Bienvenido a Woodstock (Taking Woodstock)
Por José Luis Ortega Torres
Ang Lee es un cineasta celebrado en cuanto festival internacional se presente. Ya ha ganado Berlín y Venecia -nomás falta Cannes para hacerse de la “triple corona”- y de pilón hasta un par de premios Óscar. No obstante, su carrera es un tanto dispareja, marchando a trompicones entre la tradición oriental clásica, como en El tigre y el dragón, la de mediados del siglo XX en Lujuria y traición, e incluso expone el choque cultural contra la modernidad en El banquete de bodas -en esencia, un filme chino rodado en Estados Unidos-. De manera paralela a esos logros, Lee ha permitido que su fascinación por la cultura yanqui nos de a conocer el otro Ang Lee.
Ya desde su particular punto de vista de la guerra civil yanqui de Un paseo con el diablo, filmada desde la perspectiva de “ajeno” al conflicto, hemos podido notar que Ang Lee se embelesa demasiado con el concepto de lo gringo, perdiendo el rigor que le conocemos en su faceta de cineasta chino. Es, precisamente, esa falta de raíz lo que hace que su filmografía yanqui deje siempre cierto sentido de vacuidad -aun en su celebrado Brokeback Mountain-, como nuevamente se refleja en este Taking Woodstock, que no es más que un despropósito al idealizar un momento histórico del cual no fue partícipe y que, como en Un paseo…, lo sitúa lejos del conflicto argumental, diluyéndolo.
Lee abre con los encuadres propios de una idealización fílmica del típico pueblito norteamericano donde nunca pasa nada y hasta un pelmazo como Elliot Tiber, pintor y diseñador frustrado, puede ser el presidente de la Cámara de Comercio. Soporta a la típica madre ruso-judía-expatriada que somete a su fiel marido a todo tipo de desplantes histéricos, al igual que a su aguantador hijo, que busca a como de lugar levantar su acostumbrado festival de música y artes de cada año, como una forma de activar el comercio en el pueblo.

¡Cómo no! La gran idea de levantar no sólo al pueblo, sino las finanzas de su familia que está a punto de perder su motel embargado por el banco, lo arrastraré a proponer que su idílico hogar sea el sitio donde se lleve a cabo un festival de música que aboga por la paz mundial y el amor universal, y que al ser promovido por una horda de hippies, no encuentre acomodo en ningún otro pueblo.
Hasta ahí llegará Michael Lang, el andrógino promotor, e hijo pródigo del pueblo, para dar su visto bueno e iniciar una aventura que, con tan sólo media hora de metraje ya se ha convertido en algo completamente predecible y lleno de clichés. No pasará mucho tiempo antes de ver desfilar por la pantalla al clásico judío ambicioso que cobra muchísimo más de lo pactado por alquilar sus terrenos para el escenario, al ver lo redondo del negocio; al propio Lang paseándose a caballo cuál moderno Martín Caballero, patrono de los festivales perdidos, a punto de cachondearse a Elliot, de quien a estas alturas uno ha deducido como gay enclosetado nomás con verlo correr hacia su auto.
Lo de menos sería que el cliché se hiciera presente si es que éste cumpliera con un objetivo en particular, es decir, si sirviera de algo para el avance dramático, pero da la casualidad que a mister Lee se le olvidó que los personajes son precisamente eso: los engranes que mueven la cinta. Por eso, Bienvenido a Woodstock se convierte en un desfile de situaciones inútiles, por ejemplo ¿Para qué incluir el personaje de un veterano de la guerra de Vietnam, joven y apuesto, pero alcóholico, mariguano y semi deschavetado? Porque así queda claro que la guerra, esa y cualquier otra, es una ojetez. ¿Para qué incluir dos ancianitas buena onda, amantes de la música de violines? Para sentarlas después en medio de una bola de hippies y enseñarnos que la brecha generacional no es tanta. ¿Para qué poner un obrero de la construcción maduro, apuesto y gay? Para que por fin Elliot se descare. ¿Para qué dedicarle tiempo del metraje a un inútil grupo de teatro independiente y experimental? Pues para que minutos más adelante las “actrices” se encueren y demuestren que los años sesenta se inventaron para destaparse por que sí y aullar idioteces solemnemente en nombre del arte.

