Revista Cinefagia

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En el país de los cinéfilos, el cinéfago es rey

Ladrón de cadáveres

Por José Luis Ortega Torres

ladron-de-cadaveres01Para 1956, año en que se produce Ladrón de cadáveres, los géneros de lucha libre y terror ya resultaban bien identificados por el público mexicano y gozaban de fuerte arraigo, por lo que verlos unidos en una sola película es algo que se convertirá en fenómeno recurrente durante las siguientes décadas, sin embargo, esta cinta es una de las más respetadas, convirtiéndose en referencia obligada al hablar de cine fantástico mexicano.

Fernando Méndez, director que ganó a pulso su lugar en la historia cinematográfica azteca por ser el artífice de El vampiro y su secuela, supo dotar de un ingrediente poco usual en el futuro a esta historia de científico loco: seriedad. En palabras más sencillas: el hecho de la que la premisa del argumento sea de entrada descabellada, no es sinónimo de que las cosas deben hacerse al aventón. Estamos de acuerdo que pueden existir limitantes de tiempo y dinero, pero no de talento, y así lo demostró Méndez al lograr una cinta que ya se alza propositiva y sale del lugar común desde la primera escena: un plano en contrapicado nos muestra el enorme crucifijo de una tumba en medio de la penumbra. De repente, desde el fondo de la pantalla se distingue la figura de un hombre que, ataviado con una capa, se acerca poco a poco hasta el primer plano. Pronto se sitúa por delante de la cruz superándola, por la inclinación de la cámara, en tamaño. Imagen premonitoria del hombre de ciencia que, perdido ya en la demencia, busca situarse por encima del poder de Dios, cómo él mismo se encargará de vociferar más adelante.

Éste saqueador de tumbas es un criminal buscado en varios países de América donde el asesinato de vigorosos atletas coincide con la desaparición de sus cuerpos y su posterior hallazgo con huellas de que se han ejercido experimentos en ellos. Ahora, en la ciudad de México, comienza a suceder lo mismo, teniendo a profesionales de la lucha libre como las víctimas idóneas. Será justamente un ex luchador convertido en policía quien tenga la responsabilidad de dar con el criminal, el capitán Carlos Robles.

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Si ya en el inicio Ladrón de cadáveres muestra buena factura en lo que corresponde al cine de terror, los ejemplos del género de luchadores no se quedan atrás. Al estar situado el lugar de conflicto en un gimnasio, se nos deja ver un buen mano a mano entre Guillermo Hernández Lobo Negro y Alejandro Cruz Black Shadow, con una muestra de lucha clásica que ya no se disfruta hoy en día. Muestra que se extiende también en otros matchs de la película, incluida la participación luchística de Wolf Ruvinskis, quien personifica a Guillermo Santana, amigo del capitán Robles y aspirante a luchador profesional.

Este Guillermo Santana está destinado a ser el verdadero héroe de la película y su personalidad así lo indica: es un joven pueblerino, romántico -rápidamente se enamora y es correspondido por Lucía-, decente, honrado, soñador, deportista y, en pocas palabras, un muchacho ejemplar. Él será el encargado de servir de señuelo de la policía personificando al luchador enmascarado El vampiro, sin embargo, el intento falla y encuentra la muerte.

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Es en este punto donde el drama de cuadrilátero vuelca hacia la historia de terror propiamente dicha y echa mano de dos arquetipos clave en el desarrollo del género. Por un lado el de Frankenstein, teniendo el mismo punto de arranque: el científico que busca crear un ser superior al propio humano, desafiando los dominios de la muerte. El científico, a quien sólo se le conoce por el nombre de Don Panchito (siendo ésta la fachada como un viejo vendedor de lotería que se entromete en el gimnasio para ubicar a sus víctimas), pretende concretar la anathema trasplantando cerebros de chimpancés en cuerpos humanos, fracasando consecutivamente. Finalmente logrará su cometido en el fuerte cuerpo de Santana, donde por primera vez usa el cerebro de una especie superior, el de un gorila salvaje, logrando, por fin, crear una criatura físicamente poderosa, pero con la inteligencia obvia del primate.

Para probar la fortaleza de su creación lo enfrenta, en el cuadrilátero de la Arena México, a otro luchador, quien termina muerto, al igual que el científico, cuando la criatura sale del control por un simple impulso instintivo: desea a Lucía y dará con ella sin importar qué destruya y a quién asesine a su paso. Si ya no cuenta con el cerebro de Santana, debemos entonces pensar que es una memoria genética más poderosa la que impulsa y guía al monstruo al departamento de la dama y, cual émulo de King Kong, le haga escalar hasta lo alto del edificio con su amada desmayada entre los brazos.

