Les Films Interdits des Maisons Closes. Las películas prohibidas de los burdeles de París.
Por Marco González Ambriz
En la primera mitad del siglo XX los burdeles parisinos gozaban de fama mundial. Establecimientos como el Chabanais o el One-Two-Two, donde cada habitación estaba decorada con un estilo diferente -japonés, hindú, Luis XVI, etc.-, fueron visitados por personajes tan famosos como Ernest Hemingway, Pablo Picasso o Charlie Chaplin, por no mencionar a los cientos de funcionarios y jefes de estado que desflemaron ahí el cuaresmeño. La diversión duró hasta 1946, cuando el gobierno de De Gaulle ordenó el cierre de todos los burdeles, algo que se debió en buena parte a que los invasores Nazis los reservaron para su uso particular durante el régimen de Vichy.
Un atractivo adicional de estas casas de putas eran las películas pornográficas que ahí se exhibían. Este tipo de cintas han existido desde que se inventó el cine. Después de todo, como explicara alguna vez el director italiano Aristide Massaccesi (mejor conocido como Joe D’Amato), ningún otro género cinematográfico es tan fácil de producir: sólo se necesita una cámara, algunos voluntarios y un colchón. Se sabe que ya desde la primera década del siglo XX varios individuos emprendedores, sobre todo los que vivían en ciudades famosas por sus “atractivos turísticos”, como Tijuana o Kansas City, habían filmado todo tipo de obscenidades, desde chicas en poses sugestivas hasta orgías desenfrenadas que involucraban perros y caballos.
El dramaturgo Eugene O’Neill, quien durante su juventud trabajó como marinero, relataba cómo en Buenos Aires, por ahí de 1910, asistió a lo que entonces se conocía como “función secreta”. En una barraca se había improvisado una sala de cine donde el público pudo ver una serie de cortos que mostraban la gama entera de actividades que estarían prohibidas en las pantallas comerciales de todo el mundo hasta 1967. Recuerden esto la próxima vez que alguien les hable sobre la pérdida de valores de nuestra generación.

- La Grande Bagarre
Estas películas, llamadas “stags” o “smokers” en inglés (entre muchos otros apelativos), eran absolutamente ilegales y las personas que los filmaban o estelarizaban se arriesgaban a terminar en la cárcel. Hay que recordar que en esa época el sexo oral era considerado una abominación tan grande como lo sería hoy en día la zoofilia, por ejemplo, por lo que las personas fotografiadas en esos trances llegaban a extremos que nos pueden parecer ridículos con tal de ocultar su identidad. Abundan los stags donde los actores se preocupan más por evitar que se les caiga el bigote postizo que por darle fuego a las actrices. Si en pleno siglo XXI los y las pornstars siguen usando nombres como Tommy Gunn o Adrenalynn es comprensible que los de décadas anteriores prefirieran llamarse Dick Hard o Lotte Jizz.
La clandestinidad de los stags daría pie a los mismos mitos que se repiten actualmente sobre los videos XXX: que si el crimen organizado, que si los protagonistas son drogadictos y prostitutas, que si los productores secuestran a inocentes doncellas y las obligan a punta de pistola a chupar la ídem de una ídem, etc. Los testimonios de los hombres y mujeres que hicieron estas películas apuntan a una realidad más prosaica. Sus motivos para hacerlo eran más o menos los mismos de los actores porno de nuestros días: unos por dinero, otros por curiosidad, algunos por la emoción de participar en algo prohibido. Los rodajes, entonces como ahora, eran menos excitantes de lo que muchos se imaginan. Resulta difícil disfrutar el acto en presencia de varias personas, cuando el director se la pasa dándote instrucciones (“baja la pierna”, “no te rías, se supone que te están violando”, “¡échenle ganas!”) y cuando hay que hacer una pausa cada dos minutos para que el camarógrafo pueda cambiar de ángulo.
Por lo antes señalado es muy difícil establecer si los stags que sobrevivieron el paso de los años realmente corresponden a la época y al país que se les atribuye. Se sabe que se filmaron miles de películas pornográficas en lugares tan distintos como Alemania, Suecia, Argentina, Cuba, México o Estados Unidos. Muchas de estas deben haber sido producciones locales, para consumo exclusivo de la zona roja más cercana, pero otras seguramente cruzaron las fronteras y fueron a parar a manos de coleccionistas y comerciantes de otros continentes. Las notas de la recopilación que ahora nos ocupa, Les Films Interdits de Maisons Closes, aseguran que los cortometrajes ahí contenidos fueron hechos en Francia en la década de 1920, pero es probable que al menos uno se haya filmado en Berlín, importante centro de producción de material erótico durante la República de Weimar, si no es que en La Habana o San Francisco. A menos que alguien invente una máquina del tiempo, y quiera usarla para investigar un asunto tan escabroso, es imposible determinar si estas películas eran las que servían de entreacto en sitios como el Chabanais y el One-Two-Two.

