Violines en el cielo (Okuribito / Departures)
Por Montgomery Guilleaume Frankenheimer van der Beck

Cartel japonés de Violines en el cielo
Ahora que estamos a unas semanas de la edición 2010 de los premio Óscar, recuerdo que el año pasado la cinta japonesa Violines en el cielo se convirtió en una de las sorpresas de la noche al alzarse con la estatuilla a la mejor película en lengua extranjera, superando a las amplias favoritas Vals im Bashir y sobre todo Entre les murs, que llegaba a la ceremonia ostentando la Palma de Oro de Cannes como carta de presentación. Claro que los viejos cinéfagos sabemos que desde hace más de veinte años que los miembros de la Academia de Hollywood hicieron a un lado la calidad fílmica en pos de la mercadotecnia, abriendo por completo de sus ceremonias a las galardonadas por el más célebre de los festivales cinematográficos.
En fin, que en todo caso, incluso la germana Der Baader Meinhof Komplex llegó como la tercera favorita y sin embargo, la película que vino a romper las quinielas fue precisamente esta Violines en el cielo, filme número cuarenta (más o menos) de un viejo lobo de la cinematografía nipona, Yôjirô Takita, prácticamente desconocido en nuestras tierras y curtido en el oficio de la dirección gracias a una amplia filmografía donde sobresalen una docena de títulos de la saga de corte porno soft llamada Chikan Densha / Molester Train; algunos filmes heroicos de espadachines mágicos y otros de samuráis en ocaso, aprovechando el repunte de esta temática gracias a Yoji Yamada y su aclamada Tasogare Seibei / The Twilight Samurai (2002).
Como podremos darnos cuenta, si bien es cierto que Takita ha demostrado ser un realizador solvente, también lo es el hecho de que nunca antes había dado una muestra particular de ser un artista de la cámara. Este tenor, algo extenso, sin duda, es para sorprendernos aún más tras el visionado de Violines en el cielo, filme de corte melodramático que cuenta la historia de redención de Daigo Kobayashi, un violonchelista treintañero que se asume como un músico de regular talento, lo que ha confirmado al no poder más que integrarse a una orquesta de mediana envergadura que, para colmo, se verá desintegrada por su escaso éxito de público. Desanimado, vende su fino instrumento y convence a su esposa Mika para dejar Tokio e iniciar una nueva vida en el pueblo costero de donde él es originario y donde posee una cafetería abandonada, única herencia de su madre. Ahora que, ya estando ahí, el único empleo que puede conseguir es el de asistente en un pequeño negocio donde se practica al Nô kan, ritual que consiste en limpiar, vestir, maquillar y depositar en su ataúd a los cadáveres, antes de que la funeraria los recoja sin el menor asomo de dignidad para el fallecido.

Con Violines en el cielo asistimos a un filme de redención del individuo que se ve obligado a remover las cicatrices de su pasado mientras manipula cadáveres a diario. Sin embargo, uno de los méritos de Violines… no consiste en elaborar todo un discurso metafísico de la muerte y sus consecuencias, por el contrario, la presencia de los cadáveres no son el fin de su propuesta, pues a lo largo de la película descubrimos que se tratan del medio por el cual el director plasma los sentimientos de culpa, resignación, aceptación, e imperecedero amor de los deudos, según sea el caso, emociones siempre presentes en la taciturna ceremonia del Nô kan, la cual, paulatinamente adquiere en la persona de Daigo el estatus de rito personal: no sólo se trata de la limpieza de un cuerpo ajeno, sino también y más importante, de su propia alma.
Son esos ejercicios trascendentales filmados a ras de piso y con encuadres bien balanceados en tiros laterales y diagonales que ganan una simetría natural, como en el mejor cine japonés de los años cincuenta, los que acercan a Yôjirô Takita a los grandes maestros orientales de la exploración humana -Ozu, Kobayashi, Mizoguchi, Oshima… a veces Ichikawa- pero alejándose por completo de la trampa intelectualizadora que el tema obviaría. La complejidad de la historia se hace digerible gracias a una puesta en escena sencilla y sumamente eficaz para ejemplificar el compromiso moral que Daigo asume con su nuevo oficio, yendo de la primigenia vergüenza a la posterior aceptación y, finalmente, al respeto que es, de manera simultánea, el mismo que va ganando para sí mismo.

Volver a sus orígenes representa para Daigo la posibilidad de reencontrarse con su pasado y enmendar sus propios pasos. Su acercamiento con los deudos de los cadáveres que atiende lo ponen, además, de frente a un posible futuro donde las lágrimas desesperadas ante su propio muerto no le darán la paz que le hace falta, de ahí que comience a hacerse presente cada vez con mayor insistencia la difuminada figura paterna que, si bien lo abandonó siendo niño, ha marcado el largo de su vida, al grado de llevarlo a ejecutar profesionalmente un instrumento musical para el que nunca ha sido particularmente dotado y que, no obstante, asumió por mera complacencia.
La mayor virtud de Violines en el cielo estriba en su sencillez formal, en cómo el director logra poner en escena sin mayores aspavientos melodramáticos el crecimiento espiritual de un hombre y el proceso de aceptación de los que están a su lado ante una nueva realidad que no es, para nada, la que habían esperado de él. Daigo no ha fracasado al no tocar ante una sala de conciertos llena de público su violonchelo, por el contrario, logra la trascendencia personal en una actividad íntima, donde su esmero en el Nô kan terminará por ser reconocida.