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Frankenstein y Kong juntos en el cuerpo de Ruvinski y, a pesar de ello, la solución del filme no mueve a la risa involuntaria gracias a la cuidada realización de Fernando Méndez quien, incluso, tiene la osadía de filmar una estampida de público en plena arena dejando ver algunas cuantas muertes por aplastamiento y pisotones en medio de esa vorágine humana.

La condición del héroe enfrentada a un destino trágico deja un sabor de boca amargo al final de la cinta. Aquí no hubo Enmascarado de plata o Demonio azul que saliera victorioso montando su automóvil convertible con la capa al vuelo, porque la intención de la cinta, y del director, no era deificar al súper hombre, sino ponerlo víctima de su propia soberbia porque, viéndolo bien, el personaje central es el del científico quien ha pagado con su propia vida el desafío a las leyes de la naturaleza, de ahí que si bien la existencia de un cuerpo fuerte con cerebro de chango sea del todo burda, no lo es tanto su puesta en escena que es, paradójicamente, del todo realista en su concepción, atributos que se verán mucho más pulidos en su contextualización con la llegada, al año siguiente, de la internacionalmente reconocida, El vampiro.

He ahí una de las claves para comprender el cine de terror de Fernando Méndez: la adaptación de clásicos cinematográficos y/o literarios, a tópicos cercanos al público nacional: hacer identificable la soberbia científica, la jungla “kongesca” y el amor fou del simio, a través de la enardecida selva citadina de un microcosmos como lo es la arena de lucha libre, sin contar el romanticismo del símbolo cinematográfico propio del milagro alemanista: el hombre físicamente sano y moralmente bueno salido de la provincia mexicana y que busca en la metrópoli el pago a su rectitud por vía del ascenso social, económico y sentimental, fetiche que Méndez, en Ladrón de cadáveres, se encarga de nulificar por medio de una deliciosa involución a su estado primigenio: el del bárbaro que sólo se guía por sus instintos.

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LADRÓN DE CADÁVERES

Dirección: Fernando Méndez; Guión: Fernando Méndez y Alejandro Verbitzky;  Producción: Sergio Koogan para Internacional Cinematográfica; Fotografía: Víctor Herrera; Música: Federico Ruiz; Edición: Jorge Bustos; Con: Wolf Ruvinskis (Guillermo Santana), Crox Alvarado (capitán Carlos Robles), Columba Domínguez (Lucía), Carlos Riquelme (don Panchito / el científico), Arturo Martínez (Felipe Dorantes), Eduardo Alcaraz (jefe de la policía), Yerye Beirute (Cosme Ramírez), Guillermo Hernández Lobo Negro, Alejandro Cruz Black Shadow (el Tigre)

México, 1956 – 80 mins.

Fecha de estreno en México: 26 de septiembre de 1957

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5 Comentarios

  1. Excelente texto, José Luis. Felicitaciones.

    • Saludos Ernesto!

      Muchas gracias. Espero su texto este viernes en Primera Fila!

      CHAU!

  2. como siempre, fabuloso analisis Jose Luis.

    un abrazo

    David

  3. Por cierto, sé que no es el lugar (lease este lugar) ni el momento adecuado, pero. quíen es Barbanegra y dónde consigue sus recomendaciones tan Psicotronicas? es algo que verdaderamente me quita el sueño (me quita el sueño saber que él las tiene y yo no)

    • Saludos David!

      ¡Ja! Nosotros nos referimos al “capitán Barbanegra” con todo nuestro respeto por ser quien nos provee de todo tipo de películas exóticas y de difícil proyección en las pantallas comerciales, pero, en realidad nos referimos a cualquiera de los corsarios del asfalto que hacen de todo aquel puestito a la salida de las estaciones metro, tianguis, Lagunilla, Tepito, Chopo, etc… una opción sólida para nuestros muy específicas necesidades. Eso sí, buscarle entre tanta madre es una labor casi de gambusino cinéfago, pues debemos de rascar hasta con las uñas en montañas de fango, tierra, piedras y charcas malolientes para encontrar de vez en cuando algún pedazo de oro en bruto que nos haga felices.

      Te lo recomiendo, es en sí misma una actividad fascinante.

      CHAU.
      JLO