101 Acts of Love. Batas blancas en la zona roja.
Por Marco González Ambriz
La legalización del cine pornográfico en Estados Unidos fue un proceso que llevó años y que tuvo como antecedente la publicación de novelas como Trópico de Cáncer, de Henry Miller, y El amante de Lady Chatterley, de D.H. Lawrence. Estas dos obras fueron publicadas en EE.UU. por la editorial Grove Press, propiedad de Barney Rosset, tras un pleito legal que llegó hasta la Suprema Corte y que modificó las leyes de censura que imperaban hasta entonces en el país. La corte decidió que se podían incluir escenas de sexo explícito en los libros siempre y cuando éstos tuvieran un valor artístico o educativo.
En el mundo editorial esta decisión permitió la aparición de libros tan célebres como Everything You Always Wanted to Know About Sex (But Were Afraid to Ask) del doctor David Reuben, el bestseller de 1969 que a falta de fotografías contenía descripciones francas de temas como la masturbación o el sexo anal, algo insólito para la época. Los tratados científicos previos sobre sexualidad habían llegado al extremo de publicar los detalles escabrosos en latín para evitar la curiosidad malsana de los legos, siendo el ejemplo más famoso Psychopathia Sexualis de Krafft-Ebing. Para 1972 las cosas habían cambiado tanto que el manual de sexo más exitoso de ese año fue The Joy of Sex, que se distinguía por sus dibujos a colores.

- Una didáctica escena de 101 Acts of Love
Mientras tanto el cine tuvo una transformación similar a la de los libros, aunque con un poco de retraso por la desconfianza con que las autoridades siempre han visto a los medios audiovisuales. También aquí Barney Rosset jugaría un papel muy importante, ahora como distribuidor en Estados Unidos de la película sueca Jar är Nyfiken – Gul, mejor conocida por su título internacional: I Am Curious (Yellow). Dicha cinta, dirigida por Vilgot Sjöman y estelarizada por Lena Nyman, era en realidad un experimento semidocumental sobre la sociedad sueca, con una fuerte influencia de la nouvelle vague, tocando temas como el pacifismo y la lucha de clases. La actriz principal se pasaba buena parte del metraje desnuda y había también coitos simulados, lo que bastó para que la aduana la confiscara a su llegada en Nueva York. Rosset volvió a retar a las autoridades y tras un proceso legal que de nueva cuenta llegó hasta la Suprema Corte, en 1968 logró que se permitiera su exhibición.
La fama que I Am Curious (Yellow) adquirió como película pornográfica hizo que muchos se sintieran decepcionados cuando finalmente tuvieron la oportunidad de verla, en realidad la intención de Sjöman era hacer una crítica hacia la pornografía. Esto era algo que a los productores de auténtica pornografía les tenía sin cuidado. Para ellos lo importante es que el Motion Picture Production Code, mejor conocido como el código Hays, que era el conjunto de restricciones en materia de contenido y publicidad que Hollywood se había impuesto para evitar la censura del gobierno, fue desechado a raíz del juicio de I Am Curious (Yellow), dando paso al sistema actual en el que se clasifica a las películas con siglas que indican el público al que van dirigidas. Para empresarios como Alex De Renzy o los hermanos Mitchell, que se habían pasado años peleando con la censura, esto significó que por fin podían exhibir y anunciar abiertamente las películas pornográficas que venían haciendo desde años atrás, sin que la policía tuviera un pretexto para molestarlos.
I Am Curious (Yellow) fue un enorme éxito de taquilla y las imitaciones locales no se hicieron esperar. La primera oleada de largometrajes pornográficos fue la de los “white coaters” (batas blancas), así llamados porque simulaban ser la contraparte audiovisual de los manuales de sexo que tan bien se estaban vendiendo, lo que además les permitía tener argumentos para defenderse en caso de que algún fiscal intentara prohibir la cinta. Títulos como The Marriage Manual, Sexual Education in Scandinavia o Man and Wife indicaban la cautela de los productores, al menos en comparación a los videos XXX de nuestros días. Además estos “documentales” intentaban justificar su contenido educativo con prólogos donde un supuesto doctor o psiquiatra explicaba las consecuencias negativas que una deficiente vida sexual tenía para cualquier matrimonio.

