Revista Cinefagia

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En el país de los cinéfilos, el cinéfago es rey

Enemigos públicos (Public Enemies)

Por José Luis Ortega Torres

public-01La figura del “fugitivo de la ley” se ha convertido, con el paso de los años, en una marca registrada que el cine de los Estados Unidos ha sabido explotar. Gracias al culto popular es que las vidas de hombres (y algunas mujeres) con cuentas pendientes ante la justicia han ganado cierto aire romántico más propio de las novelas rosas que de las descarnadas -pero reales- noticias de la sección roja de los periódicos. Así, la leyenda de Bonnie & Clyde es, ante todo, una historia de amor; Billy the Kid un simpático muchacho atrabancado y John Dillinger un carismático asalta bancos de buen corazón que atraca a las instituciones, no a los cuenta habientes.

Public Enemies es la nueva obra Michael Mann, cineasta que ya nos tiene acostumbrados a largas y ambiciosas producciones donde sus personajes siempre se encuentran de frente a decisiones de indudable peso moral que definen sus acciones. Individuos de una sola pieza que, ante todo, tienen en su hombría la carta de validación para las motivaciones que rigen sus destinos. No importa si estos personajes beben de fuentes literarias como el Hawkeye de El último de los mohicanos, si se basan en personajes reales como el científico Jeffrey Wigad de El informante -hombrecito a quien le dio por agarrarse con Sansón a las patadas desafiando el poder de las omnipresentes tabacaleras-; el taxista convertido en Caronte que lleva al portador de la muerte en el asiento de atrás, en Colateral; o aún si se trata de una personalidad arrolladora como el campeón de box Cassius Clay/Muhammad Ali.

Técnicas de cine documental

Técnicas de cine documental

Acostumbrado al manejo de personajes de indudables principios, Mann asume ahora la dirección de una parcial biografía de uno de los hombres más buscados de los Estados Unidos durante el inicio de la década de 1930, el asaltante de bancos John Dillinger. La parcialidad de la biografía es ya una elección moral del director al presentar a un asaltante consumado, una leyenda en sí mismo que es capaz de acaparar la mirada de las mujeres que lo rodean en los restaurantes -obviando, por común, su inicio como ladrón de tiendas y primer encarcelamiento, evitando así el riesgo de la desmitificación-; un hombre convertido ya en algo más que un simple delincuente: él es la suma de la criminalidad convertida en fenómeno de medios y, paradójicamente, ensalzado por la propia justicia, cuya ineficacia para su arresto se vio expuesta en más de una ocasión, por lo cual no les quedó más remedio que “etiquetarlo” por encima de la media, John Dillinger se convirtió en el “Enemigo público número uno”, en palabras del burócrata J. Edgar Hoover, aquí desacreditado dirigente del FBI que hasta entonces jamás había capturado personalmente a ningún delincuente.

Quién mejor para darle rostro a una leyenda del imaginario colectivo criminal que una leyenda viva del imaginario fílmico: Johnny Depp, habitual ya a entregar personajes camaleónicos y tridimensionales, arrumbando por completo tanto la estrafalaria vestimenta como los tics recurrentes que hicieron de Jack Sparrow uno de los personajes más importantes del cine de aventuras contemporáneos, a cambio de una caracterización pulcra para construir un dandy de los años treinta capaz de hacer que la atractiva guardarropa de restorán Billie Frechette caiga enamorada de él. Registro actoral de variopintos matices que van del doloroso romanticismo de un llanto ahogado por la detención de ella, hasta la fiereza de evitar su asesinato, momentáneamente, con tan sólo una mirada sobre un atemorizado agente del FBI que idealizó su imagen como la un ser superior que le cobrará la cuenta de haber golpeado a Billie.

El arresto de Billie

El arresto de Billie

Sin embargo, por sensiblero o disparatado que esto parezca, Michael Mann respeta la iconografía del personaje real, acercando lo más posible a su actor a la personificación del joven Dillinger -quien murió a los 31 años de edad, es decir, 15 años más joven de los que actualmente tiene Depp-, todo un  ”rockstar” idealizado por la prensa y capaz de conseguir cierta simpatía en la opinión pública, la que se enganchó con su avasalladora personalidad y con el hecho de respetar la vida de civiles, llegando a ser para algún sector -el más vapuleado por la crisis del 29- una especie de bandolero justiciero, incrementando aún más su popularidad por encima de una todavía inexperta FBI.