¿…para qué poner el rudísimo Sabretooth de Wolverine (Liev No-Tengo-Registro-Dramático-Ni-Otra-Cara-Que-Poner Schreiber) travestido en güera peluda madrea borrachos? Ejem… creo que este sí nomás por cobrar un sueldo.
En pocas palabras, la respuesta a cada una de las interrogantes -a cuál más inútil- se resume en una sola: Todos esos son lugares comunes que sirven para reivindicar una nostalgia por un periodo histórico que ahora le resulta ajeno a las nuevas generaciones, que son quienes pagan un boleto para entrar a la sala de cine. Así todos podemos decir ¡Qué cool eran los sesenta! ¡Qué locos estaban mis jefecitos! ¡Que chida era la policía que en lugar de madrearlos los trepaban a sus motos para que llegaran a tiempo al concierto!… Ah sí, porque la película se trata de un concierto ¿verdad?
Pues no, lo siento, a Ang Lee en realidad le ha valido sorbete el concierto de música que definió el clamor de toda una generación aburrida de ser olvidada y ninguneada por un estado ávido de elevar sus finanzas por medio de la economía de guerra y toda la serie de implicaciones políticas que ello contrajo. Un concierto icónico para quienes lo vivieron y mítico para los que hoy día lo imaginamos. Ambas cosas ajenas por completo a las banales idealizaciones de un cineasta que a pesar de haber vivido décadas en Estados Unidos, parece que aun no ha perdido la mirada del que se asombra ante el engañabobos American Way of Life.
BIENVENIDO A WOODSTOCK
(Taking Woodstock)
Dirección: Ang Lee; Guión: James Schamus, basado en el libro homónimo de Elliot Tiber y Tom Monte Producción: Ang Lee, James Schamus y Celia Costas Fotografía: Eric Gautier Música: Edición: Danny Elfman Con: Demetri Martin (Elliot Tiber), Henry Goodman (Jake Teichberg), Imelda Staunton (Sonia Teichberg), Emile Hirsch (Billy), Eugene Levy (Max Yasgur), Jonathan Groof (Michael Lang), Mamie Gummer (Tisha), Liev Schreiber (Vilma).
Estados Unidos, 2009 - 110 min.
Participaciones: Festival de Cine de Cannes – Nominación a la Palma de Oro a Mejor Película-, Francia 2009; Biografilm Festival, Bolonia, Italia 2009; Festival de Cine Estadounidense de Deauville, Francia 2009; Festival Internacional de Cine de Atenas, Grecia 2009; Festival Internacional de Cine Donostia – San Sebastián, España 2009; Festival Internacional de Cine de Río de Janeiro, Brasil 2009; Festival Internacional de Cine de Morelia, México 2009; Festival Internacional de Cine de Flandes, Gante, Bélgica 2009; Festival de Cine de Londres, Gran Bretaña 2009; Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, Argentina 2009.
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Ésto-si-que-es-un-lugar-común-en-los-seudoblogueros-ay-pero-se-ve-tan-joto-y-cool-que-lo-voy-a-poner
Como sea,.ni Woodstock definió el clamor de toda una generación (y eso que según tu no te gustan los lugares comunes) ni la película trata de un concierto.
Por lo menos tu crítica está menos chafa que la que leí aquí para “Brigadas rojas”, también de la muestra.
Vientos Chris, muchas gracias!
Acá estamos abiertos a todo tipo de sugerencias, comentarios y reclamos. Nomás comentar que los textos son el punto de vista del autor, y que los gustos fílmicos evidentemente varían de una a otra persona. Ya lo decía mi madre “cada cabeza es un mundo”. Respondiendo a tu pregunta del post en Brigadas Rojas, te comento que los que acá escribimos somos simplemente gente que nos gusta llevar una rigurosa dieta fílmica de todos los sabores y condimentos. Otra cosa, le haré llegar tu comentario sobre Brigadas… a Salvador Cañas, autor del mismo.
De todos modos no dejes de leernos ¿vale?
CHAU!
JLO