Pink Flamingos
El mal gusto como una de las bellas artes.
Por Rodrigo Vidal Tamayo
1. Categorizando Pink Flamingos.
Si tomamos en cuenta la traducción literal de gore -sanguaza- y las características estéticas que han delimitado al género dentro del cine -sangre, vísceras, sangre, sudor sexual, sangre, asesinatos, sangre, sufrimiento del débil, sangre, tortura, y por supuesto, sangre en abundancia- Pink Flamingos no es una película que pertenezca a la corriente apadrinada por Herschell Gordon Lewis, pues a pesar de contener escenas violentas y/o pornográficas, éstas no son el eje visual o temático de la película, más bien son herramientas que le ayudan al director a comunicar su mensaje netamente subversivo y a apoyarse en el impacto que pueden causar con el fin de obtener una publicidad basada en la polémica.
Pink Flamingos viene siendo la obra cumbre de otros dos subgéneros cinematográficos. Por un lado entra de lleno en el trash -que más que ser cine basura es un cine que muestra los desperdicios de la sociedad ante el espectador-, y por otro inaugura el escatológico. Para definir éste último es necesario remitirnos a las etimologías de la palabra, y lo digo en plural porque este término puede definirse en términos del griego skatós, que significa hez. Así, la escatología podría ser el estudio de los excrementos, situación que metafóricamente hablando podría aludir tanto al deshecho corporal como al social.

Pero otro término también griego, éskahtos, significa lo último. Así, tratando de unir ambos términos podríamos inferir que los deshechos corpóreos, la basura, los desperdicios, las sobras y los remanentes de cualquier actividad que ya no pueden gozar de una utilidad definida o socialmente aceptable pasan a ser lo último, el desperdicio, lo que nadie desea poseer, admitir como propio o ni siquiera observar. De esta manera, la escatología puede definirse como el estudio o filosofía del desperdicio, un estudio que requiere de una gran dosis de valentía y una gran resistencia estomacal para adentrarse en los territorios de lo indeseable, lo deyecto y lo repulsivo, casi rayando en lo profano, porque nadie ve con buenos ojos que uno manosee su propia mierda, mucho menos la de otros.
2. John Waters’ Closet.
Toda la obra filmográfica de John Waters está caracterizada por una carga crítica hacia lo que él considera lo deleznable dentro de la sociedad, sobretodo en lo referente a la moral y las buenas costumbres, sin olvidar el conformismo y la existencia de prejuicios en su país. Esto último es quizá el rasgo más notable de toda su obra y el único que siempre aparece en cada una de sus películas, aunque sea simplemente de manera metafórica. Lo anterior no es de extrañar, pues al pertenecer él mismo a una minoría – la de los homosexuales-, ha vivido en carne propia las vejaciones de todo aquel marcado como diferente.

Pero siendo poseedor de una irreverencia encantadora, Waters ha sabido encontrar una manera de atacar, y al mismo que tiempo de burlarse, de los viejos conceptos que impiden el crecimiento de una sociedad multidiversa. Tan es así que de no haber sido por su liviandad jamás hubiéramos conocido y amado a Divine, obeso travestido cuyo carisma lo mismo le daba para interpretar a una apesadumbrada madre que a la persona más repulsiva del mundo.
El impacto de la subcultura gay que Waters ha fabricado ha permeado a otras capas de la sociedad, convirtiéndolo es todo un icono, no digamos homosexual, más bien nacional. Por ejemplo, en su natal Baltimore, ciudad más aburrida que domingo en provincia (de hecho todos los días son como domingo en provincia ahí), han dedicado el 7 de febrero a honrar la memoria del todavía activo director, nombrándolo el día oficial de John Waters.
Es más, la aceptación de su persona se encuentra perfectamente dibujada en el capítulo de Los Simpson titulado La fobia de Homero, en el que Waters participa en animación y voz, promoviendo los derechos homosexuales al mismo tiempo que defiende la belleza inocente de lo camp. El hecho de aparecer en el único programa que ha sabido analizar a profundidad la cultura gringa no hace más que reafirmar el estatus de personaje popular, en toda la extensión de la palabra, del director de Pink Flamingos.