Cinematográficamente hablando, Mann consigue llevar la película a altos grados de contundencia creando una obra que respeta el tono de veracidad por medio de propuestas estéticas que van desde una apabullante cámara en mano que sigue casi hombro con hombro escenas de acción, como el primario escape de la penitenciaria de la banda de Dilllinger -situando a espectador casi en medio del fuego cruzado-, hasta el manejo de la textura de una fotografía en tonos amarillos y naranjas que acrecientan la pesadez del ambiente en que se mueve el personaje, casi siempre en espacios abiertos pero que, dada su condición de fugitivo, se convierten en sofocantes esferas de tensión.

El carisma como arma

El carisma como arma

Motivos que dotan de una efectiva ambientación que eleva, por momentos, a Enemigos públicos a los tonos del cine documental, apoyándose también en técnicas propias de este género, como la ya mencionada cámara móvil, o bien el administrado recurso del grano reventado que nos señala que toda la secuencia final de la película es, prácticamente, un calco de la muerte real del asaltabancos a la salida del Biograph Theater de Chicago, la noche del 22 de julio de 1934, donde se  proyectaba Manhattan Melodrama, película de gángsters estelarizada por Clarke Gable, detalle que utiliza Michael Mann para establecer vasos comunicantes entre el discurso de Blackie Gallagher, el personaje de Gable, un mafioso que se emparienta con Depp/Dillinger en dos distintos niveles: el básico de la película, sentenciando el destino final del antihéroe, la muerte, como única expiación que lo llevará instantáneamente al panteón de los iconos populares yankis, y un segundo: aquél que empata por medio del plano y contraplano los close up de Clark Gable y Johnny Depp como dos monstruos de la cinematografía hollywoodense, equivalentes uno del otro dentro de su propia generación. ¿Arriesgado? Sin duda, como todo el cine de Michael Mann, pero también muy acertado.

ENEMIGOS PÚBLICOS

(Public Enemies)

Dirección: Michael Mann; Guión: Ronan Bennett, Michael Mann y Ann Biderman, basados en el libro Public Enemies: America’s Greatest Crime Wave and the Birth of the FBI, 1933-34 de Bryan Burrough; Producción: Michael Mann, Kevin Misher, Bryan H. Carroll, Gusmano Cesaretti, Kevin De La Noy; Fotografía: Dante Spinotti; Música: Elliot Goldenthal; Edición: Jeffrey Ford, Paul Rubell; Con: Johnny Depp (John Dillinger), Christian Bale (Melvin Purvis), Marion Cotillard (Billie Frechette), Billy Crudup (J. Edgar Hoover), Jason Clarke (John “Red” Hamilton), Giovanni Ribisi (Alvin Karpis), Bill Camp (Frank Nitti), Stephen Graham (Baby Face Nelson).

Estados Unidos, 2009.    140 min.

Participaciones: Festival de Cine de Los Ángeles. Westwood Village, Estados Unidos 2009; Festival Internacional de Cine de Karlovy Vary. República Checa 2009.

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3 Comments

  1. José Luís

    Te diré… la había esperado con tanta ansiedad, que quizá eso influyó en que me sintiera ligeramente decepcionada… aunque sí me gustó. Visualmente es fascinante; esa escena de la balacera nocturna en el bosque… uff el manejo de la cámara; el juego de luz/oscuridad es genial, con esos tonos que parecen color azul marino. Sin embargo, siento y puedo estar equivocada, que hay algo flojo en el guión: se supone que Dallinguer era un tipo súper brillante, pero francamente la película no hace mucho honor a eso; brilla más fu cariz romántico -buena caracterización de Depp en esa escena que mencionas cuando llora ante la detención de su novia.. Como no he leído el libro, no sé si de plano en este también quedan poco visibles sus grandes hazañas como asalta bancos.

    Se me hizo una película de gánsteres, pero bastante romántica no?

    Lo que si no puedo aguantarme de decirte es que el Christian Bale está muy “tieso”; me parece un actor bastante inexpresivo, creo que no cambió nunca de expresión.

    Y me gustó la escena final, con la desconsolada novia/viuda llorando silenciosamente al escuchar las supuestas últimas palabras de su amado. Iguales de cursis… ella y yo

    Saludos para vos

  2. Les recomiento un documental sobre la vida y obra de Dillinger que se encuentra facilmente en Youtube.
    Este documento periodistico ayuda a generar una idea del porque del fenómeno mediatico y popular en el que se convirtio Dillinger.
    Saludos….

  3. Agradezco, hoy y siempre, la generosa ayuda de Satán… o de sus acólitos

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