La Misma Luna
Una de las favoritas de la audiencia en el festival de Sundance del año pasado cuyo estreno comercial fue hábilmente programado para el mes de marzo, cuando la cartelera está desierta, y que a la postre se convertiría en un éxito de taquilla en México, al menos hasta que Indiana Jones y Iron Man la borraron del mapa. En Estados Unidos tuvo una presentación más discreta pero igual recaudó doce millones de dólares, nada despreciables. Un premio justo para una cinta donde cada segundo está planeado para llegarle al público por su lado ciego: el sentimentalismo desbordado que reduce el problema de la inmigración ilegal a una historia de amor filial.

En La Misma Luna la compleja situación de los trabajadores indocumentados en Estados Unidos se convierte, por obra y gracia del melodrama, en la fábula del intrépido escuincle que se fue al otro lado en busca de su mamacita adorada. Se puede estar en desacuerdo con esta estrategia, considerarla cobarde o manipuladora, pero no fingirse sorprendido. Ya en 1981 el director Ícaro Cisneros filmó Mojado de Nacimiento, donde el pequeño Panchito, con la ayuda de la Sonora Santanera, recorría los Yunaites en busca de su papá. Ahora el niño se llama Carlos (Adrián Alonso, La Leyenda del Zorro), los músicos invitados son los Tigres del Norte y la que sufre por la ausencia de su hijo es Rosario (Kate del Castillo, Crimen Sin Perdón, American Visa, muchas telenovelas). Para recalcar la deuda que La Misma Luna tiene con los melodramas de hace veinte o treinta años también aparecen Carmen Salinas y Mario Almada en papeles secundarios.
La guionista Ligiah Villalobos no hizo sino retomar una fórmula que ya ha dado buenos resultados en otras ocasiones, tal vez exagerando en la melcocha aunque con cierta habilidad para meter en aprietos a sus personajes sin darle tiempo al espectador de notar las incoherencias hasta terminada la función. Rosario y Carlitos pasarían menos problemas si una parte de las remesas que ella envía se usaran para comprar un celular, evitándole así al niño la pena de esperar la llamada de su madre cada domingo a las 10 de la mañana en un teléfono público. Claro que si Rosario y Carlitos tuvieran sentido común no habría forma de usarlos para ilustrar superficialmente los distintos peligros que acechan a los trabajadores ilegales en Estados Unidos. Sólo un habitante de un melodrama desaforado perdería tan fácilmente el dinero reunido con tanto esfuerzo o se largaría a otro país sin avisarle a nadie. No obstante, Villalobos pasa de una situación a la siguiente con tal rapidez que uno puede llegar a tragarse las coincidencias más increíbles, al menos mientras dura la proyección.
Esta misma acumulación de incidentes es lo que hace que un relato tan predecible no resulte aburrido. Desde que Carlitos se fija como meta llegar a Los Angeles en cinco días, antes de que su mamá tenga tiempo de preocuparse, el espectador más ingenuo ya sabe que el reencuentro es inevitable. La Misma Luna es como una variación transfronteriza de las innumerables películas donde un leal can sigue a sus olvidadizos dueños a través de medio país. Sobra decir que esta certeza le quita suspenso a la cinta, Carlitos llega a encontrarse en situaciones incómodas pero es obvio que nunca corre verdadero peligro. Siempre hay un adulto dispuesto a ayudarlo con un empleo temporal, comida, un lugar donde dormir, etc. En La Misma Luna hay tantos paisanos dadivosos que hasta dan ganas de irse de mojado. La película sería más creíble si Carlitos pasara más dificultades para tragar o simplemente viajar de un lado a otro. Sin embargo, la historia nunca llega a caer en el absurdo de Escucha tu Destino, el prototipo del niño mongoloide que desciende a los infiernos urbanos guiado por su inocencia.

Si el guión de Ligiah Villalobos siempre está a punto de desbarrancarse en el exceso lacrimógeno, muy a la mexicana, la que termina jalando la película hacia la eficacia hollywoodense es la directora Patricia Riggen. Donde otro se avergonzaría de lo que está filmando, Riggen hace su trabajo con profesionalismo y una solvencia narrativa que denota su paso por la Columbia University de Nueva York. A diferencia de sus homólogas mexicanas, donde todavía prevalece la ideología y el rollo reivindicador, las escuelas de cine en Estados Unidos se enfocan en los problemas prácticos que deberán resolver los estudiantes en el set. Según los gringos la misión principal del director es preparar al público para lo que viene a continuación. Esto significa que cada plano debe ser la continuación lógica del anterior a la vez que proporciona nuevos datos sobre los personajes y los obstáculos que se les presentan. Este es el secreto del cine narrativo y Riggen lo domina a la perfección.
Para muestra podemos tomar la secuencia inicial, que denota el vínculo entre Rosario y Carlitos a través de una serie de imágenes donde los vemos ejecutar acciones parecidas. El simbolismo es a veces torpe (madre e hijo mirando su reflejo) pero eso no le impide a Riggen incluir una gran cantidad de información sobre los personajes (la amiga de Rosario, la abuela de Carlitos, el programa de radio, el regalo de cumpleaños) en unos cuantos minutos. Otros directores necesitarían media hora para explicarnos que Rosario vive en Los Angeles, tiene que despertarse muy temprano para ir a trabajar y es más responsable que su amiga Alicia (Maya Zapata) o que Carlitos está al cuidado de su abuela pero ya puede valerse por sí mismo, aunque sigue siendo un niño que atesora unos tennis con foquitos rojos en los talones.
Al ser este su primer largometraje Riggen no siempre sabe dónde detenerse y por eso la secuencia culmina cuando Carlitos cierra los ojos para viajar en su imaginación a la esquina de East LA que su mamá le describe por teléfono. Es un momento desafortunado que contagia de cursilería un relato urgido de sobriedad y que además telegrafía el desenlace. Otro detalle que empaña el trabajo de Riggen es el didacticismo de ciertos diálogos, hay escenas donde los personajes deletrean los riesgos que corren los inmigrantes ilegales. Estos sermones son doblemente molestos porque antes ya hemos visto a Rosario y Alicia viajando en autobús mientras un locutor de radio protesta contra la decisión del gobernador Schwarzenegger de negarle el permiso de conducir a los indocumentados. La moraleja podría ser más sutil pero al menos Riggen la deja en un segundo plano en vez de restregársela en la cara al espectador.
Aunque Adrián Alonso a veces más que niño parece adulto chiquito el desempeño de los actores es correcto tomando en cuenta que se trata de un melodrama populachero. Eugenio Derbez, por ejemplo, confirma que tiene madera de actor dramático, algo que ya había anunciado con su participación en Zurdo.
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