Revista Cinefagia

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En el país de los cinéfilos, el cinéfago es rey

I Spit on Your Grave, 1978 (aka. Day of the Woman)

Por José Luis Ortega Torres

i-spit-01-miniJunto con los zombies, el cine de violación y venganza ha tenido un fuerte renacimiento en el último par de años. Subgénero aún más morboso que el de los mordiscos rabiosos, es una de las cumbres del exploitation de los años setenta, donde la anécdota se resume en unas cuantas palabras: una mujer es brutalmente humillada y violada por una pandilla de hombres, que tiempo después, serán masacrados cuando la víctima se transforme, a golpe de traumas, en una cruel vengadora no sólo de su honra, sino de todo el universo femenino.

Filmes recientes como la noruega Hora (2009), la argentina No moriré sola (2008), Wicked Lake (2008) en su vertiente demoníaca, e incluso algunos filmes arties como la rumana Katalyn Varga (2009), echan raíz en lo profundo del rape & vengeance para plantear historias donde la violencia ejercida sobre la mujer en principio escandaliza y revienta los discursos de género feminista, pero que a fin de cuentas plasman ?de manera poco sutil, ni duda cabe? su papel como fuerza vital capaz de la reivindicación no sólo personal, sino del todo genérica. No en vano, sectores de apoyo feminista han defendido algunas de estas muestras fílmicas al ver en ellas un discurso final de contraposición al poder físico del hombre en igual o mayor escala (porque al término de la historia, el brutal macho terminará reducido a la pura zalea).

Teniendo en stand by la reseña de algunos de los filmes arriba enunciados, justo es comenzar a desmenuzar el subgénero por la punta de la madeja, es decir, por el filme que codificó sus más brutales constantes, erigiéndose como la más icónica de sus representaciones: I Spit on Your Grave, conocida también y sintomáticamente para los ya mencionados sectores feministas como Day of the Woman.

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Dirigida y escrita por  Meir Zarchi en 1978, fue este filme y no otro, el que lanzó directamente como fenómeno del under el tópico acerca de que una mujer puede y debe tomar venganza por propia mano ante las vejaciones sufridas. Si bien es cierto ya un lustro antes Wes Craven había sentado las bases para que la violencia irrumpiera de forma salvaje en la vida de un par de virginales jovencitas en The Last House on the Left, debemos recordar que en ésta las víctimas mueren en el acto vejatorio y son los padres de una quienes cobran cuentas a los maleantes. Es lo mismo, pero no es igual: las vejadas mueren; en cambio, en I Spit on Your Grave, es Jennifer Hills, la propia víctima, quien cobra la afrenta sin necesidad de pactos diabólicos, fantasmas que regresen del más allá, ni mucho menos, de brutales aliados masculinos del tipo Charles Bronson en la saga del Vengador Anónimo.

I Spit…, tiene la virtud de presentar un filme naturalista donde la violencia ejercida nunca se disimula y aun así no resulta exagerada o falta de credibilidad. Lo que Johnny y sus amigos le hacen a Jennifer, si bien es atroz, es perfectamente posible y de hecho, muy probable. Meir Zarchi comienza su relato de una manera un tanto esquemática arrancando al único personaje femenino de su entorno de confort ?su departamento en Nueva York?, para ubicarla en esa franja rural de los Estados Unidos que los propios yanquis aborrecen por ser el espejo de su realidad: una endeble careta de civilización capitalista sostenida por una masa informe de miseria y analfabetismo funcional que llena las estadísticas de esa vulgaridad inerte que ellos mismos han bautizado como white trash. En fin, dejemos en claro que para los efectos de esta película está perfecto que Zarchi la haya ubicado en esa zona rústica. Ya vendría más adelante Abel Ferrara con su Ms. 45 (1981) para aclararnos que la Gran manzana sería tanto o más peligrosa que los agrestes pantanos donde Jennifer es ultrajada.

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De hecho, el planteamiento inicial es un tanto candoroso, justamente como contrapunto a lo que sucederá. Jennifer Hills, escritora de historias cortas en revistas femeninas, se refugia en una casa cerca del lago buscando privacidad para escribir su novela debut. Ahí, ella es la personificación de una grácil  feminidad y el director no se inmuta en presentarla casi como una virginal ninfa de los bosques por medio del encadenado de escenas que nos muestran el lago, el bosque y su cuerpo desnudo fundiéndose con la naturaleza.

Sin embargo, es su propia condición de “neoyorquina” la que la estigmatiza como “maligna”, según el corto entendimiento de Matthew, el idiota del pueblo que es foco de las burlas porque es virgen, lo que lo pone casi como homosexual ante los ojos de Johnny y su pandilla, quienes gustan de referirse a las mujeres con una misoginia aplastante: “…todas las mujeres están llenas de mierda…”, “las mujeres sólo sirven para coger…”. Ellos, al saber que Jennifer está sola, deciden que sea ella el desvirgamiento de Matthew, por lo que comienzan con un acoso gradual a la chica que desembocará en un ataque tumultuario.

