Una dama para dos (La fille coupée en deux)

Por José Luis Ortega Torres
Para escribir un texto sobre la obra de Chabrol ya sea por cada uno de sus títulos o bien un estudio de caso sobre el conjunto, es necesario marcar varios aspectos que se convierten en el leif motiv que da coherencia a su universo. Temáticamente hablando, uno de estos rasgos podría ser su gusto por el suspenso, no propiamente como una acotación al cine de terror, sino más bien el suspense cotidiano al que se enfrenta una persona en su trajinar a flor de pavimento. Ese no saber qué va a pasar dentro de un minuto, sensación de inestabilidad y angustia que todos hemos experimentado en las entrañas y que siempre es el resultado directo de nuestro actos. Ese es el suspenso de Chabrol.
Sentimiento de incertidumbre que se respira en Una dama para dos, película que se balancea en el vértice donde confluyen tres distintas partes, siendo éstas las representadas por el triunvirato de personajes cuya interrelación arrebatada es el motor de la cinta. Gabrielle, una bella comentarista del clima en un canal de televisión local de Lyon. Muy cerca de ahí, en la campiña, Charles Saint-Denis, exitoso literato, se prepara para el lanzamiento de su nuevo texto, a la vez que intenta escribir algo nuevo; en tanto que deambulando despreocupadamente en su finísimo auto, el bon vivant excéntrico y millonario Paul-André Gaudens, ve pasar la vida sin mucha convicción.

Pero al diablo chabroliano le da por meter la cola en sus respectivas vidas y nos enseña que Paul odia -sin mayor explicación- a Saint-Denis, y que éste al asistir a una entrevista de televisión conocerá a Gabrielle, a quien pronto seduce y se lleva a la cama. Lo normal para un viejo rabo-verde seguro de sí mismo, que ejerce indistintamente de comprensivo padre que como experimentado amante y, por que no, hasta de eventual proxeneta de la chiquitina, quien prontamente se da cuenta que está dispuesta a todo por él, porque ella sí se ha enamorado.
Las relaciones interpersonales son otro punto fuerte en el universo del maestro Chabrol, desarrolladas sobre todo por una fluidez del diálogo que si bien a momentos puede resultar abrumadora, siempre está bien planificada, para que en medio del caos de voces que se viene en cascada, las palabras exactas se acomoden siempre en labios de los interlocutores que realmente importan, perfilando así a cada uno de los personajes principales. Pero cuidado, en Una dama para dos no se deben de conocer a los personajes con base en sus palabras. Por lo menos no en el sentido evidente de éstas.

Por eso, aún cuando Saint-Denis se descubra como un Don Juan calculador e inmisericorde y su constante manía de hablar citando las palabras de otros -evidentemente las de clásicos de la literatura- retrate a un hombre seguro de sí mismo, en realidad estamos ante lo contrario: un timorato que no puede esgrimir sus propios argumentos hablando de propia voz; un tipo que primero huye a esconderse en el jacuzzi antes que hacer frente a las situaciones por él mismo provocadas. Alguien que prefiere seguir navegando “a la segura”, por donde el río lo lleve, antes que atreverse a remar contracorriente.
Y si en la percha del señorito Gaudens encontramos la personificación de lo chic, es porque estamos ante un maniquí hueco, sin personalidad. Es, como veremos a lo largo de la historia “el hijo de”, un joven nulificado que raya en la histeria, pero que asienta su personalidad en los autos, la ropa y en el deseo de poseer algo bello por el mero gusto del collectionneur, y así es como se encapricha con la presentadora de TV, a quien hace su esposa aún cuando ella le asegura no amarlo, por el simple motivo de arrebatarle algo a su odiado escritor.

