Sacred Flesh

Por José Luis Ortega Torres
Una de las tantas fantasías del macho cabrío en sempiterna búsqueda de aventuras sexosas es la seducción de doncellas que entreguen su preciado “tesorito” en una primera vez atiborrada de gritos y jadeos. Un paso más allá de esto, viene la idea de convertirse en el travieso fauno que robe la virtud moral y sexual de las doncellas puras por naturaleza, las monjas, porque además siempre se tiene la idea de que éstas esconden placeres sin límite debajo de sus pesados hábitos.
Se cree que la carne de las monjas es blanca y pura al estar consagrada a la vida contemplativa y mística, por lo que arrancarle un orgasmo y sumir sus cuerpos en perpetuos mares de corrientes calurosas y todo tipo de saladas secreciones se convirtió, en los terrenos de la cinematografía exploited, en una fijación. De ahí que surgiera el subgénero conocido como nunsploitation.

Monjas cachondas siempre dispuestas a olvidar sus bodas con Cristo y entregarse en la intimidad de sus celdas a toquetearse solas y entre ellas para arrancarle a sus cuerpos torrentes de placer que brindaron, desde mediados de la década de los setenta, horas de placer onanista a una caterva de cinéfagos ávidos de un aperitivo de carne sagrada, sin importarle demasiado si ésta era proveída por cineastas europeos de ciertos alcances autorales como Walerian Borowczyk y su Interno di un convento (1978), basado en el original literario de Stendhal; o artesanos del cine popular mexicano como Gilberto Martínez Solares quien, con Satánico Pandemonium, conoció su mayor éxito internacional.
En medio de estos dos puntos existen varios ejemplos de nunsploitation que van de mayor a menor calidad, tanto en lo fílmico como en lo meramente cárnico. Dentro de este último grupo puede situarse Sacred Flesh, película del año 2000 procedente de Inglaterra y dirigida por Nigel Wingrove, en cuyo descargo habremos de aceptar que nos muestra un buen puñado de mujeres disfrazadas de reverendas que tienen como rasgo en común un 34DD de personalidad… como mínimo.

Realizada en video digital, Sacred Flesh promete más de lo que en realidad cumple, pues si bien la secuencia de créditos inicial es de sobrada calidad y ambientación gótica que lo acerca más a la imaginería del black metal british de Cradle of Filth, la película evidencia su pobreza de medios al desarrollarse en un par de locaciones exteriores en un bosque y en una mansión de corte medieval que se lee en los créditos como Knebworth House, lugar donde se sitúa el convento donde la hermana Elizabeth, madre superiora de la orden al servicio de la imagen de María Magdalena.
Sacred Flesh parte de una premisa interesante al desmitificar, cinematográficamente hablando, la imagen de María Magdalena como la arrepentida en la cual Jesucristo soporta su iglesia (imagen muy difundida gracias a esa patraña fílmico literaria que es el Código DaVinci) para presentarla, en cambio, como la gran puta que se encarga de tentar a la hermana Elizabeth al decirle que tanta búsqueda de la pureza es algo innatural. La madre superiora no soporta más los “calores” y se sumerge en visiones donde María Magdalena, un súcubo verde más bien ridículo y el espectro de una moja descarnada la confrontan a su más íntimo temor: ofender a su amado esposo sucumbiendo a la tentación sexual.

Para ello, la gran meretriz sostiene largos diálogos con la hermana, en un espacio que se supone es el limbo y que no es otra cosa que un escenario fijo donde un fondo animado por computadora lo hace ver como un videohome de muy baja calidad, tanto como las propias actuaciones de un puñado de personajes secundarios que salen sobrando, como la mediocre historia de Richard, un caballerango al servicio del padre Henry y una doméstica del convento, con quien comienza a corretear por los bosques sin llegar a nada. Uno, voyeur cachondo, esperaría entre ellos alguna escena porno-soft, pero no, todo el tiempo dedicado a sus escenas es para ver como ríen y se tiran (en el sentido más aburrido del termino) sobre el pasto.
Aún a pesar de que el mentado padre Henry es llamado por la abadesa del convento para auxiliar a la madre superiora; éste, en un alarde de sentido común, afirma que no se trata de ninguna posesión, sino de simple y pura histeria provocada por esa insana manía de permanecer puras hasta el final de sus días, resumiendo su teoría en la línea más interesante de toda la cinta: “la virginidad incontrolada es igual de peligrosa que la sexualidad desenfrenada”.

Así, en medio de diálogos que se pretenden de profunda retórica canónica, él y la abadesa se la pasan caminado por los jardines del convento mientras que la madre superiora es presa de las visiones que dan sentido a una película que, en sus apenas 72 minutos de duración, deja ver unas cuantas escenas de lascivia que van desde los toqueteos inmorales de la hermana Sara, primera en el convento que sucumbió a la tentación, y hasta los más elevados momentos lésbicos entre las monjas Mary y Helena, quienes encontraron en el suplicio de la flagelación crística el placer sadomasoquista.
Escenas que nos alejan por completo de los alardes del citado Borowczyk a cambio de una estética más propia de los canales de televisión de paga softcore. Ni que reclamar, porque eso sí, las orondas rubias orean y soban con deleite el desfile de suaves tetas, traseros perfectos y pubis delicadamente rasurados que nos muestran la evidente explotación genérica cercana al porno y que nos aleja por completo de las imágenes de suciedad menstrual que durante meses las enclaustradas soportaban en sus vestimentas íntimas y que sí es retratada con mayor precisión histórica en filmes emparentados al género, como por ejemplo, Alucarda.

“El hábito no hace al monje”. Frase nunca mejor aplicada, de ahí que despojadas de las túnicas, las jóvenes hermanas le den vuelo a la hilacha en escenas que dan pie hasta a la portada del DVD, donde una de estas suculentas monjas es crucificada como un último esfuerzo del director Wingrove por escandalizar más con sus provocaciones que se pretenden ateas, que con un género erótico cuyas posibilidades no son aprovechadas en el planteamiento del discurso, dejando a esta Sacred Flesh en un intento vacuo, donde lo único rescatable son las escenas de tortilleo que, sin duda, también resultarán muy pobres para aquellos cinéfagos chaqueteros habituados a los DVD de John Stagliano “Buttman”, quien ya ha presentado audaces escenas triple X en algunos de sus títulos hardcore con estrellas del género disfrazadas de religiosas.
SACRED FLESH
Dirección y Guión: Nigel Wingrove; Producción: Louise Ross; Fotografía: Chris Herd, James MacDonald, Geoff Mills; Música: Steve Pittis; Edición: Chris Shaw, Jake West; Con: Sally Tremaine (Hermana Elizabeth, la madre superiora), Moyna Cope (Abadesa), Simon Hill (Padre Henry), Kristina Bill (María Magdalena), Daisy Weston (Hermana Brigitte), Hannah Callow (Hermana Helena), Amanda Dawkins (Hermana Mary), Majella Shepherd (Novicia Catherine), Cindy Read (Cristo femenino), Laura Plair (Súcubo).
Gran Bretaña, 2000 - 75 min.
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