Invictus. Clint Eastwood le rinde homenaje a Mandela.
Por Marco González Ambriz
La historia de cómo Nelson Mandela intervino para convertir al equipo nacional de rugby, durante décadas un emblema del apartheid, en un símbolo que pudiera unificar a toda la población de Sudáfrica está que ni mandada a hacer para un mercachifle como Ron Howard, especialista en tocar las fibras sensibles del público por su habilidad para simplificar las condiciones políticas y sociales de una determinada época hasta reducirlas a una zonza fábula sobre las virtudes del pensamiento positivo. Cuando se supo que Playing the Enemy: Nelson Mandela and the Game that Made a Nation, el libro del periodista John Carlin que narra esta historia, sería adaptado por Clint Eastwood, había razones para pensar que la película retrataría mejor la complejidad de los hechos.
En sus casi cuatro décadas como director Eastwood ha gozado de una autonomía que sigue siendo rara dentro de la maquinaria hollywoodense. Trabajando siempre con su propia compañía, Malpaso Productions, Eastwood se ha beneficiado de los presupuestos y el sistema de distribución de las majors sin tener que comprometerse en el contenido de sus cintas: nadie lo va a obligar a hacer una de superhéroes o de adolescentes jariosos. No obstante, Eastwood tiene una característica que le da a su filmografía altibajos más notables que a otros cineastas con carreras igualmente longevas. Al no ser escritor, la calidad de su trabajo depende mucho de los guionistas con los que colabora. No es lo mismo trabajar a partir de un libreto extraordinario, como el que elaboró David Webb Peoples para Los imperdonables, que tener que hacerlo con uno tan anodino como el de Crimen verdadero.
La adaptación del libro de Carlin corrió a cargo de Anthony Peckham, guionista con apenas cinco trabajos producidos, incluyendo una serie de televisión. Hasta ahora lo más destacado de Peckham ha sido la nueva versión de Sherlock Holmes y en Invictus es evidente esa falta de experiencia, lo que irremediablemente termina afectando el resultado final. Ya desde el inicio se percibe que a Peckham le costó mucho encontrar un equilibrio entre las necesidades dramáticas de la película y la información necesaria para que el espectador pueda entender las condiciones en las que los Springboks, el equipo sudafricano donde había un solo jugador negro, dejaron de ser un símbolo del apartheid para convertirse en una pasión auténticamente nacional. Por una parte tenemos la imagen de varios muchachos blancos, impecablemente uniformados, en un campo de entrenamiento de rugby con el pasto bien cuidado, mientras al otro lado de la calle un grupo de jovencitos negros vestidos con harapos patean un balón en una cancha de tierra.

- Morgan Freeman en Invictus
La estampa es elocuente y deja claro desde el primer minuto el abismo que había en Sudáfrica entre el rugby y el futbol. Inmediatamente después viene un montaje con escenas de la transición democrática tomadas de noticieros. Vemos a Mandela aclamado por la gente de Soweto, disturbios, largas filas de negros disponiéndose a votar por primera vez, etc. Entiendo que Invictus no podría empezar con un documental de media hora que explique en detalle todos los problemas que enfrentaba Sudáfrica en ese momento, pero aún así siento que a la película le falta dar más datos sobre la situación que Mandela debía superar como presidente. En un artículo escrito por el mismo Carlin para el diario inglés Telegraph se menciona que Sudáfrica en 1993 estaba al borde de la guerra civil, que la minoría blanca estaba dispuesta a recurrir al terrorismo para desafiar al nuevo gobierno y que los niveles de violencia seguramente iban a rebasar lo visto en Irlanda: los boers estaban mejor armados y entrenados que el ERI.
No dudo que Carlin haya exagerado la importancia que tuvo el triunfo sudafricano en el Mundial de Rugby para evitar esta situación, a veces los periodistas reducen la realidad, que siempre es muy complicada, a una serie de factores fáciles de entender. Incluso tomando en cuenta que un largometraje no es el medio idóneo para resumir un libro sobre temas que atraviesan por lo político y lo económico, creo que a Peckham le faltó enfatizar los riesgos que enfrentaba Mandela en los dos años previos al torneo. Hay una escena temprana donde Mandela sale de su casa en la madrugada para hacer ejercicio, seguido de sus guardaespaldas, cuando una camioneta empieza a seguirlos de forma sospechosa. Es una falsa alarma y la película regresará una y otra vez a las preocupaciones del equipo de seguridad de Mandela. Sin embargo, Invictus no logra transmitir del todo la fragilidad del nuevo régimen, a pesar de que hay varias escenas donde las cosas amenazan con salirse de control y Mandela en persona tiene que acudir para soltar un discurso y conjurar el peligro.

