Los abrazos rotos
Por José Luis Ortega Torres
Pedro Almodóvar es, y siempre será, Pedro Almodóvar, para bien y para mal. Y en el caso de Los abrazos rotos también para dar lo mismo. La cosa es simple: uno ve la nueva obra de Almodóvar y descubre que se trata solamente de un compilado de sus tics recurrentes, por lo que al momento de ser puestos en escena puede ser que resulten gratificantes pero, seamos sinceros, poco sorprendentes.
Siempre se dice que un verdadero auteur se repite a sí mismo. Da vueltas sobre un único tema y lo aborda de distintas maneras, trabajado constantes que se convierten en una especie de copyright de su estilo. No obstante, ver siempre lo mismo puede resultar fatigoso, por mucho que se jueguen con distintos puntos de vista. Entonces, esa sensación de cansancio y aburrimiento es la que permea en las poco más de dos horas que dura Los abrazos rotos, una historia que prácticamente no cuenta nada.
Lluís Homar da vida a Mateo Blanco, un exitoso director de cine que a mediados de los años ochenta se enamora-encapricha-obsesiona de Lena, una Penélope Cruz convertida aquí en una secretaria que, para completar la quincena, la hace de prostituta ejecutiva y eventual porn-actress. Ella, aquejada por el terrible cáncer que carcome a su padre, sucumbe a las pretensiones sexuales de su jefe, Ernesto Martel, un exitoso empresario que desde hace años conoce su secreto.

Años después de la muerte de su padre, Lena se encuentra establecida como la mujer oficial de Martel, y aunque no haya matrimonio de por medio, se ostenta como tal. Con ellos vive Martel Jr., el castroso hijo homosexual que no se despega de Lena por órdenes de su padre y que, queriendo ser cineasta, carga por todos lados con una cámara de video. Cuando Lena conoce a Mateo en un casting, las pasiones se desatan, trayendo consigo una ola de consecuencias en la vida del director y la actriz. Todo esto, repito, a mediados de los ochenta. En el presente, esos acontecimientos han dañado severamente a Harry Caine, un guionista ciego, pero sumamente afamado, a su representante Judit y al hijo de ésta, Diego.
Lo que Pedro Almodóvar se tarda, como ya dijimos, 120 minutos en contar, al espectador con un poco de malicia le bastará con unas cuantas escenas y poco más de un cuarto de hora para adivinar el conflicto. Ambas historias, la de Mateo Blanco y la de Harry Caine se cuentan yuxtapuestas en montajes paralelos que corren de una a otra década para desmenuzar un móvil que se pretende misterioso, jalando de uno a otro tiempo personajes que intentan crear un ambiente de thriller -como es el caso del fastidioso Martel Jr., y el torvo aspirante a guionista Ray X, por ejemplo- que no logra cuajar en ningún momento.
Los manierismos propios del cineasta se ponen al servicio de una historia cuyos despropósitos no hacen más que evidenciar lo fatuo de su propuesta. Si bien hay unas escenas de consumada belleza (la escena del abandono de Lena iniciada con los pasos de sus zapatillas rojas; la voz en off, pero de cuerpo presente, de la propia Lena delante de su grabación delatora; …esas manos de Caine sobre el televisor hacia el final de la película…), no son suficientes para sostener otras tantas que resultan inútiles para el seguimiento de la historia ¿Qué más da, por ejemplo, que Diego se de un pasón de droga para que comience su charla de días con Caine? ¿No habría dado lo mismo si se hubiera roto una pierna en una cascarita?

Decir que Almodóvar ha logrado brillantes escenas no es, ni de lejos, una disculpa para un cineasta que parece haber puesto el piloto automático a Los abrazos rotos y que, una vez pasada la almodovarmanía legitimada por Hollywood iniciada con Todo sobre mi madre y que cubre el primer lustro del nuevo siglo -Hable con ella, La mala educación y Volver-, nos encontramos ya en el momento en el cual pasamos de la cúspide de una carrera constante (pero a la vez dispar), para comenzar con el proceso del declive natural.
Se dice siempre que un buen director cobija a sus actores, pero en este caso, queda la sensación que es el buen quehacer del cuarteto de figurantes los que salvan al manchego de una aventura que, de otra forma hubiera conducido al fracaso. Homar, bien contenido como el artista en desgracía; José Luis Gómez como el vejete abrumado por la inminente partida de su “chuletita”; Blanca Portillo, excelente como la incondicional amiga y a la vez Iscariote que condena la obra postúma del cineasta Mateo y, finalmente, Penélope como la “chuleta” en cuestión que puede lucir naturalmente despreocupada y falsamente hermosa -“No sonrías, que ya bastante falsa es la peluca”, le dicen en una línea-, pero que es capaz de, con tan sólo unos gestos al borde de la cama, transmitir toda la repulsión que le causa su condición de güila de lujo.
Almodóvar juega nuevamente, como ya habrán adivinado, con recursos tales como el “cine dentro del cine”, la personalidad dual, las pasiones desbordadas, las traiciones y los secretos del pasado. También está presente su paleta de colores pop retro-ochentenos en las escenas que muestran “el ayer” y con la técnica suave y elegante que le permiten movimientos de cámara delicados para centrar a sus personajes en la acción y los emplazamientos que nos demuestran sus cambiantes estados de ánimo.

Los abrazos rotos es Almodóvar en toda la extensión de la palabra. Pero el quehacer cinematográfico que en una película fue genialidad y en otra reafirmación de talento, a estas alturas ya es rutina. Lo cierto es que, aunque el director ponga en labios de su protagonista la frase lapidaria de “Las películas se deben de terminar aunque sea a ciegas”, bien podría pensar en haberse ahorrado -y ahorrarnos- ese esfuerzo.
LOS ABRAZOS ROTOS
Dirección y Guión: Pedro Almodóvar; Producción: Ester García; Fotografía: Rodrigo Prieto; Música: Alberto Iglesias; Edición: José Salcedo; Con: Penélope Cruz (Lena), Lluís Homar (Mateo / Harry Caine), Blanca Portillo (Judit), José Luis Gómez (Ernesto Martel), Rubén Ochandiano (Ray X), Tamar Novas (Diego), Ángela Molina (madre de Lena), Lola Dueñas (lectora de labios).
España, 2009 — 127 min.
Participaciones: Festival de Cine de Cannes -Nominación a la Palma de Oro-, Francia 2009; Festival Internacional de Cine de Karlovy Cary, República Checa 2009; Festival de Cine ERA Nuevos Horizontes, Breslavia [Wroc?aw], Polonia 2009; Festival de Cine de Sarajevo, Bosnia-Herzegovina 2009; Festival Internacional de Cine de Toronto, Canadá 2009; Festival Internacional de Cine Donostia - San Sebastián, España 2009; Festival Internacional de Cine de Río de Janeiro, Brasil 2009; Festival Internacional de Cine de Atenas, Grecia 2009; Festival Internacional de Cine de Bangkok, Tailandia 2009; Festival Internacional de Cine de Edmonton, Canadá 2009; Festival Internacional de Cine de Morelia, México 2009; Festival de Cine de la Unión Europea de Vancouver, Canadá 2009; Festival de Cine de Nueva York, Estados Unidos 2009; Festival Internacional de Cine Latino de Los Ángeles, Estados Unidos 2009; Nominación al Premio de la Audiencia, Academia de Cine Europeo 2009.
