La última casa a la izquierda / The Last House on the Left (1972)
…Ahora que el soso remake pasó sin pena de gloria,
es justo rescatar del olvido la obra original que,
si bien no es perfecta,
tiene el mérito de ser la primera. [N. del A.]
Por José Luis Ortega Torres
Wes Craven es bien conocido por las recientes generaciones de cinéfagos gracias al filme que resucitó el slasher film hollywoodense, Scream; todo un portento de reinterpretaciones y puestas al día del siempre afable subgénero de las cuchilladas. No es exagerado decir que el nombre y apellidos de Craven ya está en el panteón de los inmortales del cine de terror y no únicamente por esta película y la subsecuentes secuelas, sino también por ser el origen de la saga de Pesadilla en la calle del infierno y su entrañable Freddy Krueger.
Claro que si de orígenes hablamos, es justo citar The Last House on the Left no sólo como el filme original en la que se basa la actual Venganza en la casa del lago (2009) [producida por el propio Craven] sino también como uno de los filmes seminales del cine de terror contemporáneo, aquél que durante la década de los 70 se reinventó incorporando violencia explícita disfrazada de denuncia social e inconformidad juvenil en una etapa de la historia en que el ser joven era sinónimo de contestatario y rebelde, o lo que es lo mismo, de hippie y mariguano.
Craven, tras de filmar un documental sobre educación sexual y coquetear de vez en cuando con la producción de porno, se asocia con Sean S. Cunningham, quien bajo las órdenes de la Hallmark Releasing Corporation, deciden abandonar el mundo del orgasmo fílmico a cambio de abordar el de la violencia explícita. Craven venía pensando la idea de crear una versión salvaje de El Manantial de la Doncella, película dirigida en 1959 por Ingmar Bergman basada en una leyenda del siglo XIV que cuenta la tragedia de Karin, bellísima doncella hija de unos granjeros que se topa con tres hermanos pastores quienes mediante engaños logran violarla y asesinarla. El azar hace que los atacantes lleguen esa noche a casa de los padres de Karin, quienes al descubrir el crimen, toman una cruel venganza por su propia mano.

Con esta idea surge el guión de Night of Vengeance, que hubo de modificarse al ser rechazado por su exceso de violencia y sexualidad explícita, hasta que un segundo tratamiento es aceptado por la productora, iniciando sus filmaciones en 16mm, en la zona boscosa de West Port.
La película demuestra a un joven cineasta que acude a lugares comunes para mostrar rasgos de sus personajes: la joven y virginal Mary es presentada en la secuencia de créditos bañándose, mientras escuchamos de fondo una acaramelada melodía. Ambos recursos para recalcar la pureza de su personaje. Momentos después la vemos avisando a sus padres que irá con su amiga Philis a un concierto esa noche. Para mostrar a una familia perfectamente funcional el director hace que los padres se escandalicen por que su nena ha decidido no usar brasier y la blusa es transparente. Sin embargo deciden darle la libertad de sentirse mujer y le regalan antes de partir (es su cumpleaños) un pendiente con el emblemático símbolo de amor y paz de inicios de los setenta.

Una vez presentada la parte funcional de los personajes, nos enteramos de que una peligrosa banda de delincuentes ha escapado. Son dirigidos por Krug Stilow, un hombre tan malo, pero tan malo, que mató a dos monjas y un sacerdote. Lo acompañan su hijo ilegítimo, el tarado Junior Stilow, su amigo Fred Podowsky y una brutal lesbiana que responde al nombre de Sadie. Pronto descubrimos que viven para el crimen y que Krug ejerce una fuerte influencia sobre Junior, a quien domina completamente, pues siempre lo tiene idiotizado por el influjo de las drogas. Ya en el pueblo, Mary y su amiga deciden que son lo suficientemente grandes para probar marihuana y es así como por conseguir un poco de hierba, caen en manos de Junior, quien las lleva con su banda.
Su suerte está echada, serán presas de una jauría de animales que iniciaran violando a Philis ante la mirada desorbitada de Mary, que ya presiente su destino. Justo en esos momentos, los padres de ella le preparan una fiesta sorpresa mientras se besan y se llenan de arrumacos -debemos recordar que son un matrimonio funcional. Craven se decide aquí por presentar un montaje de secuencias paralelas que pone en la balanza las atrocidades de que son víctimas las jóvenes y las delicias de la familia norteamericana estándar.

A la mañana siguiente mientras escapan en auto con sus víctimas encajueladas aun vivas, discuten sobre cual es el crimen sexual más atroz de la historia, a lo que Sadie contesta que el perpetrado por Freud, quien ve en todas partes un símbolo fálico. El automóvil se descompone justo delante de la casa de Mary, pero los malhechores las conducen al bosque, donde son torturadas y humilladas salvajemente, e incluso son obligadas a desnudarse y tener sexo entre ellas mientras todos las observan complacidos, menos Junior, que a momentos se siente culpable.
Philis intenta escapar y mientras la persiguen, Mary trata de convencer a Junior de que las ayude y le regala el medallón de amor y paz que recibió de sus padres. Philis es atrapada, lentamente asesinada, eviscerada y mutilada. Cuando por fin Junior accede a ayudar a Mary son interceptados por Krug, que viola a la chica y la mata de un balazo por la espalda.

