Hijo de… Bush (W.)
Por Marco González Ambriz
Tan grande fue el fracaso de Alexander que Oliver Stone todavía está pagando el precio. Primero fue World Trade Center, con su hagiografía de los uniformados que tuvieron el grandísimo mérito de quedar sepultados bajo toneladas de escombros, cinta complementada con una abierta apología del revanchismo militarista. Ahora llega Hijo de… Bush, donde Stone deja pasar la oportunidad de tundirle al presidente más impopular de la historia reciente de Estados Unidos y en su lugar confecciona una biografía que ni picha, ni cacha, ni deja batear.
Cualquier historiador sabe que es muy difícil abordar acontecimientos recientes debido a las pasiones que éstos despiertan, a que los documentos más jugosos se resguardan en los archivos y a la comprensible renuencia de los involucrados para admitir públicamente su complicidad. Sin embargo, la presidencia de Bush Jr. fue tan desastrosa que estos obstáculos se esfumaron casi en su totalidad. En su fallida campaña presidencial John McCain trató de distanciarse de su antecesor, pese a pertenecer al mismo partido, y hasta los partidarios más aferrados de Bushecito apenas atinan a repetir como loros la propaganda que vomitan Rush Limbaugh y Fox News cuando tienen que explicar por qué lo siguen apoyando.
Hubo que esperar décadas para conocer algunos de los aspectos menos loables de presidentes como Kennedy, en el caso de Jorgito Bush la oposición interna a algunos de los abusos más flagrantes de su administración han producido filtraciones a la prensa mucho antes de lo previsto (el famoso memo de Downing Street, por ejemplo), aunque en otros casos la información salió a la luz por simple falta de previsión (como fue no pedirle a los soldados de Abu Ghraib que se abstuvieran de tomar fotos mientras torturaban a los prisioneros). Por otro lado, varios colaboradores de Bushecito, llevados por el arrepentimiento o las ganas de marcar distancias, han concedido entrevistas donde ineluctablemente acaban embarrando a su ex-patrón.

¿Cómo podría entonces ser anodina una biografía de un presidente controvertido realizada por un director famoso por su vocación polémica? Fácil, encargándole el proyecto en una etapa donde los productores desconfían del otrora joven maravilla y lo traen con la correa muy corta. A decir verdad, Oliver Stone tampoco tiene un ideario político muy bien definido. En varias ocasiones era difícil saber exactamente cuál era su postura respecto a lo que estaba filmando (como en Any Given Sunday o Natural Born Killers). Lo que no podía negarse es que Stone abordara cada tema con una pasión que otros directores hollywoodenses jamás se permitirían (Ron Howard, ahí te hablan). Todo eso ha desaparecido de los últimos trabajos de Oliver Stone.
Hijo de… Bush está compuesta por viñetas donde se recicla información presentada originalmente por reporteros como Bob Woodward o Seymour Hersh. Para los que hemos puesto atención en años recientes no hay ninguna novedad en la forma como se tomaban las decisiones en la Casa Blanca bajo el mandato de Bush: los integrantes del gabinete -Dick Cheney, Donald Rumsfeld o en menor medida Colin Powell- determinaban el rumbo a seguir, esperaban a que el presidente recitara alguna barrabasada sobre la democracia y la libertad para sentir que él era quien mandaba y a fin de cuentas se hacía lo que los subalternos querían. La escasa curiosidad intelectual de Bush Jr. le impedía cuestionar a sus consejeros cuando éstos presentaban sus argumentos para desatar una guerra o extender ilegalmente los poderes presidenciales.
La cinta tampoco contiene ninguna sorpresa sobre la vida privada de Bushecito. Su alcoholismo, su conversión religiosa, sus tempranos fracasos como empresario y candidato a senador, todo ello es del dominio público. Oliver Stone y su guionista Stanley Weiser, con quien trabajara en Wall Street, se limitan a enumerar estos episodios sin condenar explícitamente al protagonista, dándole un aspecto más humano a un personaje al que una amplia mayoría del público considera el Diablo en persona, como dijera el comediante Hugo Chávez en uno de sus sketches más famosos. El libreto brinca constantemente en el tiempo, por lo que es difícil aburrirse viendo la película, pero esto termina por restarle profundidad. El único aspecto de la vida de Bush que adquiere cierta consistencia es la tensa relación con su padre, algo bien documentado incluso en detalles que podrían parecer inventados (cuando Junior llegó borracho y lo retó a golpes, por ejemplo). Por otra parte, los diálogos pierden naturalidad ante la necesidad de incluir las muchas frases célebres de quienes participaron en la administración de Jorgito: “you break it, you own it”, “slam dunk”, “I’m the decider”, etc. Hubiera sido mejor que Weiser inventara sus propios parlamentos.

