Revista Cinefagia

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En el país de los cinéfilos, el cinéfago es rey

Psicopatía criminal en la cinta “Untold Story”.

Por José Luis Ortega Torres *

"¿Qué poder de fascinación ejerce este personaje [el psycho killer],
que es capaz de encantar con sus sangrientos crímenes,como un oscuro flautista de Hamelin,
tanto a jóvenes dispuestos a convertirle en ídolo,
como a padres de familia atemorizados ante las pantallas de televisión?
Es la fascinación, llamémosla así, del Mal.
En realidad del desorden. De lo imprevisto e imprevisible.
De lo que escapa al domino de la ley, la ciencia y la sociedad".
– Jesús Palacios.
Psycho Killers. Anatomía del asesino en serie
-


untold1I.

La anterior cita del crítico de cine y analista de nota roja, el español Jesús Palacios, especialista en tópicos del género, nos lleva a reflexionar sobre el poder de seducción que la figura del asesino en serie ha alcanzado gracias al poder de los mass media. Personajes oscuros, verdaderos demonios que no han surgido de la mente de Poe, Conan Doyle ni Agatha Christie, sino que viven en el mismo espacio que nosotros, en una realidad igualmente tangible… como sus propios crímenes.

Seres ¿humanos? que alcanzan la notoriedad de las ocho columnas y del espacio central en los noticieros por el macabro mérito de violentar la dignidad del cuerpo humano hasta lacerantes ignominias, como lo es el descuartizamiento y la antropofagia. Pero volviendo a la pregunta que Palacios nos arroja ¿Por qué entonces, siendo conscientes de sus actos, el resto de los simples mortales somos capaces de admirarlos? ¿De erigirles un culto?

Las razones pueden ser muchas, pero la que podemos poner en primer sitio es la siguiente: no se admiran por lo que hacen, ni por quienes son; sino por lo que representan para el resto de la sociedad. Son, en concepto de Freud, el Ello que ha logrado desatarse. Esa parte del inconsciente que contiene la totalidad de los instintos y se rige sólo por el principio del placer.

Para el público medio que se entera de los crímenes de un asesino serial, éste  representa el estado salvaje del ser humano. Más allá de dictámenes médicos como los de sicótico, que conlleva a la nulificación de conceptos como los de Bien y Mal; el psycho killer (en sus dos presentaciones: serial killer o mass murderer) representa, de manera lisa y llana, la materialización de nuestros más oscuros deseos individuales.

Miente todo aquel que niega que en algún momento de intenso tráfico no siente cómo lo invade una oleada de violencia cuando un automovilista demente le da un “cerrón” por ganarle el paso. Tal vez se siente algo similar ante la injusticia cometida por un profesor errado; por un jefe despótico. En momentos de tensión extrema, la reacción natural puede conducir al ser humano a llevar a cabo acciones de violencia con pleno conocimiento de causa de que ésta se ha desatado en un afán revanchista de exclusivo goce personal -muy diferente a lo que sería, por ejemplo, un acto defensivo en pos de la supervivencia de uno mismo o de nuestros seres queridos. Es justamente el momento en el que dan ganas de asesinar al que tenemos delante nuestro.

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…y terminamos haciéndolo, sí. Una y mil veces lo asesinamos hasta que algo en el ambiente nos trae de nuevo a la realidad y nos damos cuenta que somos incapaces de herir a una mosca. En realidad, las instancias que conforman la mente del ser humano -el Yo y el Superyo, volviendo nuevamente a Freud- mantienen, por decirlo de manera corriente, la cordura del ser humano y evitan que esas pasiones se desborden hasta el grado de ir sembrando el camino de cadáveres por el simple gusto de hacerlo.

De esta forma, las convenciones sociales y morales (creadas como una forma de mantener el orden suprimiendo/controlando/legislando nuestras pulsiones primarias) evitan que la humanidad esté poblada de asesinos descontrolados y, aún así, existen las excepciones que confirman la regla.