- Matt Damon en Invictus
Además de ser poco dramático, esto acerca a Invictus al tono hagiográfico que hace tan insoportables los biopics. Si alguien merece ese tipo de enfoque es Nelson Mandela, por supuesto, lo que no impide que la película se vuelva monotóna después del quinto o sexto sermón en el que el nuevo presidente le explica a sus subordinados lo importante que es lograr la reconciliación. Si a esto le añadimos que en el papel protagónico Morgan Freeman está en su faceta más bonachona es comprensible que algunos espectadores se pregunten en qué momento Mandela va a multiplicar los panes y los peces. Viendo Invictus uno puede quedarse con la impresión de que los jugadores y la federación sudafricana de rugby fueron meros comparsas, cuando la realidad es que ellos también tuvieron mucho que ver en el asunto, empezando por el hecho de que los partidos los disputaron ellos y no Mandela.
Las escenas burocráticas de Invictus no son precisamente electrizantes pero le sirven muy bien al director para desarrollar ese estilo sobrio y elegante que le conocemos, con movimientos de cámara discretos, una edición austera que en nada se parece a la hiperactividad videoclipera que predomina actualmente y con un equipo de colaboradores que incluye a gente como el fotógrafo Tom Stern, la directora de reparto Fiona Weir y los editores Joel Cox y Gary Roach. Aquí es más evidente la distancia que hay entre Eastwood y alguien como Ron Howard, quien invariablemente abarata los temas que aborda con tal de hacer la historia más accesible al público gringo, que no se distingue por su gran tolerancia hacia la ambigüedad cinematográfica. Cierto, Eastwood también se ha equivocado en este aspecto, en Golpes del destino con la escena donde los familiares de la heroína la visitan en el hospital y en El sustituto con el histrionismo desaforado de Angelina Jolie.

- No sé qué está pasando aquí y Clint Eastwood tampoco lo sabe.
Durante buena parte de Invictus Eastwood refrenda su calidad como director. Es una lástima que hacia el final se eche en la hamaca y deje que su Ron Howard interior se apodere de la película. Cuando llega el momento en que los sudafricanos se enfrenten a la poderosísima escuadra neozelandesa, que le había pasado por encima a todos sus contrincantes, Eastwood abandona el estilo que le había funcionado durante los noventa minutos anteriores y adopta todos los clichés del cine deportivo hollywoodense. Esta secuencia está construida a base de pequeñas viñetas que le dan seguimiento a personajes intrascendentes, como la familia de Pienaar, a otros que aparecen de continuo en la historia pero sin llegar a pesar en la trama, como los guardaespaldas de Mandela, e incluso a un anónimo niño negro que simula recoger latas afuera del estadio para oír el partido en el radio de dos policías.
Peor aún, es obvio que Eastwood nunca se molestó en aprender las reglas del rugby, o si lo hizo no supo cómo plasmar el deporte en la pantalla, porque es imposible entender lo que pasa cada vez que los jugadores saltan a la cancha. La edición es confusa, el marcador indescifrable, la emoción nula. Como además el resultado del juego final no está en duda, porque si los Springboks hubieran perdido contra los All Blacks no habría libro de John Carlin, ni adaptación de Clint Eastwood, esta parte de la película se vuelve francamente aburrida. Los neozelandeses siempre se han quejado que perdieron ese juego porque en el hotel sudafricano donde se hospedaban les dieron, intencionalmente o no, comida echada a perder. Los mismos aficionados sudafricanos reconocen que ese día los All Blacks no jugaron a su nivel y que era obvio que varios estaban enfermos, más de uno volvió el estómago durante el partido. Que esto haya sido producto de una conspiración parece poco probable, pero es el tipo de detalle que pudo darle a la parte final de Invictus un poco más de personalidad.
Trailer de Invictus:
INVICTUS
Dirección: Clint Eastwood; Guión: Anthony Peckham, basado en el libro Playing the Enemy: Nelson Mandela and the Game that Made a Nation de John Carlin; Producción: Clint Eastwood, Robert Lorenz, Lori McCreary, Mace Neufeld; Fotografía: Tom Stern; Música: Kyle Eastwood, Michael Stevens; Edición: Joel Cox, Gary Roach; Elenco: Morgan Freeman (Nelson Mandela), Francois Pienaar (Matt Damon), Tony Kgoroge (Jason Tshabalala), Patrick Mofokeng (Linga Moonsamy), Matt Stern (Hendrick Booyens), Julian Lewis Jones (Etienne Feyder), Adjoa Andoh (Brenda Mazibuko)
Estados Unidos, 2009 – 134 min.
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Pues soy admirador de este Mr. Tampoco le sigo siegamente, empero será bueno contrastar tus puntos de vista conforme ve la cinta, de por sí por el tema no es que me llame mucho la atención. Quizá porque soy un mierda amargado que no le tiene fe a la humanidad, en fin, espero que por lo menos sea entretenida.
Como director Clint Eastwood tiene la virtud de que sus películas siempre son entretenidas. A veces le gana el sentimentalismo, o los guiones no le dan para mucho, pero el oficio que tiene este señor hace que valgan la pena sus cintas hasta cuando el tema no parece muy atractivo.
Yo tampoco puedo decir que me moría de ganas de ver una película sobre el campeonato de rugby de 1995 pero Invictus al menos explica por qué fue importante.
Yo también me dí cuenta de los clichés deportivos y de que el personaje de Matt Damon (el capitán del equipo de rugby) prácticamente idolatra a la figura de Mandela, aparte de que hay dos o tres golpes efectistas (como el detalle de la camioneta).
Sin embargo la historia es tan poderosa, tan inspiradora (muy lejos de las cursis “inspiraciones” hollywoodenses), Eastwood consigue enfocarla tan bien que todos sus defectos cinematográficos pasan a segundo plano. Sobre todo en esta época donde triunfan las películas huecas, complacientes, bobaliconas, Invictus llegó como bocanada de aire fresco