Revista Cinefagia

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En el país de los cinéfilos, el cinéfago es rey

Hancock

Recuerdo una reseña de una película de superhéroes donde el autor, sintiéndose muy ingenioso, se preguntaba por qué nunca veíamos a los pobres empleados encargados de limpiar los escombros tras una de esas épicas batallas que destruían los edificios de media ciudad. El cine de superhéroes es algo relativamente nuevo y eso explica que hasta ahora no se haya tocado el tema, pero en los cómics, donde los enmascarados con superpoderes llevan varias décadas dando guerra, este asunto ya es viejo. La editorial Marvel lanzó Damage Control en 1989, sobre una empresa especializada en reparar los estropicios de los superhéroes. Una de las series más comentadas del año pasado fue The Boys, donde Garth Ennis ponía de cabeza al género inyectándole dosis masivas de sexo y violencia.

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Como siempre, lo que en otros medios ya pasó de moda en el cine se ofrece como una gran novedad, y no faltan los despistados que se asombran con la originalidad de Hollywood. Dejando de lado lo trillado de su premisa la verdad es que el trailer de Hancock daba razones para pensar que al menos sería un producto entretenido. Con Will Smith en el papel estelar, una mezcla de efectos especiales y humor negro parecía suficiente para divertir al público durante un par de horas. Sin embargo, a los pocos minutos de iniciada la proyección es obvio que los productores no estaban muy seguros de lo que tenían entre manos y optaron por enfatizar los elementos de comedia en la publicidad. Los momentos divertidos del trailer, por ejemplo cuando una señora regaña a Hancock por tener aliento alcohólico (Cuz I’ve been drinking, bitch!), corresponden a los primeros treinta minutos de la cinta. En el momento que Hancock acepta ir a prisión para pagar su deuda con la sociedad la historia se orienta hacia el drama y en la última media hora los guionistas vuelven a cambiar de rumbo, adoptando un tono trágico que no convence.

El principal problema de Hancock es que insiste en conmovernos con personajes que apenas conocemos. Está muy bien que la película se salte el origen del superhéroe y nos deposite en medio de una secuencia de acción. La parte más lenta de Iron Man era justamente la explicación de cómo Tony Stark había creado la armadura, mientras que Hulk el Hombre Increíble resumía la mutación de David Banner en los créditos iniciales. Si Hancock fuera una parodia de los superhéroes estaría perfecto brincarse ese paso, pero como a media película los guionistas se ponen serios y quieren que nos preocupemos por los protagonistas resulta que el público no tiene forma de identificarse con ellos. Lo único que sabemos es que Hancock es alcohólico y le repatea que le digan “asshole”, que Ray tiene buenas intenciones y que Mary cocina spaguetti todos los jueves.

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Will Smith es sin duda uno de los actores más simpáticos del mundo, un tipo que puede garantizarle una taquilla millonaria a casi todas sus películas (quitando las dramáticas, tipo Leyendas de Vida), pero viendo Hancock queda claro que milagros no hace. Cuando el guión es tan flojo que parece un borrador, con diálogos explicativos, personajes mal definidos, sin un antagonista decente y con cambios de tono cada diez minutos es evidente que ni siquiera un actor tan querido como Will Smith va a poder levantar el proyecto. Igual que en Soy Leyenda yo le hecho la culpa al productor Akiva Goldsman, uno de los peores escritores que han trabajado en Hollywood y que ahora vuelve a demostrar su toque de anti-Rey Midas para echar a perder buenas ideas. Al director Peter Berg también le toca un coscorrón por seguir usando el mismo estilo de El Reino. Los colores apagados y la náusea-cam sólo acentúan lo lejos que está Hancock de ser un relato descarnado.

El profesionalismo de Charlize Theron y Jason Bateman es otro punto a favor de Hancock. En sus escenas dramáticas Theron despliega una convicción que por momentos le permite elevarse por encima del mediocre libreto, aunque esto no sea suficiente para maquillar el subtexto machista de la película ni el desparpajo con el que los guionistas se pasan sus propias reglas por el arco del triunfo. Por otra parte, la facilidad que tiene Jason Bateman para tomar estereotipos negativos (en este caso un publirrelacionista cándido) y hacerlos agradables aquí se manifiesta en su interacción con Will Smith, pero la moraleja sobre el heroísmo de la gente común y corriente es tan burda que echa a perder un momento clave. Al menos Theron y Bateman tienen algo que hacer. Se supone que Eddie Marsan es el supervillano del cuento, pero su personaje es tan inofensivo que en ningún momento creemos que represente una amenaza para Hancock. Al parecer los guionistas tampoco lo creyeron, pues con tal de crear una sensación de peligro terminan por sacarse de la manga un talón de Aquiles que contradice lo que habíamos visto en escenas anteriores. Los efectos especiales no son nada del otro mundo pero al menos son competentes, a pesar de que dejan varias preguntas sin respuesta (¿de dónde salieron los tornados?).

HANCOCK
Dirección: Peter Berg; Guión: Vy Vincent Ngo, Vince Gilligan; Producción: Akiva Goldsman, James Lassiter, Michael Mann, Will Smith; Fotografía: Tobias Schliessler; Música: John Powell; Edición: Colby Parker Jr., Paul Rubell; Elenco: Will Smith (Hancock), Charlize Theron (Mary), Jason Bateman (Ray Embrey), Eddie Marsan (Red), Johnny Galecki (Jeremy), Thomas Lennon (Mike), Jae Head (Aaron)
EE.UU., 2008, 92 min.

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