamente se ha replegado a resistir la amenaza y conservar así su humanidad.

De ésta película Romero acepta haber tomado uno de los elementos básicos para la estructura de su cinta: la claustrofobia. Al haber creado un ambiente encerrado, logra sumergir al espectador en la misma angustia en que se encuentran los protagonistas, quienes únicamente se enteran de lo que sucede en el exterior por medio de la radio y la televisión que encuentran en su refugio, de ahí que ese mismo terror también lo sufre el público. Así lo define Venturelli en el artículo citado. “El público (…) vive la desesperada tentativa de supervivencia de los protagonistas (…) en perspectiva subjetiva, mientras la cámara no aparta la mirada ni en las escenas de canibalismo, registrando todo el horror”. [3]

 

Otra virtud palpable es que en este filme ningún elemento sobrenatural ni mitológico justifica el surgimiento de la monstruosidad. La magia negra y los brebajes vudú se hacen de lado. No se trata de robar la conciencia a un ser humano para convertirlo en esclavo. El levantamiento de los muertos se da por medio de radioactividad proveniente de una sonda enviada a Venus. El mal irrumpe en un día como cualquier otro simplemente para desestabilizar la vida cotidiana de una pareja de hermanos. Cabe destacar que Romero no pretendía  dar justificación alguna a la zombificación de la humanidad, simplemente sucedía y ya. Sin embargo, al final no confió en que el público aceptara esa falta de información. En palabras del co-guionista John Russo ” en ese tiempo, cada filme que quisimos ver en ese género tuvo una explicación, parecía ser que las masas no podían vivir sin una clase de explicación. Así que se las dimos” [4]. Acercándonos de nueva cuenta a Venturelli, éste nos habla de un “…rechazo del clásico exotisme dans le temps o dans l’espace para ofrecer, en cambio, una ambientación contemporánea entre paisajes de desolada banalidad y anónimos personajes cotidianos” [5]

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Es decir, cuando se le arranca todo el elemento exótico al sortilegio que hace surgir el mal -llámese lobo, vampiro o momia-, por extensión se elimina la posibilidad mágica de enfrentarlo -cruces, balas de plata, etc.- y derrotarlo a la manera de los filmes clásicos. De hecho, no hay en ninguna de las tres partes que conforman la pieza de los Muertos Vivientes una “cura” a la zombificación, ni algún remedio para que la plaga no domine al mundo. Sobre las diversas interpretaciones que críticos y público dieron a la cinta, el propio director se ha encargado de declarar que jamás tuvo la intención premeditada de incluir algún tipo de mensaje político o social en su modesta producción de terror. Se ha hablado de la influencia del movimiento social contestatario de mayo del 68 en Francia, que retrata fielmente una sociedad en decadencia. También de una crítica a las muertes inútiles de la guerra de Vietnam al ver banderas americanas sobre unas tumbas en el inicio de la cinta y, por si fuera poco, se deja en claro que para Romero, las relaciones al seno de la familia están podridas en todos sus niveles, desde la pareja de novios, hasta la de esposos y la relación de éstos con su hija. No hay esperanza para la humanidad.

 

Otra de las interpretaciones más ácidas viene de los críticos españoles Manuel Valencia y Eduardo Guillot, al afirmar que “sus muertos mugrientos conforman una masa anónima, popular e incontrolada que sólo mata para saciar su voracidad caníbal, sin atender a clases ni grupos económicos más o menos pudientes. ¿La rebelión del tercer mundo? [6]. Pero pasemos al filme en sí. Filmado en treinta y cinco milímetros y no en dieciséis como se ha pensado durante años, la pesadilla comienza justo en el momento menos esperado. Lo que en principio es el viaje de una pareja de hermanos a un cementerio, deviene en ataque de un hombre desquiciado que asesina al varón mientras la mujer escapa, logrando refugiarse en una casa abandonada en medio de la nada.

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Barbra es descubierta en estado semi-catatónico por Ben, un aguerrido hombre que lucha por su vida y que también fue atacado por esos extraños seres. Haciendo de la casa un fuerte de supervivencia, se encierran a piedra y lodo mientras que la chica no alcanza a comprender lo que sucede. En el sótano están refugiados una pareja de novios, Johnny y Judy y el matrimonio de Harry y Helen Cooper, con su enferma hija Karen. Pronto se enterarán, por la radio y televisión que hay en la casa, que los seres del exterior son los muertos que se levantan de sus tumbas con una insaciable hambre caníbal.

