Revista Cinefagia

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En el país de los cinéfilos, el cinéfago es rey

Abel

Por Carlos Meléndez.

abel01Siempre que un actor decide saltar de enfrente de la cámara a la silla del director siento una tremenda desconfianza, a menos que su nombre sea Clint Eastwood o Sean Penn.  Ambos trabajos son mundos completamente diferentes y el hecho de que un actor cuente con habilidades histriónicas para interpretar personajes no significa que tenga la capacidad de visualizar y narrar una historia.  Sin ir más lejos, Gael García Bernal con su película Déficit demostró que su trabajo debe continuar siendo delante de la cámara.

La película Abel, dirigida por Diego Luna, es una de esas bellas sorpresas en las que, incluso, me atrevería a afirmar que prefiero su trabajo detrás de la cámara que frente a ella. Abel participó dentro del sexagésimo tercer festival de Cannes exclusivamente como muestra para conseguir convenios de venta y, por las noticias que nos llegan, tuvo muy buena recepción. No es para menos.

Abel (Christopher Ruiz Esparza) es un niño con problemas psicológicos proveniente de una familia con un padre ausente. Por falta de recursos económicos su madre (Karina Gidi) decide sacar a Abel del hospital en el que está internado y cuidarlo en casa, donde vive con sus otros dos hijos. De pronto, una mejoría se registra en el comportamiento del niño, quien asume inocentemente el rol de jefe de familia. Todo marcha relativamente bien hasta que a su hogar llega una visita inesperada.

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La sinopsis muestra lo que podría ser fácilmente un melodramático retrato social que hablaría sobre lo jodido que estamos y las injusticias contra el pueblo, cargado además con valores familiares. Pero Diego Luna logra saltar de este cliché, que tanto daño le ha hecho a nuestro cine nacional, para mostrar una historia del todo elegante, original y sutil basada más en los personajes que en situaciones sociales.

Los temas que toca la película son la ausencia de la imagen paterna y el daño que ocasiona dentro de una familia, los traumas que dejan estos eventos y las rupturas que ocasionan, tanto mentales como familiares. Es conmovedor ver como todos estos personajes luchan por recuperar esta estructura familiar y su necesidad de unión, manejados de una manera tan original que rompe con todo tipo de esquemas convencionales.

La historia sale de las tradicionales calles de la ciudad de México y los parajes de Guanajuato y Zacatecas que se pusieron tan de moda por películas como Quemar las Naves y que se siguieron usando en películas como El estudiante y Voy a explotar para mostrarnos un singular escenario en Aguascalientes.

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Los lugares que retrata la película son tiraderos de basura, terrenos abandonados y casas derruidas, pero el manejo en el diseño de arte dan a todas estas locaciones un aspecto muy acorde con la historia volviéndose, incluso, lugares fantásticos, por medio de pequeños detalles, como aquél de los dos televisores descompuestos: uno sin imagen y el otro sin sonido, un camión de circo abandonado en el traspatio y, por supuesto, una casona que se cae a pedazos.

Es sorprendente la actuación de los dos pequeños, quienes logran dar un registro exacto de sus personajes, así como todo el elenco que está muy bien definido, incluso en los personajes secundarios, como el novio de la hija, cuya pura fisionomía es digna de aplaudir. El registro que logra retratar José María Yazpik como Anselmo, un padre como muchos norteños que salen de su casa diciendo a su familia que “va pa’ los United”,  es de agradecer en muchos sentidos -de entrada el que le salga bien el acentito, porque muchas películas fallan aún en estos detalles-, pero sobre todo en crear a un personaje dimensionado, creíble y  que evita los prejuicios.

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Aplaudo las actuaciones de todos los actores involucrados quienes hacen un trabajo formidable, y que demuestra justamente la influencia del director por el lado actoral. Diego Luna no sólo logra elegancia en las actuaciones sino en su puesta en cámara. Logra una narrativa sutil manejando encuadres y movimientos de cámara que logran pasar desapercibidos, sabiendo precisamente el momento donde cortar, acierto que es más notable si recordamos filmes donde se deja correr  innecesariamente la cámara en plano fijo, exasperando al espectador al punto de que éste se quiera arrancar la piel, claro ejemplo Daniel y Ana.

Realmente es una grata sorpresa ver el camino que está tomando el trabajo de Diego Luna como realizador, pues dentro de las nuevas olas de directores mexicanos, un punto común donde fallan es en la honestidad de su trabajo, punto en el que Abel es por demás sobresaliente.

ABEL

Dirección: Diego Luna; Guión: Diego Luna y Augusto Mendoza; Producción: Pablo Cruz, Diego Luna; Producción ejecutiva: John Malkovich y Gael García Bernal;  Fotografía: Patrick Murguía; Música: Alejandro Castaños y Julieta Venegas; Edición: Miguel Schverdfinger; Con: Christopher Ruiz-Esparza (Abel); Karina Gidi (Cecilia, la mamá), José María Yazpik (Anselmo, el papá), Gerardo Ruiz-Esparza (Paul, el hermano), Geraldine Alejandra (Selene, la hermana)

México, 2010  -  85 min

Participaciones: Festival de Cine Sundance. Park City, Estados Unidos 2010; Festival de Cine de Cannes, Francia 2010

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1 Comment

  1. Hola

    Estoy de acuerdo con que Abel fue una cinta honesta en su concepción y modesta en sus pretensiones, y en que las actuaciones son muy buenas.

    Tal vez lo que se le podría críticar a Abel, es que se siente que a la trama le faltó redondearse un poco, y lagunas cosas se dejan demasiado abiertas… pero bueno, son pequeñeces cuando uno ve la obra en conjunto, y considera que se trata de una Opera Prima, con más virtudes que fallas.

    Bien por Diego, quien inicia su camino como director con un buen primer paso.