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Ahora que por sabido, no es menos tenso el filme. Zarchi logra crear, muy atinadamente, un ambiente agorafóbico, dedicando largos planos de la chica sola en el bosque, en el lago, pero siempre en un completo silencio que será interrumpido por los sonidos casi guturales de los acosadores. Ahí sabemos que en medio de la nada está expuesta a todo y, nosotros, el público, comenzamos a experimentar ansiedad ante su fragilidad. Por si fuera poco, le imprime una estética que roza lo documental con la típica cámara al hombro y una fotografía neutra, sin ningún tipo de lente o filtro que modifique la imagen para mostrar la primera captura de Jenny en planos abiertos, con todos los actores a cuadro tirándola, jalonéandola, desnudándola y humillándola más allá de la mera agresión sexual, filmando todo casi con un malsano gusto morboso.

Pero eso no es sólo el comienzo. Después de algunos minutos de verla caminar desnuda por el bosque y caer en lodazales como ilustraciones físicas del envilecimiento de su cuerpo, bastante obvias, pero increíblemente fuertes en contenido, el director/guionista no da tregua al estamparnos en la cara una nueva agresión, aún más fuerte, donde incluso es sugerida una sodomización, esta vez montada con una serie planos y contraplanos de los rostros de víctima y victimarios como una macabra balanza de sensaciones contrapuestas: dolor/gozo; desesperación/desenfreno fragilidad/brutalidad; y escenas más adelante ver a Jennifer arrastrándose lastimosamente por el suelo de su casa, completamente destrozada física y emocionalmente, intentando coger el teléfono para pedir ayuda, pero es ahí cuando el aparato es pateado por uno de sus agresores: para Jennifer no hay salvación ni refugio, aún en su propia casa. Una nueva serie de ataques inicia al grito de “…puta de mierda…”.

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Ésta es, en efecto, una de las películas más brutalmente misóginas de la historia del cine. Pero, a la vez, ha sido defendida por enfurecidas feministas que pasado el golpe emotivo de ver a la congénere en desgracia, se congratulan al verla emocionalmente poderosa y con la suficiente sangre fría corriendo por sus venas para cobrar una de las venganzas igualmente más salvajes de las que se tenga memoria fílmica. Por primera vez y sentando las bases del género, la mujer como entidad humana autosuficiente, es capaz de utilizar su cuerpo mancillado como una arma de justicia salomónica que lo mismo entrega al idiota Matthew para desvirgarlo, con la única intención de distraerlo para hacer que caiga en una horca de la que no tendrá salvación.

La secuencia más valiosa de la película, y digna de un estudio de género, es aquella en que vemos como Jennifer enfrenta y da cuenta de Johnny, su principal agresor, en quien cumple el desquite primordial en contra del género masculino: la secuencia de su castración ?después de masturbarlo en una tina de baño? no sólo como vía de la muerte física del agresor en la ficción, sino también como una representación gráfica del castigo a una sociedad machista que ha hecho del cuerpo femenino un fetiche desechable despojándolo de toda pulsión sensual y emotiva, degradándolo a la condición mínima de genitales disponibles en todo momento para la satisfacción del descargo sexual del varón.

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No obstante, y aquí es donde radica la alegría del sector feminista que para sorpresa de Meier aplaudió la cinta, Jennifer se convierte en un arquetipo de mujer libre de culpa que utiliza su cuerpo y su capacidad de seducción como instrumento conciente para enfrentar una falocracia dónde ser mujer es el único pretexto para ser ultrajada, tal y como Johnny lo hace saber con líneas de diálogo tan burdas como “…tú me provocaste” y “…un hombre es un hombre…”. Sobra decir que también caerán el resto de sus agresores, aunque por medios más convencionales, pero no menos sangrientos (p.e. descuartizado por el motor de una lancha), mientras que Jennifer se enfila, a toda velocidad y de cara al viento, hacía un nuevo futuro construido por ella misma, podríamos decir, a sangre y fuego, aunque curiosamente no utilice tan banal método de ejecución.

I Spit on Your Grave se convirtió, a final de cuentas, en un documento que se pretende reivindicador, si así se quiere leer el mensaje, pero no debemos olvidar que en principio sólo es un filme de explotación sexual y de violencia gráfica tan en boga por la década de los setenta. Es, en pocas palabras, uno más de los filmes que se convirtieron en la manera de expresar la inconformidad de una sociedad que poco a poco se venía despertando del sueño de amor y paz sesentero, para descubrir una brutal realidad donde factores de desaliento como el inútil resultado de la guerra de Vietnam o la administración escandalosa de Nixon, dejaban como resultado una nación estadounidense paranoica y violentada, y que aún en nuestros días no supera sus propios traumas.

I SPIT ON YOUR GRAVE

(aka. Day of the Woman)

Dirección, Guión y Edición: Meir Zarchi; Producción: Meir Zarchi y Joseph Zbeda; Fotografía: Yuri Haviv; Con: Camille Keaton (Jennifer Hills), Eron Tabor (Johnny), Richard Pace (Matthew), Anthony Nichols (Stanley), Gunter Kleeman (Andy)

Estados Unidos,  1978  -  100 min.

Participaciones: Festival Internacional de Cine de Cataluña – Sitges (Medalla Sitges de Plata a Mejor Actriz -Camille Keaton-), España 1978; Festival de Cine Visiones Nocturnas de Helsinki, Finlandia 2005.

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