Takita plasma en su película ese recorrido vital desde el punto de vista de Daigo, es decir, del propio hombre que lo padece y nunca como si se tratara de un filósofo que lo está diseccionando sentado detrás de la cámara; de ahí que la historia sea entrañable y, por decirlo de alguna manera, intercambiable con las experiencias personales del público que se enfrente a su obra. Daigo Kobayashi es la personificación del ser humano vulnerable en sus sentimientos de ira, insatisfacción y rencor, pero también es el espejo de cada uno de los individuos que han encontrado a lo largo de las experiencias cotidianas su Nô kan particular, sus propias maneras de expiar culpas para encontrar el camino de la reconciliación no tanto con el tiempo pasado, pero sí con su propio devenir espiritual y, por extensión, material.
La personalidad del músico al ir sanando brotará nuevamente y se inspirará tocando al aire libre y en comunión consigo mismo, justo como nunca antes lo hizo en medio de una orquesta donde su individualidad estaba nulificada. En ese acontecer, Daigo se encontrará de frente con el motivo de su insatisfacción personal, y sin embargo, cuando lo haga no habrá tiempo para los reproches ni los cuestionamientos. Su nueva vida ha girado en torno a la muerte de personas ajenas y es la muerte de un cercano, paradójicamente, la que le abre el camino para lograr el alivio completo de su alma.

Es ese perdón no otorgado al padre en un momento de reconciliación final, lo que arrastra a Daigo a honrar los despojos del ser más amado de la forma que mejor sabe, ese ritual aprendido que ahora, ante el progenitor se convierte en su prueba última de devoción y examen final que lo lanza a un nueveo estilo de vida por medio del cual logrará la estabilidad personal, familiar -siendo ahora él un nuevo patriarca- e incluso laboral, y que si bien no es la que el fallecido pretendía, sí es la que mejor lo ha ayudado a pasar a un nuevo estado del espíritu que a partir de ahora los mantendrá más unidos de lo que en vida pudieron estar.
Violines en el cielo logra captar lo mismo el dolor de la perdida que la alegría por saber que los seres amados alcanzan en un plano superior -sin importar las creencias religiosas que se profesen- un estado de paz que le deja a los deudos la certeza de que siempre estarán al lado de uno, no como entidades dolientes ni sobrenaturales, sino como recuerdos que nos enseñan que la vida y la muerte son partes de un todo que debemos conocer y aceptar sin el mínimo temor. Ese, es un mensaje universal.
VIOLINES EN EL CIELO
(Okuribito)
Dirección: Yôjirô Takita; Guión: Kundo Koyama Producción: Toshiaki Nakazawa, Ichir? Nobukuni y Toshihisa Watai; Fotografía: Takeshi Hamada Música: Joe Hisaishi Edición: Akimasa Kawashima Con: Masahiro Motoki (Daigo Kobayashi), Tsutomu Yamazaki (Ikuei Sasaki), Ryoko Hirosue (Mika Kobayashi), Kazuko Yshiyuki (Tsuyako Yamasahita), Kimiko Yo (Yuriko Kamimura), Takashi Sasano (Shokichi Hirata),
Japón, 2008 - 130 min.
Fecha de estreno en México: 25 de noviembre de 2009
Participaciones:
2008 Festival de Películas del Mundo de Montreal. Canadá
2008 Festival Internacional de Cine de Busán [Pusán]. Corea del Sur
2008 Festival Internacional de Cine de Hawái. Estados Unidos
2009 Festival Internacional de Cine de Palm Springs. Estados Unidos
2009 Festival de Cine Estadounidense de Deauville. Francia
2009 Festival de Cine de Wisconsin. Madison, Estados Unidos
2009 Filmfest DC. Festival Internacional de Cine de Washington DC. Estados Unidos
2009 Festival Internacional de Cine de Estambul. Turquía
2009 Festival de Cine de Tribeca. Nueva York, Estados Unidos
2009 Festival Internacional de Cine de Seattle. Estados Unidos
2009 Festival Internacional de Cine de Edmonton. Canadá
2009 Festival Internacional de Cine de Viena [Vienale]. Austria
2009 Festival Internacional de Cine de Leeds. Gran Bretaña
2009 Festival de Cine de Yokohama. Japón
Premios:
2009 Premio Óscar a Mejor Película en Lengua Extranjera. Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood. Estados Unidos
2009 Premio a Mejor Actor (M. Motoki). Entrega de Premios al Cine Asiático
2009 Premios a Mejor Película, Mejor Director, Mejor Guión, Mejor Fotografía, Mejor Edición, Mejor Actor (M. Motoki), Mejor Actor de Soporte (T. Yamazaki), Mejor Actriz de Soporte (K. Yo), Mejor Sonido (Satoshi Ozaki, Osamu Onodera) y Mejor Iluminación (Hitoshi Takaya). Academia de Cine Japonés
2009 Premio Listón Azul a Mejor Actor (M. Motoki). Asociación de Periodistas Cinemato-gráficos Japoneses.
2009 Premios Kinema Junpo a Mejor Película, Mejor Director, Mejor Guión y Mejor Actor (M. Motoki). Entrega de premios de la revista académica cinematográfica Kinema Junpo del Instituto Tecnológico de Tokio
2009 Gran Premio de las Américas. Festival de Películas del Mundo de Montreal
2009 Premio de la Audiencia por la Película de Mejor Narrativa. Festival Internacional de Cine de Palm Springs
2009 Premio de la Audiencia por la Película de Mejor Narrativa. Festival de Cine de Wisconsin
2009 Premios a Mejor Película, Mejor Director y Mejor Actriz de Soporte (para la dupla Ryoko Hirosue y Kimiko Yo). Festival de Cine de Yokohama.
Cinefagia en Facebook