En trabajos anteriores Stone había mostrado una evidente fascinación por los personajes amorales, llámese el Sargento Barnes en Pelotón o Gordon Gekko en Wall Street. En Hijo de… Bush hay un sujeto, por desgracia real, que cumple con el perfil. Dick Cheney es tan maquiavélico y su relación con el inexperto Bush tan ambigua que uno supondría inevitable convertirlo en el tema central de la película. Lo malo es que una de las características de Cheney es que se trata de una eminencia gris, alguien que sabe moverse en los círculos de poder pero que carece del carisma necesario para ser un político destacado. Stanley Weiser parece reconocerlo cuando retrocede en el tiempo hasta 1991, cuando la primera Guerra del Golfo, para relatar un episodio en el que Cheney ya era Secretario de Defensa bajo el presidente Bush Sr. mientras Jorgito estaba en Texas manejando un equipo de beisbol.
Richard Dreyfuss consigue una de las mejores interpretaciones de la cinta en el papel del luciferino vicepresidente, a pesar de que en lo físico no haya mucha semejanza entre él y su modelo. Otro tanto puede decirse de Jeffrey Wright en el papel de Colin Powell, su contenida incredulidad ante los grandilocuentes planes de sus colegas es uno de los puntos fuertes de la película. No corren con igual suerte quienes tuvieron que recrear a personajes omnipresentes en las noticieros de los últimos ocho años en apenas un par de escenas. El caso de Thandie Newton imitando a Condoleeza Rice es particularmente desafortunado, francamente prefiero a Jada Fire en Who’s Nailin’ Paylin?. Les va mejor a quienes representan a aquellos que por intrascendencia (Laura Bush) o por convicción (George H. Bush, quien nunca se sintió a gusto como personaje mediático) se han mantenido alejados de los reflectores. La lealtad de Laura Bush hacia su marido por encima de sus evidentes carencias está bien trabajada por Elizabeth Banks, mientras que James Cromwell transmite la resignación de un experimentado estadista ante las tarugadas de su retoño sin caer nunca en la farsa.

Ese tono de farsa es el que predomina cada vez que algún actor con cierta fama interpreta a un personaje secundario en Hijo de… Bush. Cuando aparece Ellen Burstyn haciéndole de Barbara Bush uno irremediablemente de acuerda de El Exorcista, sale Ioan Gruffudd como Tony Blair y uno piensa en los Cuatro Fantásticos. En el rol protagónico Josh Brolin recrea la voz y los gestos de Bushecito sin perder nunca la dignidad, ni siquiera cuando repite alguno de los famosos lapsus del ex-presidente (vgr. “Rarely is the questioned asked: Is our children learning?”). Contra los editorialistas que lo pintan como retrasado mental, Brolin traza a Bush como un hombre que nunca se dejó vencer por sus innumerables fracasos hasta que alcanzó la meta que se propuso, y que además sabía representar su papel de cara al electorado, lo que le permitió ser reelecto cuando ya todos lo daban por muerto. El mayor problema del actor en Hijo de… Bush no es culpa suya, sino de la tecnología: todavía no se inventa el maquillaje que le devuelva a Brolin la apariencia de un chavo de 19 años.
El oficio de Brolin, no obstante, es insuficiente para darle a Hijo de… Bush una mayor solidez. El guión de Stanley Weiser se queda en la superficie del biografiado, sin ofrecer explicaciones más allá del resentimiento hacia un padre distante, factor ya mencionado por otros autores pero que es insuficiente para abarcar el fenómeno George W. Bush. Uno espera de Oliver Stone algo más que un recuento apresurado de anécdotas harto conocidas. Sólo hay que pensar en que habría hecho el Oliver Stone de hace veinte años con una película sobre Ronald Reagan para comprender lo decepcionante que resulta Hijo de… Bush, un trabajo que no aventura opiniones sobre el personaje y que pudo haber sido firmado por cualquiera.
HIJO DE… BUSH
(W.)
Dirección: Oliver Stone; Guión: Stanley Weiser; Producción: Bill Block, Moritz Borman, Paul Hanson, Eric Kopeloff; Fotografía: Phedon Papamichael; Música: Paul Cantelon; Edición: Joe Hutshing, Julie Monroe; Elenco: Josh Brolin (George W. Bush), James Cromwell (George H.W. Bush), Elizabeth Banks (Laura Bush), Richard Dreyfuss (Dick Cheney), Toby Jones (Karl Rove), Jeffrey Wright (Colin Powell), Scott Glenn (Donald Rumsfeld), Bruce McGill (George Tenet), Ellen Burstyn (Barbara Bush)
EE.UU. - Hong Kong – Alemania – Reino Unido – Australia, 2008, 129 min.