- La doctora Ann Foster con una de sus pacientes
101 Acts of Love, dirigida por Eric Jeffrey Haims en 1971, es un típico white coater. Abre con un prólogo donde un tipo bien vestido, con traje y corbata, señala la importancia de la educación sexual para las parejas casadas. Señal de lo mucho que han cambiado las cosas desde 1971 es que la película de inmediato repite que el sexo es un acto natural para los matrimonios, mediante la voz en off de Lindis Guiness, actriz que en la película representa a la doctora Ann Foster, supuesta sexóloga y autora del guión de la cinta. Esto último es bastante dudoso, lo más seguro es que el libreto lo escribió el mismo Eric Haims y que prefirió usar el seudónimo Ann Foster como una burla hacia los censores (Ann Foster fue una de las mujeres acusadas de brujería en el pueblo norteamericano de Salem en 1692). Para entonces los hippies ya se habían encargado de popularizar el amor libre, por supuesto, pero los productores de 101 Acts of Love decidieron seguirle el juego a la mayoría bienpensante para evitarse más problemas.
Durante los primeros diez o doce minutos la película sigue el formato del documental. “Ann Foster” aparece a cuadro y nos presenta de forma esquemática los casos de tres mujeres cuyos matrimonios atraviesan un mal momento debido a que se sienten insatisfechas sexualmente. Una de ellas, descrita como “una joven de onda” (“very contemporary and with it”), incluso ha tenido amoríos con sus compañeros de la oficina donde trabaja como secretaria. El espectador tendría que estar mal de la cabeza para creer que esto es un documental: las actuaciones de la psiquiatra Ann Foster y sus pacientes son tan poco creíbles como las de los videos porno actuales, el sonido está desfasado, la fotografía es torpe y el presupuesto es tan miserable que los estudios de caso se limitan a unas cuantas imágenes de parejas revolcándose en una cama o duchándose juntas. Por cierto, uno de los sabios consejos de la doctora consiste en prender la luz. ¿Quién dice que esto no es educativo?
Como muchos white coaters, una vez concluida su corrida comercial 101 Acts of Love permaneció guardada en un almacén. A diferencia de las todavía célebres películas porno que se estrenarían pocos años más tarde, como Garganta profunda o Debbie Does Dallas, los white coaters eran demasiado recatados para un público acostumbrado a ver dobles y triples penetraciones. Ha sido sólo recientemente que Something Weird Video ha editado estas películas en DVD. Como es de esperarse, las copias que han sobrevivido distan mucho de estar en buenas condiciones. La de 101 Acts of Love tiene muchos defectos de sonido, con escenas que se cortan abruptamente, es probable que uno o dos rollos se hayan perdido para siempre. Por lo que queda de la película es obvio que estamos ante un trabajo que marca la transición entre las inocentes cintas de sexploitation, donde había frecuentes desnudos pero no sexo explícito, y la pornografía hardcore de los 70.
Pasando el minuto doce 101 Acts of Love se olvida cualquier pretensión de estar examinando los problemas íntimos de las amas de casa gringas circa 1970 y pasa directamente a la acción, en este caso un catálogo de posiciones sexuales, las cuales se ilustran con diferentes parejas que yacen sobre una especie de plataforma de plástico que está suspendida del techo con hilos y que va girando para que el espectador no pierda detalle. Al menos hasta cierto punto, y es que como ya mencioné los productores todavía no estaban muy seguros de cuáles eran los límites del nuevo género, por lo que en el caso de 101 Acts of Love cada posición se muestra en full shot, con pocos acercamientos y además con una iluminación que oculta más de lo que muestra. La copia de Something Weird Video dura unos 46 minutos, de los cuales más de treinta están dedicados a las diferentes posturas, entre las cuales figuran las tradicionales (de carretilla de albañil, de perrito atropellado) y otras más raras (hay una donde la mujer le levanta los pies al hombre que está abajo de ella, por ejemplo).
Para evitar la monotonía el director proyecta transparencias psicodélicas sobre los cuerpos de los actores, intercala imágenes de archivo (prados, arroyos) e incluye no a uno sino a dos narradores: además de Ann Foster con los pormenores de cada posición (grado de penetración, grado de dificultad) se oye a un hombre recitando poesía dizque erótica. De cualquier modo la película es más bien aburrida, aunque me imagino que debe ser más entretenido verla al lado de alguien que esté dispuesto a sufrir una luxación con tal de averiguar si las posiciones son tan placenteras como dice la doctora Ann Foster. Los muy fanáticos del cine porno de los 70 pueden divertirse reconociendo a actrices como Susan Westcott, Debra Christian o Annette Michael. Para el resto de nosotros sólo cabe considerar a 101 Acts of Love y sus coetáneas como curiosidades de la transición entre softcore y hardcore.
101 ACTS OF LOVE
Dirección: Eric Jeffrey Haims; Guión: Ann Foster; Elenco: Lindis Guiness, Susan Westcott, Debra Christian, Annette Michael, John Keats.
EE.UU., 1971, 46 min.

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