3. Flamencos rosados y el estómago de Divine.
En 1972 los Estados Podridos de América se encontraban en una resaca sociocultural, tratando de olvidar el fiasco de Vietnam y de enterrar la vergüenza hippie. De hecho, muchos ex hippies se estaban convirtiendo en magnates al mercantilizar productos salidos de sus andanadas psicodélicas floropoderosas, olvidando que todo lo que necesitaban era amor; los afroamericanos seguían sin decidir si se integraban de lleno a la cultura gringa o si asaltaban sus raíces y creaban una imagen pseudoafricana-islámica; y el rock and roll no sabía si orientarse hacia el eterno aburrimiento del progresivo o decantarse por lo redituable del glamour.
Es en este año, perteneciente a una década que se caracterizó una extraña tolerancia cultural, que John Waters estrena lo que hasta hoy se considera la película más repulsiva de todos los tiempos. Repulsiva tanto en el sentido estético como en el crítico pues Pink Flamingos muestra, en apenas hora y media, una gama de perversiones sexuales, mentales y físicas, que complace hasta al Marqués de Sade más obseso.

Divine, quien como lo indica su nombre tiene una actuación divina, demuestra porque se convirtió en la actriz (¿actor?) fetiche de Waters al entregar una caracterización tan memorable como tremenda, llegando incluso a culminar la cinta con la primera escena de coprofagia filmada en celuloide. Sin caca de utilería, sin cortes y sí con un poquitín de asco, Divine, al mismo tiempo que consume el excremento de un perro, fabrica el primer manifiesto de la escatología como ciencia universal (entendiéndose con este término una conjunción lógica, semántica y conceptual de ciencia natural y social), un manifiesto no de palabras sino de hechos que ya hubieran querido lograra los surrealistas o los comunistas, llevando a su personaje a extremos tan realistas como inalcanzables. Huelga decir que Divine jamás volvió a ser el mismo (¿la misma?): las infecciones gastrointestinales lo aquejaron hasta el día de su muerte a destiempo.
Pero igual de grotesco, o quizá más, es la escena que únicamente nombraré como la de el “guiño”. El actor que la interpreta es una muestra de lo interesante que debe ser la vida de John Waters y es al mismo tiempo una imagen atractiva, debido sin duda alguna a la sobresaliente capacidad anal del individuo en cuestión, como una verdadera mentada de madre al stablishment gringo. Con esta escena Waters demuestra que no tiene tapujos para mostrar lo que piensa y si su pensamiento puede ofender, a la vez que causar admiración, entonces se cierra el cír-culo.

Pero interpretar a Pink Flamingos como una mera colección de imágenes impactantemente morbosas sería caer en un reduccionismo absurdo. Reduccionismo que impediría entender la película como una metáfora del pensamiento liberal estadounidense de esos años, en el que pelear por ser la persona más repulsiva del mundo -objetivo de los personajes de la cinta- recuerda a la carrera idiota entre estado, religión, ejército y sociedad civil por demostrar quien comete más estupideces al censurar, prohibir, minimizar e impedir el desarrollo de expresiones propias de la naturaleza humana. La escena coprofágica se convierte entonces en un manifiesto por la libertad del individuo, una libertad total en la que incluso el derecho a tragar mierda se vuelve una necesidad básica, además de ser obscenamente hermosa.
Como dato curioso, este filme contiene muchos elementos del realismo mágico al contener elementos fantásticos que los personajes perciben como normales. Esto explica algunas escenas que parecieran surrealistas pero que no son más que una presencia de lo paranormal como parte de la percepción de la realidad.

Como punto final sólo resta decir que Pink Flamingos sentó las bases de lo que a la postre se llamaría cine gore, al dotar al cine de a) una estética de lo grotesco, b) la posibilidad de poner en pantalla las escenas más extremas y c) disfrazar un discurso crítico y transgresor con imágenes escatológicas para producir un choque que saque al espectador del aletargamiento que la vida rutinaria exige. Pink Flamingos no será una cinta gore pero sin ella no habría existiría el cine de carne y sangre.
PINK FLAMINGOS
Dirección, Guión, Producción, Fotografía y Edición: John Waters; Con: Divine (Divine / Babs Johnson), David Lochary (Raymond Marble), Mary Vivian Pearce (Cotton), Mink Stole (Connie Marble), Danny Mills (Crackers), Edith Massey (Edie), Channing Wilroy (Channing) Cookie Mueller (Cookie)
Estados Unidos, 1972. 93 min. (versión original) / 108 min. (reestreno en 1997)
Cinefagia en Facebook
Hablando de John Waters ¿han visto John Waters Presents Movies That Will Corrupt You? Fue una serie de 13 capitulos donde Waters presentaba una selección de sus peliculas favoritas de todos los tiempos. Está desde Fuego de Armando Bo hasta cosas más obvias como Irreversible.
Lo que me gusta es el fervor y el gusto que le imprime Waters a cada presentación.
Aquí el link con las 13 introducciones: http://www.youtube.com/view_play_list?p=4AF28230E2397524&search_query=john+waters+presents+movies+that+corrupt+you