Personalidades que en algún momento jalaron el gatillo de la mente, disparando así la señal de arranque para una carrera cuya única meta es la transgresión de los interdictos… aunque en casos extremos, como lo sería el de un asesino serial -inmerso ya en un estado de psicosis- sea incapaz de razonar sobre lo que está haciendo.

II.

Pero… ¿qué tal que todos y cada uno de los actos de muerte cometidos por un serial killer estuvieran perfectamente razonados? Es más: fríamente calculados. Hablando en aspectos meramente criminológicos, las formas en que se clasifican los asesinos seriales han arrojado perfiles generales de fácil reconocimiento, incluso en personajes meramente cinematográficos, como es el caso de Wong Chi Hang, el personaje central de la cinta Baat sin faan dim ji yan yuk cha siu baau (Hong Kong, 1993), mejor conocida por su título internacional de Untold Story, dirigida por cineasta chino Herman Yau.

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Volvamos a la teoría. En el texto La mente asesina, su autor, David Abrahamsen, menciona como características generales de un asesino sus intensos deseos de venganza y las fantasías de realizar hazañas grandilocuentes, quimeras que por supuesto no harán más que avivar impulsos hostiles hacia su realidad circundante, lo que acentúa su propia soledad, retraimiento y desconfianza, al mismo tiempo que acrecentará su incapacidad para tolerar frustraciones nulificando, además, su capacidad para encontrar satisfacciones por medio de actividades constructivas.

De manera más específica, utilizaremos las teorías del científico Joel McCord, quien enuncia ya de manera mucho más específica las características del síndrome psicopático, identificando claramente al individuo psicópata como un ser asocial y altamente impulsivo, cuyas acciones carecen por completo de concordancia espacio-temporal. Este individuo se rige por fracciones de tiempo segmentado, guiándose únicamente por sus propios caprichos, los cuales, una vez consumados, le dejan poca o ninguna culpa. A partir de entonces, contemplara sus sanguinarios actos como una obra de arte sin remordimiento alguno.

Para finalizar esta mínima caracterización del psicópata, hagamos énfasis en la obra de Joel Norris, doctor en Psiquiatría, en cuyos libros Serial Killers y Henry distingue a los asesinos en serie en dos grupos bien diferenciados entre sí: el paranoide sicótico, que la mayoría de las veces actúa afectado de sus facultades mentales en grados extremos que le llevan a alucinaciones, tanto visuales como auditivas -las típicas voces-, las que en declaraciones posteriores serán señaladas como eso que le ordenó asesinar.

Por otro lado, el psicópata, que ya hemos descrito párrafos arriba. Convertido en un sujeto altamente peligroso pues, en tanto que al paranoide sicótico se le asocia con el enfermo mental clásico con síntomas identificables a simple vista, el psicópata es capaz de fingir emociones, lo que le hace un embaucador profesional, por lo que las víctimas sienten confianza con él, pues se presenta como una persona  afable, educada y de lo más natural. En éste priva el deseo de engañar para someter víctimas a sus caprichos en busca siempre de concretar sus deseos de superioridad, haciendo uso de las más variadas formas de humillación.

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III.

En Untold Story asistimos a una de las más complejas personalidades de psicópata cinematográfico. La historia, basada en un caso real que conmocionó al territorio de Macau a mediados de la década de los ochenta, cuenta a grosso modo la historia de Wong Chi Hang -impresionantemente caracterización del actor Anthony Wong-, un psicópata de bajo perfil, esto es, de los que suelen ser clasificados como asesinos desorganizados: desordenado, sucio, de personalidad poco atractiva e incluso repulsiva. Solitario, incapaz de sostener relaciones sexuales y de interactuar en actividades sociales como lo sería el empleo.

