Sultanes del Sur
“Sophomore slump” es una expresión gringa que viene como anillo al dedo para abordar Sultanes del Sur. Se usa para describir el bajón que tienen muchos estudiantes en su segundo año en la universidad y con frecuencia se aplica a los personajes famosos -deportistas, cantantes, escritores, etc.- que se quedan por debajo de su trabajo inicial. Matando Cabos fue criticada por parecerse demasiado a las películas de Guy Ritchie y Quentin “El Fusil Más Rápido del Oeste” Tarantino pero al menos era ingeniosa, tenía buen ritmo y lograba imprimirle un estilo propio al material que estaba retomando.

En Sultanes del Sur el director Alejandro Lozano y el guionista Tony Dalton cambiaron de registro, enfilando ahora hacia el thriller tramposón tipo The Usual Suspects, quedándose por debajo de su anterior colaboración. Los problemas empiezan con un guión a la vez simple y enredado. Mediante un breve prólogo del protagonista, baleado y lamentándose en off porque el crimen no era tan perfecto como él creía, el espectador está preparado para un relato fatalista, de ésos que nos enseñan que un plan meticuloso para robar un banco y escapar a otro país está condenado al fracaso si entre los asaltantes hay rencores raciales, líos de faldas y una confianza excesiva en la capacidad del autor intelectual. En este caso el cabecilla es el español Bátiz (Jordi Mollà), quien está al mando de tres mexicanos: el estoico Sánchez (Tony Dalton dobleteando), la sensual Mónica (Ana de la Reguera desperdiciada) y el incontenible Leserio (un bufonesco Silverio Palacios).
Igual que en Matando Cabos y Km 31, sale el tema de los odios atávicos, y más bien absurdos, entre mexicanos y españoles. Si el guión le dedicara más tiempo a este conflicto Sultanes del Sur estaría en condiciones de cumplir lo que promete en su prólogo. Sin embargo, pronto queda claro que no es lo mismo recrear el habla de la Ciudad de México que imaginar discusiones entre forajidos de distintas nacionalidades. La precisión con la que Matando Cabos reconstruía el dialecto chilango aquí se pierde entre diálogos calcados de las series policiacas gringas. La cosa se complica cuando los personajes huyen a Argentina, añadiendo un acento más a la mezcla. El guión está lleno de frases forzadas (“Los tacos de huitlacoche con salsa de pendejo te los estás comiendo tú”) o innecesarias (“¿No tenías balas, boludo?”).
Lo más extraño es que en teoría Sultanes del Sur tiene elementos de sobra para llenar un largometraje. Tenemos bandas criminales rivales en dos países diferentes, un elenco internacional, balaceras, golpizas, persecuciones en moto y auto por las calles de Buenos Aires, contrabando y traición. A pesar de esto con frecuencia se tiene la sensación de que las situaciones se resuelven con improbable facilidad, pasando a la siguiente escena sin haber explotado cabalmente la anterior. En Matando Cabos había una explicación lógica para amontonar anécdotas en unas cuantas horas. En Sultanes del Sur, en cambio, el plazo que los héroes tienen para recuperar el dinero es arbitrario. Cuando el Texano les exige que le devuelvan lo perdido esa misma noche más bien parece que al guionista no se le ocurrió otra forma de enlazar las secuencias de acción. Por eso vemos a Sánchez recibir una golpiza y de inmediato levantarse para corretear a un sospechoso a través de media ciudad. Una cosa es ser estoico y otra indestructible.

Tal vez la intención era darle un ritmo vertiginoso a la historia, hilar tiroteos y colisiones automovilísticas al modo de Hollywood, pero esta misma intensidad acaba desnudando las limitaciones del presupuesto. Por una parte se quiere ser realista, con los protagonistas obligados a trasladarse en autobús, y por la otra la película nos pide que aceptemos que los dos más peligrosos capos de Buenos Aires pueden ser humillados en una sola noche por dos mexicanos desarmados y sin dinero. Además el director cree que para igualar las escenas de acción de la trilogía Bourne y similares basta con sacudir la cámara, por lo que a veces ni siquiera se entiende lo que está pasando. La parte más espectacular debería ser la persecución que viene inmediatamente después del intercambio fallido, sólo que entre la náusea-cam de Lozano y la falta de extras (¿no vive nadie en Buenos Aires?) el resultado es inferior a un modesto producto gringo como Vantage Point, por no decir nada de la magistral Ronin.
Con todo y sus defectos esta secuencia es una maravilla comparada con la confrontación final, una balacera caótica donde uno nunca alcanza a comprender quién le está disparando a quién o qué necesidad había de intercalar imágenes de chicas buenonas bailando en un antro. Al menos la escena sirve para que Ana de la Reguera regrese a la película. En el asalto al banco la actriz se ve sensacional con un traje sastre negro, un par de conversaciones sugieren que ella y Sánchez comparten un pasado tormentoso y al llegar a Buenos Aires su personaje va disminuyendo hasta casi desaparecer, convirtiéndose en la típica damsel in distress, la jovencita indefensa en espera de que alguien la rescate. Como de costumbre, el giro en la trama con el que cierra Sultanes del Sur deja muchas dudas. ¿No había una forma más fácil de quedarse con el dinero, de preferencia algo que no dependa de decisiones tomadas por otras personas y donde haya menos probabilidades de acabar muerto o herido?
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