- Le Godemiché
Independientemente de su origen, Les Films Interdits de Maisons Closes ejemplifica varias características de los stags. Una de ellas es la corta duración de las películas, de unos diez minutos como máximo. En un lapso semejante había que desnudar a los actores lo más rápido posible, por lo que las situaciones con frecuencia son muy básicas y muchas se siguen repitiendo hasta la fecha: el plomero, el dentista, el violador. Como los stags eran mudos y casi nunca tenían intertítulos a veces es difícil comprender la trama. La Grande Bagarre (“La gran pelea”) muestra a un par de chicas en el campo. Alguien se acerca por lo que una de ellas se esconde. Al parecer el intruso es un conocido de la otra chica, o en todo caso ella es más fácil que la tabla del uno, ya que sin perder tiempo se acuestan en el pasto y realizan los movimientos apropiados. La otra los espía tras unos arbustos y se excita tanto que se masturba ahí mismo. Una vez terminada la faena la pareja se dispone a marcharse cuando se tropieza con la mirona. Se suscita una pelea donde las dos féminas se jalonean la ropa, lo que ahora se llamaría catfight, hasta que el hombre interviene y todos hacen las paces con un ménage à trois.
Otro rasgo distintivo de La Grande Bagarre es que en términos de gramática cinematográfica es muy primitiva. Los jump cuts y los brincos de eje son constantes debido a que el camarógrafo estaba más interesado en captar todos los detalles que en seguir los lineamientos de la narrativa tradicional. Ya bastante difícil era lograr que dos o más personas retozaran frente a una cámara para además preocuparse por la regla de los 180 grados. La secuencia a la que el porno moderno nos tiene acostumbrados -estimulación oral, varias posiciones, final feliz- tampoco se respeta en los stags, que además frecuentemente eran reeditados para darle gato por liebre al espectador, algo que los productores actuales siguen haciendo con las recopilaciones. Por eso cuando a una actriz porno le preguntan cuántas películas ha hecho no puede contestar, ella puede haber hecho cincuenta y luego los productores retoman las escenas para hacer otros tantos videos.
Los títulos de los stags pueden ser engañosos. En Trío, por ejemplo, dos mujeres que están en un bar empiezan a quitarse la ropa, por lo que el cantinero sale de atrás de la barra para reconvenirlas. De pronto se olvida de las buenas maneras y empieza a estimular oralmente a la que ya estaba desnuda. Cuando su amiga se acerca el cantinero se olvida de la primera chica para atenderla. En este caso el trío no se materializa ya que una de las mujeres sólo participa como almohada. Igual de confusa es la acción en Le Godemiché (“El consolador”), donde un par de lesbianas se hacen arrumacos hasta que una de ellas saca un dildo y, a la manera de los videos que hoy se conocen como strap-ons, se lo ata a la cintura para satisfacer a su amiga. Estos dos cortos duran apenas tres minutos, lo que también explica lo rudimentario de la narración.

- Monsieur est servi
Quienes crean que la categoría “MILF interracial” es algo nuevo se llevarán una sorpresa con Le Chauffeur de ses Dames (“El chofer de las señoras”, aunque también se podría entender como “El calentador de las señoras”). En este corto vemos a dos mujeres ya maduras que se pasean con poca ropa en un cuarto hasta que notan que alguien las espía. Es un negro, si le hacemos caso al título debe ser su chofer, al que invitan a acompañarlas. Se desnudan y, en un ejemplo de cómo en los stags todo era improvisado, voltean a ver a la cámara esperando las instrucciones del director. Se acuestan en la cama y de nueva cuenta hacen una pausa para que les digan qué hacer. Lo que sigue es más frenético. Hay cambios de posición, 69 en posición vertical con riesgo de que el negro tire al piso a su compañera, una eyaculación a la mitad del corto y sobre todo mucha felicidad por parte de los actores, que no dejan de sonreír mientras miran al camarógrafo.
