Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal

Indiana Jones me da pereza. A diferencia de quienes pensaron que esta sería la película del verano yo no esperaba gran cosa de la última aventura de este personaje. Es difícil entusiasmarse por una serie que nunca ha podido igualar el encanto de Cazadores del Arca Perdida. La secuela inmediata era igual de entretenida pero sufría a causa de personajes odiosos y de un racismo apenas disimulado, la tercera parte tenia un argumento casi idéntico al de Cazadores y dependía mucho del carisma de Sean Connery. La cuarta es simple y llanamente la peor de todas: le faltan el humor, las emociones, la imaginación, los villanos y el suspenso de sus predecesoras.

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“¡Quiero mi cocooool!”: Harrison Ford en Indiana Jones 4

Nadie le pide realismo a las películas de Indiana Jones. Después de todo se trata de un arqueólogo que no especializa en nada, que lo mismo se pone a excavar en Egipto que en la jungla amazónica y que pasa más tiempo peleando con Nazis, sectas diabólicas y fanáticos comunistas que haciendo cualquier tipo de trabajo académico. Su principal arma es un torpe látigo, destruye más reliquias de las que rescata y como todo explorador que en el cine ha sido habla a la perfección cualquier idioma o dialecto local. Las historias de Indiana Jones siempre han sido tontas pero se le perdona porque recuerda la inocencia de las añejas cintas de aventuras de los años 30. Se le perdona siempre y cuando sus propias andanzas sean igual de divertidas y espontáneas. De ahí la decepción de los que esperaron casi veinte años para que Steven Spielberg, George Lucas y Harrison Ford retomaran al personaje sólo para encontrarse con un relato mecánico, sin chispa, con situaciones descabelladas hasta para el nivel general de la serie y que no puede ocultar que su actor principal ya está muy cáscara para hacer estos desfiguros.

Cazadores de la Dentadura Postiza transcurre en 1957, decisión que obedece sin duda a la provecta edad de Harrison Ford y que sirve sobre todo para que el director atiborre cada fotograma con referencias a los eventos políticos y culturales de esa década, entre más obvios mejor. Así, la eterna búsqueda de Spielberg por el más bajo común denominador, la clave de su popularidad, se traduce en un desfile de agentes de la KGB salidos de las pesadillas del senador McCarthy, chamarras de cuero en alusión a Marlon Brando en The Wild One, crinolinas, fuentes de sodas, manifestaciones de repudio a los Rojos, el programa de Howdy Doody y la bomba atómica. Ni una sola imagen que sea difícil de identificar, sólo objetos culturales predigeridos para que nadie se confunda. No obstante, la memez de Spielberg podría ignorarse si las escenas de acción fueran espectaculares.

No lo son porque hay que estar ciego o idiota para pasar por alto que el tipo que salta a un camión en movimiento, se columpia con su látigo y pelea a puñetazos con el villano es un esforzado stuntman que está reemplazando al achacoso actor principal. El cambio entre Harrison Ford y su doble es tan evidente que casi se trata de una parodia. Imposible involucrarse con escenas de peligro donde es obvio que nadie estaba corriendo ningún riesgo y eso que en esta primera secuencia de acción todavía no se abusa de los efectos computarizados. Eso Spielberg lo guarda para más adelante, para la que debería ser la persecución más impresionante de la película. El director se la ha pasado diciendo que tenía muchas ganas de hacer una cinta de aventuras que no dependiera de las imágenes digitales. Si las tenía yo creo que se las aguantó porque Indiana Jones 4 está saturada de CGI. En consecuencia las aventuras se ven falsas y no generan la mínima tensión. De por sí lo del refrigerador y lo de las lianas ya es bastante bobo como para que Spielberg venga a empeorarlo con efectos nada convincentes.

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La peorski villanushka de la seriezhda: Cate Blanchett en Indiana Jones 4

Uno de los atractivos de Indiana Jones era su vulnerabilidad. Aunque su eventual triunfo nunca estaba en duda había momentos en que el héroe lo pasaba bastante mal y tenía que improvisar para escapar de los malos. En esta entrega esa sensación de peligro nunca se materializa, ni siquiera cuando el protagonista está atrapado en arenas movedizas o rodeado por hormigas carnívoras. Ahora Indiana Jones escapa de estas amenazas gracias a sus amigos, que incluyen a Shia LaBeouf en el papel de un rebelde sin causa e improbable nieto hijo secreto, a Karen Allen interpretando de nuevo a Marion Ravenwood pero sin aportar nada a la trama, a John Hurt como el viejo excéntrico que Sean Connery ya no quiso repetir y finalmente a Ray Winstone sustituyendo a John Rhys-Davies debido a un exceso de dignidad de este último (los productores se negaron a pagarle lo que exigía). Son muchos personajes para un héroe con fama de solitario y acaban estorbándose entre ellos e incluso robándole cámara al mismísimo Indiana Jones. El arqueólogo legendario que antes era experto en resolver enigmas milenarios ahora se limita a seguir al deschavetado profesor Oxley.

Por una u otra razón la serie de Indiana Jones siempre había tenido villanos memorables. El mejor fue siempre Belloq, un tipo sofisticado que con frecuencia derrotaba a Jones empleando sus mismas tácticas, mientras que el salvajismo de los thuggees del Templo de la Perdición compensaba la falta de personalidad del sacerdote Mola Ram. Hasta la doctora Nazi de la Última Cruzada tenía lo suyo, aunque su mayor cualidad fuera la presencia de la actriz Alison Doody. Exagerados o no, todos eran temibles a su manera. No se puede decir lo mismo de la caricaturesca Irina Spalko que de forma lamentable interpreta Cate Blanchett. Dueña de un acento ruso como de sketch de carpa, una espada que no le sirve para nada, un físico frágil y poco apto para los catorrazos, la Blanchett pertenece a otra película. Estaría a sus anchas en una farsa cantinflesca tipo Su Señoría pero en una película de aventuras, por muy fantasiosas que sean, está fuera de lugar.

Indiana Jones y el Reino de la Tercera Edad es doblemente innecesaria. Es apenas un recalentado con lo más flojo de la saga y además se queda por debajo de sus herederas. Sin llegar tampoco a compararse con Cazadores… las dos películas de La Momia creadas por Stephen Sommers son una continuación más digna de aquella mezcla de humor, acción y misterio que era la marca de fábrica de Indiana Jones. Esta -esperemos- última contribución de Steven Spielberg y George Lucas al género de aventuras exóticas a duras penas alcanza el muy modesto nivel de las cintas de Lara Croft.

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