 

De éste personaje nos daremos cuenta a lo largo de la cinta que está perfilado de manera clásica y cubriendo los más básicos e identificables rasgos del serial killer de peso completo: un psicópata en toda la extensión de la palabra. En un contundente prólogo, se nos adelanta el camino que habrá de seguir el personaje en una espiral sin retorno hacia la perdida total de la cordura: explosiones de violencia sin sentido en busca de vengar una humillación personal -al perder una apuesta y ser recriminado por no pagar, su ira se exalta al grado de golpear violentamente a su adversario- para, acto seguido, enseñar una de las tres características propias que presenta todo asesino serial: la piromanía (las otras son la tortura de animales y la incontinencia, las cuales llegan a presentarse de manera conjunta en un mismo individuo), rociando con solvente a su desdichada víctima y quemándolo en vida, mientras él observa con evidente rostro de satisfacción/excitación.

 

Más adelante sabremos que Wong Chi Hang es el dueño de un restaurante llamado Los Ocho Inmortales, donde la especialidad de la casa son los bollos de barbacoa de cerdo, local que compró a su anterior dueño antes de que éste desapareciera misteriosamente con su numerosa familia.

 

La trama, perfectamente estructurada en la parte que corresponde al complejo cuadro patológico del asesino, paulatinamente muestra actos de sadismo y misoginia que corresponden al evidente desprecio por el sexo opuesto, síntoma que evidencia un innegable trauma sexual que queda al descubierto en una de las escenas más profusas de gore: el asesinato de su cajera, por cierto, única persona del sexo femenino cercana a él.

 

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Si bien en Untold Story se sienten desbalanceadas las escenas de la pesquisa de un asesino ante el hallazgo de pedazos de cadáveres en las costas de Macau, no es casual que el inspector de la policía encargado del caso, el detective Lee (Danny Lee, productor de la cinta y estelar en la también película hongkonesa de serial killer brutal y de culto, Dr. Lamb), sea perfilado como un macho Casanova abrazado siempre a las sensuales caderas de una bella hembra. Bien vestido, metódico y por demás admirado por el resto de la unidad policíaca, es la antítesis perfecta del asesino en cuestión. Un enfrentamiento de caracteres bastante chabacano en el planteamiento del guión, pero sin duda efectivo en términos visuales en la correspondencia inversamente proporcional de ambos personajes.

 

Si la película no llega a caer jamás en la autoparodia se debe de agradecer, ya lo dijimos, a la impresionante caracterización de Anthony Wong, quien construye un personaje tan fríamente elaborado que pareciera enfrentarnos a un auténtico carnicero. Baste ver su histrionismo que, de manera conjunta con la puesta en escena seca y matizada en frías tonalidades de fotografía que privilegian los tonos azules, desenmascaran la historia inconfesable a la que se refiere el título en inglés de la cinta: el brutal asesinato de cada uno de los miembros de la familia del dueño original del comercio que ahora regentea, niñas pequeñas incluidas.

 

De ahí pasamos a la ruptura de uno de los máximos tabúes sociales: el canibalismo -seguramente propio del asesino, que si bien no se menciona en la cinta, es evidente ante el perfil hasta ese momento establecido- infligido a la humanidad en dos instancias devastadoras: la primera y más simple, como mera culminación de una venganza personal en contra del individuo que lo ha vapuleado. La segunda y mucho más compleja por sus efectos globales: la máxima humillación a la sociedad, normas e instituciones a las que jamás ha pertenecido y que siempre lo han marginado, haciéndoles tragar, literalmente, su propia carne mancillada por medio de los bollos rellenos de carne humana que devoraron con fruición los elementos que conforman uno de sus órganos de evidente carga moral por su carácter de salvaguarda: el cuerpo de policía.

 

Wong Chi Hang preferirá, a fin de cuentas y como buen psicópata, hacer gala de su instinto asesino en la máxima de las víctimas a su disposición: él mismo. El suicidio es el punto culminante y escape idóneo y, aunque tal parece que finalmente se ha cobrado justicia con su captura, en realidad ha sido él quien se burló de todos dejándoles un muy amargo sabor de boca.

