Golden Age Erotica Volume 4. Los inicios de la pornografía amateur.

golden-age-erotica-4-1Por Marco González Ambriz

Entre los reporteros que ocasionalmente escriben sobre la industria porno en Internet se ha puesto de moda señalar que las ganancias de los productores están mermando debido a una invasión de aficionados que regalan fotos y videos caseros en blogs, foros, etc. Como siempre, los medios de comunicación que presumen de “profesionales” están armando alharaca por algo que no es ninguna novedad. Este fenómeno, el de los amateurs que le comen el mandado a la industria establecida, ya se había dado incluso antes de que el cine pornográfico fuera legal, a mediados del siglo pasado.

En ese entonces, como ahora con las facilidades que ofrece Internet para publicar lo que sea, la causa de esta invasión de aficionados fue la repentina aparición de herramientas que antes estaban en manos de profesionales y de nuevos medios para distribuir material pornográfico. Como en muchas otras áreas, la Segunda Guerra Mundial generó cambios en la producción de stags. Los soldados norteamericanos que habían peleado en Europa habían descubierto ahí una actitud más natural frente al sexo, algo ajeno al puritanismo de su país de origen. A su regreso estaban más dispuestos a consumir cierto tipo de películas y revistas. Más importante para el caso que nos ocupa fue la existencia del Signal Corps, el departamento del ejército gringo encargado de filmar películas de propaganda. Durante la Segunda Guerra Mundial participaron en el Signal Corps productores y directores ya famosos como Darryl Zanuck o Frank Capra, pero también jóvenes como Russ Meyer o David Friedman que al concluir la guerra se dedicarían a hacer cintas de corte erótico.

Muchos veteranos del Signal Corps que no encontraron cabida en la industria de Hollywood aprovecharon que el ejército estaba rematando cámaras y película virgen para establecer modestas tiendas de artículos fotográficos. Todo lo anterior coincidió con la prosperidad de la posguerra en Estados Unidos, lo que le permitió a muchas familias de clase media adquirir cámaras de Super 8. En su mayoría éstas se usaron para filmar los primeros pasos del bebé o las vacaciones en la playa. Pero no puede haber duda que estos proyectores caseros también fueron usados para ver películas pornográficas. Las mismas tiendas que ofrecían las cámaras de Super 8 y revelaban los rollos que mostraban fiestas infantiles ofrecían otro tipo de material más picante. Estos cortos seguían siendo ilegales pero los cambios en la mentalidad que antecedieron la llegada de la píldora anticonceptiva, así como una serie de decisiones legales que extendieron los límites de lo que podía publicarse, hicieron que los cortos pornográficos llegaran incluso a anunciarse -de forma bastante vaga, hay que admitirlo- en revistas “para caballeros”.

Free For All, corto incluido en la colección Golden Age Erotica Volume 4
Free For All, corto incluido en la colección Golden Age Erotica Volume 4

Las cámaras estaban al alcance de cualquiera, era más fácil encontrar un laboratorio que revelara los rollos sin hacer preguntas incómodas, había más gente dispuesta a ser fotografiada haciendo cochinadas y menos problemas legales para los productores improvisados. En esas condiciones no es nada sorprendente que se registrara un aumento espectacular en el número de cortos pornográficos. Se conservan más stags de los años cuarenta y cincuenta que de todas las décadas anteriores del siglo veinte. Como es de esperarse, la cantidad está en relación inversa con la calidad. La recopilación Golden Age Erotica Volume 4, pese al título, da cuenta del descuido con el que se hacían estas películas. En años anteriores los stags con frecuencia representaban situaciones que recordaban al burlesque, con doctores, dentistas y plomeros cachondos, todo con vestuario apropiado y con intertítulos chuscos a falta de sonido directo. Todo eso desapareció de los stags de los años cincuenta.

Los seis cortos que contiene este cuarto volumen de Golden Age Erotica transcurren en recámaras y salas de clase media, siempre con las cortinas cerradas para no alarmar a los vecinos. No hay el menor intento por esbozar una narración. Los actores se quitan la ropa de inmediato y a lo que te truje, sin los chistes de doble sentido que le daban cierta gracia a los stags anteriores. Además los responsables de armar la compilación la adornaron con música de elevador, lo que la hace aún más monótona. En consecuencia los cortos más rescatables de Golden Age Erotica Vol. 4 lo son gracias al entusiasmo de sus actores. Este es el caso del primero, Free For All, donde cuatro jóvenes, dos hombres y dos mujeres, están en la sala de una casa, enfrascados en una especie de juego de salón. La situación se pone más divertida cuando las dos chicas se quitan en la ropa y se empiezan a dar lengüetazos. Así están un rato hasta que la cámara nos muestra que los dos hombres las están mirando, ya con la espada desenvainada. Tras varias posiciones Free For All concluye de la misma forma que el porno actual, con un doble cumshot.