 

Todos y cada uno de ellos, juntos o por separado, representan un microcosmos. Principiando por Ben, un héroe de raza negra que a contracorriente impone sus decisiones, cara opuesta del pusilánime jovenzuelo Johnny. La lucha por el poder se establece de inmediato entre Ben y Harry, un posesivo marido despreciado hasta por su propia esposa. Es tan cobarde, que lo único a lo que atina es a esconderse, tal y como esconde la podredumbre que existe en su matrimonio. La falsa apariencia que da hacia el exterior, sobajando a la esposa -que como buena mujer y esposa americana sabe guardar las apariencias- desaparece al quedarse a solas con ella en el sótano

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El terror y la claustrofobia se respiran a cada minuto. La desesperación y la co dependencia de la pareja de jóvenes novios se hace más que evidente. Ella no puede estar sin él y prefiere morir a su lado. El sueño de libertad juvenil impuesto en ese mítico ’68 queda dinamitada, al igual que la camioneta en que ambos viajan. En tanto que las generaciones más pequeñas, representadas por Karen, engullen -literalmente-, a las viejas normas y frustraciones. Los demonios interiores de los padres son pecados que a los hijos no deben ni tienen por que afectarlos, y que de hecho, ni siquiera les importan.

 

El último golpe bajo que nos asesta Romero viene justo por el lado que menos se espera. Ben se ha salvado de los muertos hambrientos para caer en manos de los hambrientos vivos. La mórbida fascinación del ser humano por convertir todo en juego buscando sacar el mayor provecho de las distintas situaciones, nos lleva en la película a observar a un grupo de “valientes” practicando un nuevo deporte: la cacería de zombies, engendros que para este momento de la cinta ya no causan terror, sino lástima. Nuevamente el ser humano se convierte en el máximo depredador y único monstruo sobre la faz de la tierra. Ben caerá abatido de certero disparo en la cabeza por uno de estos nuevos héroes americanos y será incinerado en una pila junto con los zombies que tanto se empeñó en evitar. Sus esfuerzos no condujeron a nada. No hay esperanza, no hay valor en las acciones, no hay remedio. El fin está aquí.

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Como dato curioso cabe señalar que existe un segundo final, que si bien no llegó a filmarse, sí existía en el guión original: muerto Ben, el personaje de la niña Karen-zombie lograba escapar de la patrulla de cazadores, logrando así dos efectos, primero acrecentar la sensación de falta de esperanza al sugerir que la horda no sería exterminada jamás y segundo, dar pie a una secuela directa. Finalmente optaron por la conclusión que todos conocemos  y que deja al espectador sumido en la incredulidad y la impotencia. La desolación no podría ser mayor.

 

NOTAS:

1. Dirigido, núm. 290, mayo 2000, p.p. 66 – 67. España

2. McAsh, Iain F. The Films of Vincent Price, p.p. 17 – 18

3. Dirigido, op.cit

4. Citado en “No particular place to go”, artículo de Steve Beard publicado en Sight and Sound, vol. 3, núm. 4, abril 1993, p.p. 30 – 31. Gran Bretaña

5. Dirigido, op.cit

6. Valencia, Manuel y Eduardo Guillot. Sangre, sudor y vísceras. Ed. La Máscara, Valencia, 1996, p.p. 109 – 110

 

 

LA NOCHE DE LOS MUERTOS VIVIENTES

(Night of the Living Dead)

Dirección: George A. Romero; Guión: John A. Russo, George A. Romero; Producción: Karl Hardman, Russell W. Streiner; Fotografía: George A. Romero (sin crédito en pantalla); Música: partitura para la remasterización de 1998 de Scott Vladimir; Edición: George A. Romero, John A. Russo (ambos sin crédito en pantalla); Con: Duane Jones (Ben), Judith O’Dea (Barbra), Karl Hardman (Harry), Marilyn Eastman (Helen), Keith Wayne (Tom), Judith Ridley (Judy), Kyra Schon (Karen Cooper), Bill Heinzman (zombie hermano  de Barbra), George A. Romero (reportero en televisión)

Estados Unidos, 1968  -  96 min.

Participaciones: Festival Internacional de Cine de Reikiavik, Islandia 2005; Macabro. Festival de Horror en Cine y Video, ciudad de México 2008; Festival de Cine de Horror Iik!!, Finlandia 2009.

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1 Comment

  1. Este clásico seminal sigue siendo piedra de toque de todo un subgénero apocalíptico: las minorias contra la masas, sanguinarias y hambrientas, y a cuarenta y dos años sigue teniendo gran parte de su impacto intacto (valga la rima forzada). Me gustaría que comentaras sobre el remake de 1990 de Tom Savini, donde da una vuelta de tuerca a algunos rasgos de la pelicula.

    Esta cinta de George Romero es clave y definitivamente hay que tenerla en cualquier colección que se respete.

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