Los stags contenían todos los actos sexuales del porno moderno pero algunos eran poco frecuentes. El sexo anal, y en especial la doble penetración, es algo poco común en estas películas. Es probable que para los espectadores de aquel entonces fuera suficiente con comprobar que las mujeres eran igual de cachondas que los hombres. En Solitude (“Soledad”) vemos a una mujer acostada en su cama que evidentemente no tiene quien calme su ardor, a pesar de tener buen cuerpo. Dispone de un consolador pero apenas y lo usa antes de cerrar los ojos. No está claro si lo que sigue es un sueño, pero aparece un tipo que le pone el pene en la boca y luego se acomoda para penetrarla. En eso están cuando aparece otro hombre a la que ella también atiende. Cuando cambian de posición el corto termina.
En algunos casos se puede reconocer a la misma actriz en diferentes stags, como en Monsieur est Servi (“El señor está servido”) y Mademoiselle Prend Son Bain (“La señora toma un baño”). En el primero el patrón aprovecha que la mucama le está llevando el desayuno a la cama para jalonearla. Al principio ella se resiste pero muy pronto da a entender que en realidad no le molesta. La sirvienta resulta insaciable. Cuando el patrón lo único que quiere es volverse a dormir ella insiste para que vuelvan a echarse un brinco, y luego otro, hasta que él le da a entender que no puede más. Calistenia de otra índole puede verse en Mademoiselle Prend Son Bain, un corto donde sólo vemos a la actriz desnuda, haciendo ejercicios y bañándose en la tina.

- Miss Dynamite
La mayoría de las mujeres que salen en Les Films Interdits de Maisons Closes, con excepción de Solitude, podrían describirse como “aceptables”. A la hora de seleccionar a sus repartos los productores de stags debían anteponer el entusiasmo al atractivo físico. En las condiciones que se hacían estas películas no sorprende que sea difícil encontrar actrices que puedan rivalizar con Nina Mercedez, Gianna Michaels o Sasha Grey. Por eso llama la atención la protagonista de los dos cortos con los que concluye esta compilación. En Miss Dynamite vemos a una chica que se retuerce sentada en una silla, cuando se abre la toma y ella se levanta el vestido descubrimos la causa de su inquietud: hay un tipo hincado en el suelo lamiéndole la entrepierna. De ahí se dirigen a la cama, donde el vestido desaparece revelando una pechonalidad que despertaría el interés del mismísimo Russ Meyer. El suertudo acompañante de la muchacha le afeita el vello púbico y luego continúa con el cunnilingus, ella le devuelve el favor y a esto le sigue una masturbación mutua.
Desde principios del siglo XX los camarógrafos sabían que la posición de misionero es poco recomendable porque no se ve nada. Por desgracia esto lo ignoraba el responsable de Miss Dynamite, por lo que cuando la pareja finalmente le pone no se aprecia la acción. El corto concluye con la chica orinando en un balde, y es que en esa época la urofilia estaba más extendida que ahora. El otro corto donde sale esta actriz, Au Suivant! (“¡El que sigue!”), es más convencional. Consiste en una serie de posiciones, manoseos y lengüetazos que sólo se distinguen de su versión moderna por estar en blanco y negro. El único elemento curioso de Au Suivant! es que el hombre nunca se quita los calcetines negros, aunque tomando en cuenta a su escultural compañera este olvido es comprensible. No hay duda que la actriz de Miss Dyamite y Au Suivant! sería una estrella en el panorama porno actual. Además de ser tetona y bonita, la chica se desenvuelve con una naturalidad que con frecuencia se les olvida a las pornstars del siglo XXI.
Como ocurrió también con un alto porcentaje del cine “normal” que se hizo en las primeras décadas del siglo anterior, la mayoría de los stags se han perdido. No obstante, sobrevive una cantidad suficiente para comprobar que los actos sexuales que nos escandalizan o nos enorgullecen, según sea el caso, son tan antiguos como la humanidad. La anatomía de los hombres y mujeres que vivieron hace miles de años les permitían las mismas combinaciones que se exhiben en los videos porno estrenados la semana pasada. No está de más recordarlo para evitar caer en la trampa de sentirnos más audaces o degenerados que las generaciones anteriores. El hecho de haber nacido a finales del siglo XX no nos hace más inteligentes, más creativos o más libidinosos que la gente que vivió hace cien o doscientos años.
Cinefagia en Facebook
Interesante artículo, que menciono en mi blog, (8-12-098. 12:00) a raíz de una fotografía que me han enviado de la exposición de París sobre las Maison Closes. Saludos cordiales.