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El segundo corto, sin título, muestra a una rubia retorciéndose en la alfombra. Aparece una negra y las dos mujeres empiezan a besarse. Poco después se les une un tipo y el camarógrafo tiene que cambiar varias veces de ángulo para captar todos los detalles del ménage à trois. A diferencia del primer corto, en este no hay un final bien definido. Los tres actores están en lo suyo y la imagen de pronto se funde a negro. Esto es algo que se repite varias veces en los 65 minutos que dura Golden Age Erotica Vol. 4. A los productores de este material sólo les preocupaba llenar los diez minutos que duraba cada corto, sin el pretexto, clímax o tema en común (asiáticas, MILFs) del porno moderno. Hay ocasiones en donde estos cortos llegan a ser curiosos sólo porque algo salió mal. Debemos suponer que el título de uno de ellos, Man Wanted (”Se busca hombre”), tenía una intención irónica, y es que al actor nunca se le pone tiesa la mirada, a pesar de tener a dos chicas dispuestas a todo, incluyendo sobarlo y lamerlo durante diez minutos para tratar de despertar su interés, sin éxito. No se oye que el tipo diga “si nacimos al mismo tiempo, ¿por qué te mueres antes?“, pero eso es porque el corto es mudo.

Desde el punto de vista técnico Man Wanted es notable por la torpeza del camarógrafo. Es obvio que no sabía muy bien dónde colocarse para captar la acción, o la falta de. No hay elipsis para que se noten menos los cambios de posición y con frecuencia se pierden los detalles. Esto pasa también en Wild Ones at Home, el quinto corto de la recopilación, donde se ve a una mujer fumando mariguana, hablando por teléfono y luego usando un vibrador. En eso llega un tipo y los dos se ponen a fornicar, sin mucho entusiasmo y sin que la cámara registre adecuadamente lo que está pasando. En ese sentido el peor corto es sin duda el último, donde un barbón llega a lo que parece un cuarto de hotel donde lo esperan dos mujeres. La iluminación es muy deficiente pero por momentos se alcanza a percibir, entre la penumbra, las caricias que se hacen.

Man Wantes, corto incluido en la colección Golden Age Erotica Volume 4
Man Wanted, corto incluido en la colección Golden Age Erotica Volume 4

Casi se me olvida mencionar otra característica de los stags de los años cincuenta. Hay que recordar que durante décadas el valor comercial de estos cortometrajes fue nulo. Sin sonido, en blanco y negro, mal filmados, difícilmente podían competir con la pornografía comercial. Cuando la nostalgia actual les devolvió cierto valor los rollos ya estaban en condiciones lamentables. Es lógico, estuvieron guardados en cajas de zapatos en el fondo de un clóset, no en las bóvedas de una filmoteca. Además la calidad que tenían originalmente no era la óptima. Los tipos que los hicieron apenas y sabían de qué lado de la cámara había que asomarse, los laboratorios donde se revelaron confiaban en que el cliente difícilmente se iba a quejar si el trabajo estaba mal hecho y nadie pensaba que valiera la pena conservarlos. Fue hasta años recientes que a alguien se le ocurrió reunir estos viejos rollos para venderlos en DVD, con títulos como Classic Stags o Historic Erotica.

Ahora cualquiera puede comprarlos, verlos comódamente en casa sin tener que sacudirle el polvo a un proyector de Super 8 y confirmar así que el porno hecho por aficionados tiene su encanto pero jamás podrá igualar al de los profesionales.

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2 Comentarios

  1. Existe un libro llamado ‘Cult of the Amateur: How Today’s Internet Is Killing Our Culture and Assaulting Our Economy’, donde el autor -muy chilletas, por cierto- prevee la hecatombe cultural debido al surgimiento de fuentes de información poco o nada profecionales generadas por los mismos internautas.
    Algunas pruebas el auge del youtube, wikipedia y blogs.
    Pero definivamente será el fin de muchos modelos de negocio, concindo con el texto que dificilmente un persona común (aunque lo hay) utilizando recursos caseros causará el atractivo de una producción cinematografica.

  2. Otro autor que toca el tema es Umberto Eco, en Apocalípticos e integrados ante la cultura de masas, donde examina la actitud de los intelectuales ante los medios de comunicación modernos (radio, TV, prensa).
    Eco al menos está dispuesto a admitir que los medios de comunicación tienen sus pros y sus contras, aunque su visión de los medios, como suele suceder en el ambiente académico, peca de simplista y de obsoleta. Una de las cosas que plantea en el libro son las consecuencias y posibles beneficios de la homogeneización del gusto. El problema es que la tal homogeneización fue un fenómeno pasajero, correspondiente a una etapa de los medios donde la distribución estaba centralizada. Con la proliferación de canales de televisión de paga, revistas especializadas y por supuesto internet la tendencia de los medios es en sentido contrario al que señalan Eco y otros críticos. Lo que estamos viendo es la creación de programas y publicaciones de nicho. La televisión abierta, por ejemplo, ya es poco menos que un tianguis para alcanzar a los estratos más bajos de la población, los que no pueden darse el lujo de pagar cable, un sector que a los publicistas no les interesa demasiado.

    Ahora bien, tampoco hay que pensar que internet es la solución para todos los problemas sociales, como lo plantean otros académicos, por ejemplo Henry Jenkins (en sus libros y su blog Confessions of an Aca-Fan: http://www.henryjenkins.org). Algunos ya hablan de cómo Twitter nos llevará a la Democracia 2.0, con los internautas del mundo decidiendo sobre cuestiones ecológicas y de derechos humanos a través de un teclado. Eso me suena igual de improbable.

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