Pero ella, Gabrielle, el oscuro objeto del deseo, de quien se supondría es indecisa en tanto joven, resulta ser el punto de balance que Chabrol conecta con otras féminas de su universo, cuyo carácter y convicción es el centro de la acción y, por ende, ejecutante del desenlace, siempre de acuerdo a las decisiones sobre sí misma, su cuerpo y su forma de atender la vida -pasando por la Nelly de El infierno, Anne y sus ambiciones políticas en La flor del mal y hasta la dura abogada Charmat-Killman de La comedia del poder. Punto y aparte su Madame Bovary-, situándose ella sola por encima de los dos hombres que, en términos reales, si bien son la causa anecdótica de esta película, no terminan por erigirse como el fin de ésta -como tampoco lo son los varones en las películas arriba citadas: son simplemente el gatillo que dispara un proyectil poderosamente femenino.
Si ellos dependen de terceros para afincar su estancia en el mundo -uno su esposa y su amiga, el otro su madre y hermanas-, Gabrielle se demostrará autónoma en todo momento, segura de sí misma y sus decisiones, las cuales, evidentemente, pondrán en crisis el modus vivendi de esos machos a su alrededor. La historia de La fille coupée en deux -cuya traducción literal sería La chica cortada en dos- debe, entonces, leerse de forma inversa a su título: Es la de una joven que encuentra el ideal masculino en la figura de dos hombres opuestos, pero que podrían ser complementarios y que, sin embargo, son dos piezas incapaces de convertirse en una unidad, lo que termina por nulificar ambas partes, ya sea por la muerte o por el olvido.

Y es entonces cuando Chabrol nos plantea una interesante secuencia donde expone, a manera de metáfora, lo que ha sido la vida de Gabrielle: la ilusión de poder quedar bien con Dios y con el Diablo. Una mujer que en dos distintos momentos de su vida intentó acoplarse a un “él” en abstracto intentando dividirse en dos mujeres distintas al gusto de cada uno, entendiendo al final que las virtudes y/o defectos del hombre no son acumulables ni complementarios de un cuerpo a otro. Porque, como en un acto de magia, todo depende del punto de vista, completamente subjetivo, de quien lo mire. Y al final sólo es ella, en una sola pieza, la que sabrá qué es lo que más le conviene.
Una dama para dos
(La fille coupée en deux)
Dirección: Claude Chabrol; Guión: Claude Chabrol y Cécile Maistre; Producción: Patrick Godeau; Fotografía: Eduardo Serra; Música: Matthieu Chabrol; Edición: Monique Fardoulis; Con: Ludivine Sagnier (Gabrielle Aurore Deneige), Benoît Magimel (Paul-André Claude Gaudens), François Berléand (Charles Saint-Denis), Mathilda May (Capucine Jamet), Caroline Silhol (Geneviève Gaudens), Marie Bunel (Marie Deneige).
Alemania – Francia, 2007 - 115 min.
Participaciones: Festival Internacional de Cine de Venecia -Premio Bastone Bianco de la Crítica Cinematográfica-, Italia 2007; Festival Internacional de Cine de Toronto. Canadá 2007; Festival de Cine de Nueva York. Estados Unidos 2007; Festival de Cine Golden Horse de Taipéi. Taiwán 2007; Festival Internacional de Cine B-EST. Bucarest, Rumania 2008; Festival de Cine de San Francisco. Estados Unidos 2008; Festival Internacional de Cine de Seattle. Estados Unidos 2008; Festival Internacional de Cine de Maine. Waterville, Estados Unidos 2008; Festival de Cine de Pula -Premio Arena de Oro a Mejor Película Extranjera-, Croacia 2008.
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Hooola José Luís
Comparto totalmente tu percepción de este filme. El final, tras su aparente inocuidad (con esa función circense), me parece muy duro. Bien lo dices tú: la ilusión (de Gabrielle) de poder quedar bien con Dios y con el Diablo… y no hacerlo con ninguno.
Un beso
Gracias Marishuy!
Pues sí, en el fondo una película dura, porque demuestra de forma contundente algunas verdades de una relación. Personas dominantes y otras dominadas, pero siempre en busca de su estabilidad; punto que difícilmente se alcanza, como fue el caso de Gabrielle y que como ya se pede ver, es algo constante en la obra del maestro Chabrol.
Besos!