 

——

 

* Agradeciendo de antemano algunos apuntes de fuentes bibliográficas por parte de Ricardo Ham, investigador mexicano del fenómeno del serial killer cinematográfico.

 

UNTOLD STORY

(Baat sin faan dim ji yan yuk cha siu baau)

Dirección: Herman Yau, Danny Lee (codirector); Guión: Law Kam Fai; Producción: Danny Lee; Con: Anthony Wong (Wong Chi Hang), Danny Lee (oficial Lee), Emily Kwan (Bo), Julie Lee (Pearl), Shing Fui-on (Cheng Poo), Parkman Wong (Bull)

Hong Kong,  1993     96 min.

Participaciones: Premio a Mejor Actor (A. Wong), Entrega de Premios al Cine Hongkonés, Hong    Kong 1994.

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5 Comments

  1. Esta película comencé a verla hace años y simplemente no fuí capáz de continuarla, me hizo sentir de verdad enfermo, en aquel entonces reflexione que gran parte de los orientales que hacen cine gore estan seriamente dañados. No sé si actualmente el impacto sea el mismo pero la verdad no se me antoja verla nuevamente, así como gran parte del cine asiatico, salvo honrrosas exepciones, claro.

    • Saludos Erick!

      Pues sí, la llamada Categoría III hongkonesa (que de ahí brota esta Untold Story) es cosa difícil de ver, sobre todo por la mezcla de sexo y violencia a raudales que parece no tener fin. Neta que la imaginación asiática siempre se las ingenia para darle una vuelta más a la tuerca de la demencia.

      Velas, de vez en cuando es chido… jejeje!

      JLO

  2. Ya que hablas de lo retorcido del cine asiatico ¿Es más violenta, loca y salvaje que Ichi The Killer? Lo pregunto solo para darme una idea.

    • Saludos Alan

      Bueno, estamos hablando de dos cult movies por el lado que las mires. Habría que diferenciar estilos, temas y orígenes de ambas cintas pues, como ya comentamos, Untold Story está cercana a una serie de asesinatos reales, en tanto que Ichi the Killer proviene de un manga, con todo el plus de locura, violencia y salvajismo que este medio conlleva. La primera cinta es de Hong Kong, la segunda japonesa; que aunque no lo creas, la nacionalidad también les da un buen tramo de diferencia, sin mencionar, además, a los realizadores. Por un lado Herman Yau, mucho más verista en sus puestas en escena, cuyo gusto por un estilo que raya lo documental también se puede apreciar en su enferma Ebola Syndrome; en tanto que Takashi Miike es más dado a poner ciertos rasgos que rayan el surrealismo con secuencias salidas 100% del imaginario, ya sea personalísimo, o colectivo (p.e. el bondage como fetiche de tortura, aderezado con largas agujas metálicas, recurso que repite modelicamente en Imprint, su episodio para Masters of Horror). En otras palabras, Untold Story es una película más “sucia”, por así decirlo, carente de la elegancia formal y ecléctica del cine de Miike, pero no por eso, menos impactante. Vela, no te vas a arrepentir, te lo aseguramos

      Justamente estamos preparando un texto sobre Ichi the Killer, pronto estará en línea y espero lo comentemos.

      CHAU!
      JLO

  3. Alan, respondiendo directamente tu pregunta, Untold Story sí es más violenta que Ichi the killer, tanto en lo gráfico como en lo psicológico. En Ichi, desde un principio sabes de que lado masca la iguana y las escenas gore son claramente fantásticas, mientras que en Untold el guionista juega con tus sentimientos y tu moral, y las escenas violentas son muy realistas. Quizás la única razón por la que Untold no es tan famosa como cualquier otra cinta de Miike es que no es tan fácil de conseguir, así que si te la topas ni lo dudes, véla.