Robin Hood. A Ridley Scott y Russell Crowe les falla la puntería.
Por Marco González Ambriz
Aunque los villamelones insistan que la actual fiebre de los remakes es un síntoma inequívoco de que a los guionistas de Hollywood ya se les acabaron las ideas, la verdad es que esto de hacer nuevas versiones de historias conocidas tiene una larga tradición. De hecho, el número actual de remakes sigue siendo inferior al de las primeras décadas del siglo veinte, cuando los rápidos cambios en la producción y exhibición cinematográficas hicieron que los directores recurrieran a contar la misma historia una y otra vez, primero en un par de rollos, luego en cuatro, más tarde como largometraje, después con escenas en color y finalmente con sonido. De The Unholy Three se hicieron versiones en 1925 y 1930, ambas con Lon Chaney. De Camille, basada en la historia de Dumas, se hicieron cuatro versiones en un lapso de doce años: en 1915, 1917, 1921 y 1927.
Más que lamentar la existencia de los remakes hay que examinar los motivos y estrategias de sus realizadores. No porque las características de cada versión sean indicativas del clima intelectual y cultural -lo que los alemanes llaman Zeitgeist: traducción literal: “el espíritu del tiempo”- de sus respectivos años de estreno (David Bordwell ha demostrado que esta forma de analizar cine es perfectamente inútil), sino por lo que éstas ilustran sobre la evolución de la industria fílmica. Además del método tradicional de lucrar con los refritos, que consistía en repetir la misma historia, con los mismos elementos, esperando que nadie se dé cuenta (la serie Viernes 13, desde 1980 hasta 2009), a últimas fechas a Hollywood le ha dado por hacer hincapié en que sus más recientes superproducciones no son simples remakes sino reinvenciones (reimaginings, reboots o como les quieran llamar), como hemos visto con Casino Royale y Star Trek.

- Russell Crowe en Robin Hood
El caso de Robin Hood es curioso porque aspira a ser una precuela de la historia que todos conocemos (el bosque de Sherwood, el sheriff de Nottingham, etc.), permitiéndose por lo tanto varias libertades con la misma, pero al mismo tiempo hay una desesperación palpable por preservar a los personajes y el carácter de la fábula original. Es como si el director Ridley Scott y el guionista Brian Helgeland se hubieran sentido con entera libertad para llevar al famoso personaje a un terreno inédito sólo para arrepentirse en el último momento, dando marcha atrás para someterse a los dictados del blockbuster de acción. El resultado es una cinta inconexa, que arranca con un estilo ampuloso, muy a lo Gladiador, y termina con escenas de heroísmo descerebrado que no estarían fuera de lugar en algún episodio de La momia. En resumen, en Robin Hood conviven lo más mecánico de los remakes con lo más pretencioso de los reimaginings.
Da la impresión que Scott y Helgeland nunca decidieron cuál debía ser el tono de la historia y para no errarle prefirieron meter un poco de todo: algo de tragedia, una pizca de romance, unos cuantos chistes, batallas campales, referencias históricas, una subtrama con tintes sociales, etc. Desde que inauguró el festival de Cannes de este año muchos críticos se quejaron de que este Robin Hood era aburrido, enredoso y excesivamente solemne. Su principal motivo de queja era que la película le dedicaba mucho tiempo a la intriga palaciega y que esto la alejaba de la ligereza que predominaba en las versiones de Douglas Fairbanks y Errol Flynn. Para no variar, voy a expresar mi desacuerdo con estos críticos, y no es porque esté en contra del estilo de Fairbanks y Flynn. Simplemente me parece que la admiración que estos críticos sienten por ciertas versiones de Robin Hood los llevó a esperar más de lo mismo, en lugar de darle a Ridley Scott la oportunidad de contar la historia a su modo.

- Max Von Sydow en Robin Hood
En efecto, el prólogo donde vemos la muerte de Ricardo Corazón de León (por cierto, más extraña en la realidad que en la película), así como las frecuentes discusiones sobre impuestos entre el recién nombrado rey Juan y sus consejeros, le dan a la historia un ritmo más lento de lo que se espera en un blockbuster de acción. Hay muchos diálogos, personajes que conspiran a favor de uno u otro bando, incluyendo agentes dobles, cambios de locación apenas aclarados por subtítulos como “Dordogne” o “Peterborough”, todo ello con la deslumbrante puesta en escena que acostumbra Ridley Scott, o para ser preciso sus colaboradores, en este caso el escenógrafo Arthur Max y la diseñadora de vestuario Janty Yates. No obstante, lo vistoso de Robin Hood no la hace menos aburrida para los que aguardaban una historia de aventuras sin complicaciones.
Pese a que las decisiones de Helgeland a veces sean cuestionables, sobre todo cuando Robin se hace pasar por un noble cercano al difunto rey, debo decir que hay un buen trecho de la película donde me parece que el guionista y el director consiguen lo que se habían propuesto, llevando a este venerable personaje por rumbos desconocidos. Scott y Helgeland toman los rasgos básicos del héroe -se llama Robin y es arquero- para involucrarlo en una conspiración que pone en peligro la existencia de la corona inglesa. Esto tampoco dura mucho, y es que el relato se va desmoronando entre la necesidad de regresar a Robin Hood al bosque de Sherwood para que los episodios posteriores puedan retomar las hazañas que ya le conocemos (el concurso de arquería, por ejemplo) y el hecho inocultable que Helgeland tampoco tenía una idea clara de cómo unir las diferentes subtramas en una resolución que fuera espectacular y a la vez lógica.