Si a lo largo de la cinta Craven no había logrado ni un sólo momento de tensión, se mantenía gracias a la desfachatez con que estaban realizadas las escenas de violencia, sobre todo por la facturación de cámara en mano, que como siempre en estos casos acentuaba la veracidad de lo mostrado en pantalla. No obstante, el director avienta todo por la ventana al insertar con calzador secuencias de una pareja de policías tontos que, con una serie de gags mal logrados, pretende dar un tono paródico de la ineficacia de los cuerpos policiacos reales. Denuncia mal lograda que da al traste con el resto del conjunto.
Volviendo con los detalles que nos interesan, el cuarteto obtiene refugio en casa de Mary, y como ya sabemos, serán descubiertos cuando la madre vea el medallón que porta Junior y que era de su hija. Al comentárselo a su marido, éste prepara una serie de trampas en la casa y ejecuta su venganza con singular brutalidad. La mamá se encarga de acabar con Fred por medio de una fellatio que culmina con una sangrienta castración que le realiza con los dientes y después degüella a Sadie. En tanto que su marido se enfrenta a Krug, quien primero obliga a suicidarse a Junior, para después morir a manos del padre ofendido que esgrime una sierra eléctrica.

Casi es innecesario señalar que Craven estaba por debajo y muy lejos de alcanzar siquiera en mínima parte los logros de Bergman. Lo que en el sueco es trascendencia, misticismo y un profundo sentimiento de culpa que permea a lo largo de toda la película en los rostros y actitudes de Ingerin y el menor de los hermanos pastores, en Craven se pierde por completo. Personajes villanescos que resultan caricaturas en estado de hilaridad perpetua ejerciendo la violencia como vínculo de comunicación entre ellos y la sociedad que les teme, y un grupo de buenas personas que intentan ser el modelo de good americans fácilmente escandalizables. Qué mejor muestra que el contraste entre las personalidades y motivaciones de sweet Mary y sadist Sadie. Pero Craven nunca llega a desmenuzar ese choque de temperamentos y motivaciones, ni siquiera les da mayor soporte psicológico, conformándose con que se ejerza la violencia sin motivación alguna.
En el clímax del filme se encuentran la violencia en estado innato del hombre, capaz de hacerla estallar por el gusto de pasar el rato -la violencia como divertimento lúdico- con su complemento en otro tipo de violencia: la que es resultado y reacción ante una amenaza que saca de balance el momento cotidiano de la familia como núcleo de paz. Violencia contra violencia. Craven podría justificarla con la antiquísima ley del Talión pero nosotros, espectadores, asistimos a una jugarreta del director que invierte los papeles de víctima y verdugo para el conveniente derramamiento de sangre a raudales.

En última instancia justifica, perdona y enarbola un ejercicio de la violencia que al principio recrimina y descalifica esforzándose en presentarla como execrable mientras se ejerce contra las jóvenes. Ahora más que nunca se entiende las palabras del crítico español Jordi Costa acerca de la ópera prima de Wes Craven: “…es, pues, uno de los filmes más falsos que uno se pueda echar a la cara: está disfrazado de cine denuncia… pero tonto, acaba mostrando sus cartas, su condición de tosco ejercicio morboso”. [1]
Pero lo peor del caso es que Craven, con todo, no se atrevió a dar el paso definitivo, autocensurándose, pues varias de las secuencias finalmente las desechó en la mesa de edición por considerarlas demasiado desagradables y ofensivas. Para el estreno del filme fue necesario hinchar la copia final a los 35 mm. Comerciales y la primer exhibición se llevó a cabo en salas del estado de Massachusetts con el título de Krug and Company: Eqqual Opportunity Destroyers, al que casi de inmediato sustituyeron por el más morboso de Sex Crime of the Century, aludiendo a las palabras de Sadie. Ante el poco éxito de taquilla, la productora Hallmark, pide a David Whitten, uno de sus publicistas, alguna campaña que eleve los ingresos.

Whitten comienza por cambiar el título, dándole el definitivo de The Last House on the Left (La última casa a la izquierda, 1972), produce carteles verdaderamente llamativos, a los que añade la ya legendaria frase de “Para evitar desmayos no deje de repetirse, esto es sólo una película… sólo una película… sólo una película…”.
Esta vez, todo mundo acudió a verla y exigió que fueran recortadas varias de las escenas, de hecho, en cada provincia donde se exhibía se le realizaban diversos cortes, muchos de ellos a manos de los propios vecinos del lugar. En 1976 Craven reúne varias de las copias de desecho y reconstruye una copia que guardó celosamente y que se edita en vídeo en los Estados Unidos en 1985 como la versión definitiva, aunque el propio director acepta que se encuentra incompleta pues parte del metraje se perdió definitivamente.
La última casa a la izquierda
(The Last House on the Left)
Dirección, Guión y Edición: Wes Craven; Producción: Sean S. Cunningham; Fotografía: Victor Hurwitz; Con: Sandra Peadbody (Mari Collingwood), Lucy Grantham (Phyllis Stone), David A. Hess (Krug Stillo), Fred Lincoln (Fred Podowski), Jeramie Rain (Sadie), Marc Sheffler (Junior Stillo), Gaylord St. James (Dr. John Collingwood, padre de Mari), Cynthia Carr (Estelle Collingwood, madre de Mari)
Estados Unidos, 1972. 91 min. (v.o.) / 82 min. (v. R-rated)
Exhibida en México un sólo día como preestreno (9 de septiembre de 1979) y posteriormente con estreno comercial a partir del 10 de enero de 1980, permaneciendo en cartelera tres semanas.
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[1] Costa, Jordi “El cine gore: la mutilación es el mensaje (2)”, en Dirigido, núm. 198, enero 1992, p.p. 66. España
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