ricky01Por José Luis Ortega Torres

Cuando a principios de este año vi el cartel de la película Ricky con motivo de su proyección en el festival de cine de Berlín no pude hacer otra cosa más que reír. La imagen del chamaco que da nombre a la película destila ternura por todos lados. Es más, casi sufrí un coma diabético por la sobredosis de melcocha. Ya cuando observé que la cinta venía firmada en dirección y guión por François Ozon me alenté un poco e hice a un lado los prejuicios iniciales, dándole el beneficio de la duda.

Varios meses después de mi primer acercamiento con Ricky, el Tour de Cine Francés en México la pone delante de mí con el telenovelero título de Sólo los niños van al cielo, cual si se tratara de otra de las exhortaciones antiabortistas de Félix B. Caignet  -el mismo de El derecho de nacer-, sólo que a diferencia de lo que sucedió a principios de año, esta vez no reí, sino que me apresté a verla.

Animoso como siempre del cine de Ozon, esta vez la predisposición corrió en sentido inverso: Ya sabía que iba a ver una “buena película”, aunque esa etiqueta sea siempre la más polémica (ojo, hasta el momento de escribir esto no sé si realmente lo sea, porque divertido ? bueno). De inicio, Ricky abre con un plano fijo de la que será la protagonista de la historia, Katie, quejándose ante lo que parece ser una trabajadora social de su precaria situación económica, de que tiene dos hijos y uno de ellos es un bebé que no para de comer y llorar, y que el padre de éste ha desaparecido sin dejar rastro, ni dinero, detrás de él. Es más, la afligida madre ha pesado que lo mejor es dar en adopción al bebé.

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Este inicio del personaje central hablando a un interlocutor que permanece por completo en off de la pantalla no deja de ser algo desasosegante para el público, que de inmediato se sitúa en el papel de éste para servir, de ahora en adelante, de cómplice de Katie durante un periodo de su vida que será narrado distraídamente a manera de flashback, mismo recurso que François Ozon utilizó, pero en grado más extremo, en 5 x 2 -al dividir el tiempo fílmico en cinco secuencias cronológicamente inversas-, recurso narrativo que al parecer servirá como el termómetro que habrá de medir el derrotero melodrámatico que condujo a Katie a querer separarse de su bebé (de la misma forma en que sirve para contar los motivos que llevaron a Marion y Gilles al divorcio en el citado filme).

No es así. La historia que comienza en un pasado no muy lejano nos cuenta, con la llaneza propia del cine francés naturalista, una historia de “chica conoce chico” que no es, para nada, sobresaliente de cualquier otra. Katie, madre soltera de una preciosa niña en edad de ir a la primaria, ve pasar su vida como obrera de una fábrica sometida a una rutina gris que va de la cama al baño, del baño a dejar a su hija a la escuela y de ahí a la fábrica para que, al caer la tarde, se repita este mismo viaje, pero de regreso a casa. Sólo que un buen día aparece Paco, un inmigrante español, ligador, machorrón y medio bruto -en el sentido animalesco, como ella misma admite- quien después de unos acostones con Katie se muda a vivir con ella, ante el estupefacto de Lisa, quien de buenas a primeras ya tiene figura paterna en casa.

Hasta aquí la historia de esta nueva familia de clase baja de los suburbios franceses, que se sabe se han unido por un sentimiento más cercano a la conveniencia social que al amour fou tan propio de los galos, sin embargo, todo habrá de cambiar con la llegada de Ricky, el rubicundo bebé que crece a pasos agigantados y cuya hermosa presencia viene a enloquecer a los tres personajes, que lo recibirán de distintas formas.

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Ozon cambia de registro en un par de ocasiones par darle al filme una estructura argumental que a diferencia de la técnica -filmado muy correctamente sin ningún artilugio técnico, respetando en todo momento la sobriedad- conduce al espectador a crearse algunas hipótesis sobre el desenlace de la historia; como la denuncia de maltrato infantil en una secuencia tramposísima donde creemos que es la pequeña Lisa la verdadera responsable de los hematomas en la espalda del niño, motivo por el cual Paco se marcha de la casa al ser culpado del agravio.

El ángulo de niña-perversa-con-cara-de-yo-no-fui se explota aún más cuando se descubre el verdadero motivo de la espalda moreteada: a Ricky le están saliendo alas, y la niña, por el bien del chamaco, pretende deshacerse de ellas a tijeretazos. Sin embargo, esta línea narrativa pronto se desecha. A Ozon, lo que en realidad le importa, es poner un hecho fantástico -que no sobrenatural- en medio de un escenario de normalidad y crear una hipótesis de cómo afectaría a la gente común que lo atestigüa.

Ricky hace real, literalmente, esa trillada frase que se dice en los bautizos “este bebé es un angelito caído del cielo”. Aquí es cuando uno empieza a debrayar y tomar el filme como un cuento de hadas o como un episodio de X-Men: Orígenes, teorizando que, lo que en realidad estamos viendo es el nacimiento de Warren Worthington III, mutante conocido como, ejem… El Ángel, quien en lo sucesivo se unirá al equipo de los jóvenes héroes. O bien, los cinéfagos con más de 35 primaveras a cuestas pensarán que se encuentran ante una puesta al día de aquel viejo filme español Tobi. El niño con alas (Antonio Mercero, 1978), que marcó a más de un chamaco inocentón que suponía que algún día podría convertirse en el querubín de mamá… literalmente.

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Este no es un trabajo modélico en la filmografía de Ozon. De hecho, bien podría considerarse como un divertimento caprichoso del cineasta parisino, quien lo mismo juega con la falsa idea de una psycho-niña, que con el humor rosa en los primeros intentos de vuelo del bebé o con la tragicomedia en el descuido de Katie al provocar la partida de Ricky, y hasta con el melodrama en el último encuentro entre madre e hijo y la posterior reintegración del núcleo familiar.

A momentos, Sólo los niños van al cielo se convierte en una historia de realismo mágico donde un hecho carente de lógica viene a trastocar la cotidianidad del entorno social -familiar- donde acontece y, dada la naturaleza angelical del hecho en cuestión, de antemano se pretendería que fuera suficiente para garantizar la felicidad eterna de los involucrados, quienes a partir de ese momento navegarían en un mar de azúcar. Pero cuidado, con Ozon las historias tienden a dar un giro inesperado, y es que el hecho de estar bendecidos (¿o no?) por la llegada del bebé alado no es sinónimo de que la vida de Katie, Paco y Lisa tenga que ser necesariamente más feliz. Digamos que, los milagros, a veces pasan de largo.

SÓLO LOS NIÑOS VAN AL CIELO

(Ricky)

Dirección: François Ozon; Guión: François Ozon, Emmanuèle Bernheim, basados en el cuento Moth, de Rose Tremain; Producción: Chris Bolzli, Claudie Ossard; Fotografía: Jeanne Lapoirie; Música: Philippe Rombi; Edición: Muriel Breton;  Con: Alexandra Lamy (Katie), Sergi López (Paco), Mélusine Mayance (Lisa), Arthur Peyret (Ricky), André Wilms (médico)

Francia – Italia,  2009  -  90 min.

Participaciones: Festival Internacional de Cine de Berlín -Nominación al Premio Oso de Oro [Mejor Película]-, Alemania 2009; Festival Internacional de Cine de Estambul, Turquía 2009; Festival Internacional de Cine de Karlovy Vary, República Checa 2009;  Tour de Cine Francés en México 2009; Festival Internacional de Cine de Helsinki, Finlandia 2009.