- Cate Blanchett y Russell Crowe en Robin Hood
Los bandazos de la trama dificultan el trabajo de los actores protagónicos, Russell Crowe y Cate Blanchett se pasan la mayor parte del tiempo en un sombrío drama histórico pero de repente el guión les pide que se pongan románticos. Esto se compensa con la participación de excelentes actores de reparto. Destacan Mark Strong como el traidor Godfrey y Max Von Sydow como el augusto Walter Loxley, con William Hurt y Eileen Atkins haciendo una digna labor en papeles más pequeños. Danny Huston, como de costumbre, es el negrito en el arroz. Lo malo de tener tantos personajes pululando en la película es que Helgeland cree necesario reunirlos a todos para el gran final, sin reparar en lo absurdo de poner al fraile Tuck, entre otros, en medio de una cruenta batalla entre el ejército inglés y los invasores franceses. Cuando un misterioso caballero aparece entre los combatientes y se levanta el yelmo lo que debería ser un golpe de efecto se vuelve cómico porque el espontáneo es la persona menos indicada para repeler una invasión. No voy a decir quién es, sólo que sería menos ridículo si fuera Jean-Claude Van Damme.
Ese no es el único problema con la secuencia final. Además de la extraña determinación de Ridley Scott por filmarla como la versión medieval de Rescatando al soldado Ryan, con soldados acribillados bajo el agua y vehículos anfibios muy similares a los de la Segunda Guerra Mundial, este “gran final” ilustra una curiosa paradoja de este tipo de superproducciones. Para llevar a la pantalla algo tan complicado, que implica a cientos de extras y técnicos, así como toneladas de equipo, es obvio que se requirió una planeación muy cuidadosa. Ahora bien, si los realizadores son capaces de hacer esos desplantes de logística, ¿por qué no tuvieron el mismo cuidado para escenificar la batalla con la que concluye Robin Hood? Además de estar infiltrado por personajes que deberían haberse quedado en Nottingham, el combate entre ingleses y franceses es notable por lo caótico de su desarrollo. Unos corren para acá, otros corren para allá, Russell Crowe se pierde entre la multitud, de pronto los arqueros se aburren y le entran a los guamazos, las fogatas que servían como señal para flota francesa no aparecen por ningún lado. Un desorden. A lo mejor Ridley Scott pensó que como de todos modos Robin iba a terminar en el bosque de Sherwood lo que pasara en esta batalla era inconsecuente, algo que también aplica al resto de la película.
Trailer de Robin Hood:
ROBIN HOOD
Dirección: Ridley Scott; Guión: Brian Helgeland, sobre un argumento de Brian Helgeland, Ethan Reiff y Cyrus Voris; Producción: Ridley Scott, Brian Grazer, Russell Crowe; Fotografía: John Mathieson; Música: Marc Streitenfeld; Edición: Pietro Scalia; Elenco: Russell Crowe (Robin Longstride), Cate Blanchett (Lady Marion), Max Von Sydow (Sir Walter Loxley), William Hurt (William Marshal), Mark Strong (Godfrey), Oscar Isaac (Príncipe Juan), Danny Huston (Ricardo Corazón de León), Eileen Atkins (Eleanor de Aquitania), Mark Addy (fraile Tuck), Matthew Macfadyen (Sheriff de Nottingham), Kevin Durand (Pequeño Juan), Scott Grimes (Will Scarlet), Alan Doyle (Allan A’Dayle), Douglas Hodge (Sir Robert Loxley), Léa Seydoux (Isabella de Angoulême)
Estados Unidos / Gran Bretaña, 2010, 140 min.
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Yo tenía muchas espectativas para esta película. Creo que a Ridley Scott, a pesar de su estilo un poco ampuloso, se le da esto de los filmes épicos (Kingdom of Heaven, Cruzada en español, me parece a mi una excelente película en donde hasta el mamotreto de Orlando Bloom no se ve tan fuera de lugar), y a Russel Crowe su natural mamonería lo hace ser un intérprete idóneo para encarnar al héroe arquetípico. La versión de Scott de Robin de los bosques pudo haber sido una muy interesante aproximación al bandolero real (a pesar de las poquísimas referencias históricas que se tienen de él), de la misma manera en que Arturo, de Michel Bay, (¡Y mira que hablo de Michel Bay!), es un intento valioso, aunque no logrado, de hurgar en los orígenes del Ciclo Artúrico.
Por desgracia, como tu bien lo apuntas, el gran pecado de Scott radica en querer mezclar todas las versiones previas en la misma película junto con ese intento de acercar a Robin a sus orígenes históricos, lo que da como consecuencia un filme sin tono ni verosimilitud, que en algunos puntos resulta muy preciso (el tratamiento que hace, por ejemplo, de Ricardo Corazón de León como un hombre voluble y caprichoso es muy cercano al Ricardo real, como tu bien sabrás), y en otros raya en lo patético (Al Juan Sin Tierra de esta versión sólo le falta chuparse el dedo para emular al timorato león de la versión de Disney). Con un poco de mesura (Y sin el fraile Tuck dando chingadazos en batalla) esta versión hubiera sido lo que no és: una excelente aproximación a uno de los íconos de la cultura occidental.
Dos apuntes rapidisimos:
a) Luego de ver a Mark Strong tanto en Sherlock Holmes como en esta película, me queda claro que estamos ante uno de esos magníficos actores nacidos para encarnar villanos memorables.
b) A Cate Blanchett le deberían de decir que lo suyo, lo suyo, lo suyo es el drama, y que cuando intenta hacer escenas de acción se ve más ridícula que el Ichabod Crane Disneyano siendo perseguido por el Headless Horseman (Cfr. Indiana Jones y la calavera de cristal).
Saludos
ODV