Revista Cinefagia

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En el país de los cinéfilos, el cinéfago es rey

El aura

aura01Por Montgomery Guilleaume Frankenheimer van der Beck

La necesidad del ser humano por reafirmarse ante sí mismo y ante “el otro” es una característica propia de quien nunca ha sido nada. Apatía, desinterés o simple inercia ante la acción de vivir, secan el cuerpo y permiten que la mente divague entre fantasías absurdas donde, a diferencia de la gris realidad, se puede ser el amo y señor de las circunstancias, legislador de juegos y dueño de la vida y muerte. La fantasía se convierte en el síntoma de la enfermedad evidente: la mediocridad.

Un taxidermista huraño y con problemas de epilepsia podría ser el ejemplo perfecto de ese tipo de personalidad. Sumido en su taller es incapaz de darse cuenta de que su hogar se ha desvanecido, luego entonces, tampoco es posible que pueda hacer algo por remediarlo. Su vida gira a través de círculos concéntricos que conducen a la nada, al punto neutral en que deja correr su vida, tan seca como los cadáveres que manipula y cuya única distracción es imaginar el robo perfecto que, por supuesto, nunca llevará a cabo.

Después del éxito que significó Nueve reinas para el relanzamiento internacional del cine comercial argentino (tanto que provocó el filme Criminales, soso remake gringo), su guionista y director Fabián Bielinsky, se sumergió de nueva cuenta en el tópico argumental que al parecer llegaría a convertirse en uno de sus rasgos autorales predilectos: la ejecución de un crimen perfecto; de no ser porque la parca, siempre inoportuna, se llevó consigo una de las más sólidas promesas fílmicas latinoamericanas con la repentina muerte, en el 2006, del cineasta de apenas 41 años.

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En su ópera prima se trató de un complicado fraude de maquinaria perfecta y en El aura, su segunda película, aborda el tema del robo perfecto, haciéndose acompañar nuevamente de Ricardo Darín, quizás el actor argentino más identificado de los últimos años gracias a cintas como El hijo de la novia, Kamchatka y La luna de Avellaneda.

Sin embargo, a pesar de que se trata de una anécdota aparentemente similar en el fondo, es la forma la que rompe con los cánones establecidos por Nueve Reinas. Situándose en las antípodas de su filme debut, Bielinsky abandona por completo el estilo vertiginoso de “tragicomedia de acción” por un mucho más mesurado thriller de ritmo semilento, donde el tiempo muerto es la clave para desentrañar no los derroteros que habrá de seguir la historia, sino la situación anímico-espiritual-activa del personaje.

El título de la cinta se refiere a los segundos previos a un inminente ataque epiléptico que hacen que toda la vida del taxidermista pase por sus ojos. Una vida gris, como ya la situamos anteriormente, que dirigiéndose sin remedio a la vejez no puede hacer un recuento del pasado porque no hay nada sobresaliente en él; y he aquí que el fortuito azar toma entre sus manos a este personaje ninguneado -incluso por Bielinsky, quien para evidenciar aun más su nulidad como individuo, le niega el derecho de poseer un nombre propio, presentándolo simplemente como El taxidermista- y hace que un homicidio imprudencial lo sitúe en medio de la planeación del atraco a un casino.

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El robo perfecto aparece de repente delante de él y lo único que debe de hacer es atreverse a dar el paso que lo lleve de la planeación a la acción… y lo dará sin mayores aspavientos. Armado de una fría inteligencia y un consumado poder de observación, El taxidermista, en medio de las boscosas montañas del sur argentino, desenmaraña la relación existente entre un violento cazador sexagenario y su jovencísima esposa violentada, su acomplejado hermano adolescente, dos matones de tercera, la relación con el gerente del casino y el papel de un ladrón asesinado. Entre esos personajes se decidirá su futuro y no obstante, sus manos son las que mueven los hilos vitales de cada uno de los implicados.

Bielinsky construye un filme de tensiones interpersonales donde el eje no es el atraco perfecto, sino el crecimiento de su personaje central, una suerte de super hombre nitzcheano  aún en el capullo, que tiene la oportunidad de demostrarse a sí mismo (porque los demás no le interesan) que es capaz de llevar a la práctica lo que tanta veces imaginó. Lo hará por el simple hecho de que puede decidir sobre él mismo y sobre aquellos a quienes la circunstancia los puso bajo sus designios, aun cuando él permanezca apocado y responda a la violencia con desinterés, pero jamás con miedo.

Es por eso que hacia el final de la cinta poco importa el asalto en sí, a cambio del crecimiento interior del personaje, que a estas alturas del filme es lo que en realidad interesa al público. Tal vez porque El taxidermista no sea otra cosa más que el espejo que refleja las muchas caras de la melancolía y quizás una de esas imágenes sea como la de uno mismo.

EL AURA

Dirección y Guión: Fabián Bielinsky; Producción: Mariela Besuievski, Pablo Bossi, Samuel Hadida, Gerardo Herrero;  Fotografía: Checco Varese; Música: Lucio Godoy; Edición: Alejandro Carrillo Penovi, Fernando Pardo;  Con: Ricardo Darín (El taxidermista), Dolores Fonzi (Diana Dietrich), Pablo Cedrón (Sosa), Nahuel Pérez Biscayart (Julio), Jorge D’Elia (Urien), Alejandro Awada (Sontag)

Argentina – Francia – España,  2005     138 min.
Participaciones
: Festival Internacional de Cine de Río de Janerio, Brasil 2005; Festival Internacional de Cine de San Sebastián, España 2005; Festival de Cine Latinoamericano de Toulouse, Francia 2006; Festival de Cine Sundance, Park City, Estados Unidos 2006

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