El llanto de la mariposa (Le scaphandre et le papillon)
Cuando despertó los doctores le informaron que había sufrido una embolia que lo dejó paralizado casi por completo, sólo podía mover el ojo izquierdo. Jean-Dominique Bauby tenía 43 años, era redactor en jefe de la revista Elle y conservaba intactas sus facultades mentales. Esta es una condición que se denomina locked-in syndrome (síndrome de cautiverio) y es tan rara que no existe una cura ni un tratamiento específico. Los médicos del hospital Berck-sur-Mer únicamente podían asignarle a Bauby un par de terapeutas para que aprendiera a alimentarse por sí mismo y a comunicarse con el exterior.
Una de estas terapeutas, Sandrine Fichou, ideó un sistema para que Bauby pudiera expresarse. Fichou recitaba el alfabeto, empezando por las letras más usadas en el idioma francés (E S A R I N T U L …), y Bauby parpadeaba cuando ella pronunciaba la que él necesitaba para deletrear cada palabra. Usando este sistema, con la ayuda de una asistente, Bauby dictó Le Scaphandre et le Papillon, un libro de memorias donde narraba su estancia en el hospital. El título del libro, La Escafandra y la Mariposa, es una metáfora sobre la prisión en que se había convertido su cuerpo y el hecho de que su mente, su imaginación y su memoria, aún era libre de viajar donde él quisiera. Bauby murió unos cuantos días después de la aparición de Le Scaphandre et le Papillon, que a la postre sería un éxito editorial.
Cuando Bauby aún vivía el director Jean-Jacques Beineix (Diva, Betty Blue) hizo un cortometraje documental donde podía verse al ex-editor trabajando en la redacción del libro. Hollywood tiene una larga tradición de contar historias sobre personas que se sobreponen a una discapacidad y en este caso se trataba de un caso real que ya era del dominio público. No pasó mucho tiempo para que los editores del libro le vendieran los derechos de la adaptación cinematográfica a Steven Spielberg. Por suerte el proyecto se estancó y al final Spielberg no tuvo oportunidad de filmar el guión que ya se había elaborado. Ron Harwood, un veterano de la televisión y el cine gringo, escribió un nuevo libreto y en esta ocasión se dieron las condiciones para que Julian Schnabel lo dirigiera. Johnny Depp estaba contemplado para interpretar a Bauby pero se le atravesaron los Piratas del Caribe. Esto también fue afortunado porque Mathieu Almaric hace un excelente trabajo dándole vida a Bauby.
De hecho, los familiares y amigos de Jean-Dominique han sido unánimes en su admiración por Almaric. Menos conformes quedaron con las libertades que Ron Harwood se tomó con varios aspectos de la historia. Algunos de estos detalles son producto de la licencia poética que cualquier adaptación requiere. Bauby tuvo dos hijos y no tres como sale en la película de Schnabel. El cambio se debe a que el director no podía decidirse entre las dos actrices que podían desempeñar el papel de Céleste, la hija, por lo que prefirió apartarse de la realidad. También es falso que Jean-Dominique manejara su auto nuevo en el momento del accidente. Cuando le sobrevino la apoplejía a Bauby el que conducía el vehículo era su chofer. Más grave es que Harwood haya inventado que Sylvie de la Rochefoucauld, ex-pareja de Bauby y madre de sus hijos, fuera una presencia frecuente en el hospital de Berck, mientras que su novia Florence lo hacía sólo de vez en cuando. Era al revés y este es la queja principal de los amigos de Bauby sobre el guión de Harwood.
La razón para cambiar los papeles es darle a la película una tensión dramática más pronunciada, en particular en la escena donde Céline Desmoulin (Emmanuelle Seigner), es decir Sylvie de la Rochefoucauld, debe servirle de intérprete a Bauby cuando éste recibe una llamada telefónica de Florence, disculpándose por no haber ido a verlo. Es una escena bien actuada y que Schnabel deja correr sin enfatizar el melodrama, el único inconveniente es que es absolutamente falsa. Como también es una patraña esa otra escena donde Henriette Roi (Marie-Josée Croze), es decir Sandrine Fichou, regaña a Bauby cuando él usa el sistema de las letras y el parpadeo para decirle que se quiere morir. De nuevo tenemos un momento muy bien filmado y que es pura invención. Este tipo de embustes dan una idea de lo que pudo haber sido El Llanto de la Mariposa en manos de un director más versado en el drama aleccionador hollywoodense, como podría ser un Ron Howard (y no quiero ni imaginarme lo que Steven “Coma Diabético” Spielberg habría hecho con esta historia).
Un cineasta acostumbrado a la forma “correcta” de hacer las cosas tal vez no habría encontrado el tono preciso para evitar que El Llanto de la Mariposa fuera cursi o deprimente. El horror de esos primeros días de lucidez tras salir del coma se expresan colocando al espectador en la situación de Bauby, con imágenes desenfocadas, apenas legibles, mientras la voz en off de Almaric, a manera de monólogo interior, responde a las preguntas de los doctores sin que éstos puedan escucharlo. Será un encuadre recurrente a lo largo de la película, para recordarnos lo mucho que Bauby dependía de quienes lo rodeaban. Incluso en estas condiciones Schnabel encuentra una forma de conjurar el patetismo, haciendo que el ojo de Bauby se detenga con frecuencia en el escote de sus dos guapas terapeutas. Es posible que la formación de Schnabel, como pintor y más tarde como director de cine autodidacta, lo hayan capacitado para encontrar la equivalencia entre el lenguaje audiovisual y el texto de Bauby.
En manos de otro director los montajes donde Jean-Dominique descubre que todavía es dueño de su imaginación podrían ser empalagosos, vulgares o de un forzado optimismo. Schnabel les imprime un tono celebratorio pero a la vez elegíaco. Más que el triunfo del espíritu humano se trata del último recurso de un muerto en vida, sin por ello dejar de ser emocionantes. En la película se establece un paralelo entre este florilegio de prados y glaciares con fragmentos de la vida de Bauby, en particular un instante en el que vemos la cabeza a una de sus amantes desde atrás, mientras conduce un convertible y el viento transforma su cabello en un ser viviente. Incluso en las escenas más tradicionales, por ejemplo en esos flashbacks donde vemos a Jean-Dominique conviviendo con su anciano padre (un inconmensurable Max von Sydow), la cámara de pronto abandona a los actores para posarse sobre las fotos de Bauby que adornan un espejo, desde que era niño hasta la edad adulta. La secuencia concluye con una sencilla observación de Bauby sobre el legado que recibe un hijo de su padre, un momento que en la película tiene el mismo peso que las facetas menos agradables de Jean-Dominique. El Llanto de la Mariposa es excepcional desde que se rehúsa a canonizar a su protagonista, pero es su puesta en escena y el trabajo del reparto lo que la convierten en una experiencia imborrable.
EL LLANTO DE LA MARIPOSA
(Le scaphandre et le papillon)
Dirección: Julian Schnabel; Guión: Ronald Harwood, basado en el libro de Jean-Dominique Bauby; Producción: Kathleen Kennedy, Jon Kilik; Fotografía: Janusz Kaminski; Música: Paul Cantelon; Edición: Juliette Welfling; Elenco: Mathieu Almaric (Jean-Dominique Bauby), Emmanuelle Seigner (Céline Desmoulin), Marie-Josée Croze (Henriette Roi), Anne Consigny (Claude Mendibil), Patrick Chesnais (Doctor Lepage), Niels Arestrup (Roussin), Olatz Lopez Garmendia (Marie Lopez), Marina Hands (Joséphine)
Francia, 2007, 108 min.
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