Revista Cinefagia

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En el país de los cinéfilos, el cinéfago es rey

Una dama sin pudor (Irina Palm)

Maggie, una viuda ya jamona, necesita urgentemente reunir dinero para que su nietecito reciba tratamiento médico por lo que acepta una chamba haciendo trabajos manuales en una sex shop de Soho. En Inglaterra hay un subgénero de comedias sobre personas que superan sus problemas económicos de formas poco ortodoxas (Calendar Girls, Kinky Boots, The Full Monty, etc.) pero Irina Palm, parezca lo que pareza, NO es un chiste. Se trata de un inepto drama con ambiciones de crítica social y esporádicos chispazos de humor involuntario, con la rockera Marianne Faithfull dando una cátedra de sonambulismo en el papel principal. Título alternativo: As Jism Goes By.

Se supone que el cine de arte es para un público exigente, un bálsamo para los espectadores cansados de la vulgaridad de las películas de entretenimiento, con sus tramas simplonas y conflictos de fácil resolución. ¿Cómo entender entonces que Irina Palm (título original de la cinta y nombre artístico de la protagonista) haya cosechado aplausos en los festivales cuando su libreto es igual de bobo y esquemático que el de cualquier subproducto hollywoodense? La mejor explicación que se me ocurre es que al tocar el tema del sexoservicio la película cumple con ciertas expectativas del público “culto”, que puede de esta manera satisfacer su morbo y al mismo tiempo condenar la supuesta explotación de las mujeres.

De otra forma es incomprensible que una cinta con un ritmo tan pesado (con frecuentes fundidos a negro para hacerla más lenta), diálogos que son de una obviedad insultante o bien de comicidad imprevista, con personajes apenas esbozados y un contexto social inexistente pueda considerarse un trabajo serio por cualquier espectador con dos dedos de frente. El guión de Philippe Blasband y Martin Herron nos presenta a una heroína de una idiotez ejemplar. Una mujer que pide un préstamo en el banco a sabiendas de que no tiene con qué pagarlo, luego solicita trabajo aunque carece de experiencia laboral y finalmente llega a una sex shop preguntando por el puesto de hostess. Maggie es tan tonta que el dueño del establecimiento primero le explica que lo de hostess es sólo un eufemismo y a continuación le tiene que aclarar qué significa “eufemismo”.

No será el único indicio de que Maggie es tarada. Como le da pena admitir que su trabajo consiste en jalarle la pescuezona a desconocidos la buena mujer simplemente se niega a explicarle a sus amigas y parientes de dónde sacó el dinero para su nieto, en lugar de inventar que consiguió trabajo de camarera en una casa rica o algo así. Pero como el sentido común va en contra del exceso melodramático Maggie prefiere poner cara de mustia cada vez que sus vecinos le preguntan a dónde va y mejor se apura para llegar a tiempo a su oficina, donde ya hay clientes haciendo fila para recibir sus caricias. Como ya es costumbre en el cine “de calidad”, Irina Palm aborda el sexo con remilgos de quinceañera. Cuando una compañera le demuestra en qué consiste el trabajo Maggie reacciona como si nunca hubiera visto un pene, a pesar de que tiene hijos. Los habrá concebido con los ojos bien cerrados.

Hay que recordar que, en términos de sexualidad, cuando el cine de arte apenas va la pornografía ya fue y regresó. Por eso Irina Palm, a pesar de su ostensible liberalismo, nunca se atreve a mostrar un falo. Para evitar que el público huya en estampida el director Sam Garbarski se cuida mucho de cubrir los miembros en cuestión con encuadres discretos o simplemente anteponiendo un objeto cilíndrico, a lo Austin Powers. Además de ser poco elegante y un tanto hipócrita, esta solución a veces tiene efectos inesperados: hay escenas donde Marianne Faithfull mueve tanto el brazo que parece que está masturbando a un caballo. También hay una subtrama idiota donde Luisa (Dorka Gryllus), la chica que le enseñó a Maggie la técnica adecuada para sobar pitos, pierde su trabajo porque todos los clientes prefieren a Irina Palm. ¿Quién iba a pensar que el onanismo profesional fuera un medio tan competitivo?

En el mejor de los casos el guión de Irina Palm serviría para un sketch a lo Monty Python, tal vez bajo la forma de una competencia televisada para encontrar las mejores manos de Londres. Claro que para eso sería necesario que lo dirigiera alguien con sentido del humor o al menos con un poco de imaginación. El lenguaje visual de Sam Garbarski es tan almidonado, y la música de Ghinzu tan melancólica, que el efecto cómico de los diálogos se vuelve aún más pronunciado. La puesta en escena y la banda sonora nos quieren convencer que estamos viendo un drama desgarrador y en eso Maggie explica su dilema diciendo: “He’s dying, I’m wanking, it’s a mess“. Well, that’s what the Kleenex are for. Más adelante, en la inevitable confrontación con el hijo que la sigue y descubre a qué se dedica, oímos el siguiente reclamo: “¡No hay suficiente jabón en el mundo para limpiar lo que has hecho!” Todos los que alguna vez nos hemos despertado con los calzones mengambreados sabemos que eso no es cierto.

UNA DAMA SIN PUDOR
(Irina Palm)
Dirección: Sam Garbarski; Guión: Philippe Blasband, Martin Herron; Producción: Sebastien Delloye; Fotografía: Christophe Beaucarne; Música: Ghinzu; Edición: Ludo Troch; Elenco: Marianne Faithfull (Maggie), Miki Manojlovic (Miki), Kevin Bishop (Tom), Siobhan Hewlett (Sarah), Dorka Gryllus (Luisa), Jenny Agutter (Jane), Corey Burke (Ollie)
Luxemburgo / Bélgica / Alemania / Inglaterra / Francia, 2007, 103 min.

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