Revista Cinefagia

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En el país de los cinéfilos, el cinéfago es rey

Km 31

Por Marco González Ambriz

km-31_01El bombardeo publicitario anunciaba que los productores querían aplicar en México los métodos de Hollywood y la respuesta, tanto del público como de la crítica, les dio la razón. Por una parte Km 31 fue un taquillazo, asegurando que en los próximos años veremos muchas cintas mexicanas de terror, y por la otra la prensa especializada le tundió al debutante Rigoberto Castañeda con singular alegría (sólo Rafael Aviña lo defendió). Los críticos lo acusaron de ser poco original, de contar una historia enredada o demasiado lenta, de que los efectos especiales se quedaban cortos. Algunas de esas quejas estaban justificadas, otras no, pero igual creo que con el tiempo Km 31 será revalorada.

Dentro de algunos años, cuando se haga el recuento del cine de horror en México, habrá que mencionar a Km 31 como el momento en que el género llegó a la mayoría de edad en nuestro país. Siendo sincero, lo más inquietante de El Fantasma del convento y Dos monjes es el olor a naftalina. A pesar de que El vampiro sigue siendo muy entretenida, hay que decir que las cintas producidas por Abel Salazar nunca pasaron de ser una copia rebajada de los títulos clásicos de la Universal, que a su vez eran tan sólo una versión diluida de las novelas góticas donde nacieron el conde Drácula y el doctor Frankenstein. Los vampiros y hombres lobo que enfrentaron Santo y Blue Demon eran de risa loca. Los méritos de Carlos Enrique Taboada se han exagerado ante la necesidad de encontrar un representante digno del género y, lo que hizo Juan López Moctezuma, siempre estuvo más cerca del teatro vanguardista que del terror como tal.

Si Guillermo del Toro fuera tan buen guionista como director, ese paso a la edad adulta habría llegado con Cronos. Fue necesario esperar catorce años  más para que llegara otro cineasta primerizo y se adentrara en el género sin ese complejo de inferioridad que había maniatado a sus predecesores. El gran problema de las cintas de terror mexicanas siempre había sido la inseguridad. Las ganas de imitar las producciones extranjeras se mezclaban con el miedo al ridículo, fallaba la creatividad cuando había que tapar la falta de presupuesto y al final se imponía el humor involuntario de los efectos especiales de tres pesos (mayores informes en Cañitas esquina con el Cementerio del Terror). Nada más por eso hay que agradecerle a Rigoberto Castañeda y a todo el equipo de Km 31 que se atrevan a ponerse al tú por tú con el cine de terror foráneo, sin que les tiemblen las piernas como a nuestros futbolistas a la hora de tirar un penal.

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Sería mucho pedir que además de sacudirse esos atavismos nos regalaran una historia cien por ciento original, que no tome prestadas imágenes o ideas de otras latitudes. Rigoberto Castañeda jura y perjura que él escribió el guión de Km 31 antes de ver Ju On y Ringu, lo cual resulta difícil de creer por la similitud que hay entre su película y los fantasmas orientales. De todos modos pienso que se le ha dado demasiada importancia a este aspecto. Los tailandeses también se han inspirado en el cine japonés sin generar tanta desconfianza, a lo mejor porque la gente cree que todos los asiáticos son iguales. Es una pena que se pase por alto el cuidado que Castañeda y sus colaboradores pusieron en Km 31. La fotografía, la edición, el diseño de audio y el maquillaje tienen un nivel bastante superior a lo que se acostumbra en México. Desde la primera secuencia es obvio que Castañeda entiende que la narración cinematográfica se hace con imágenes, algo que a muchos se les olvida, y le imprime a su libreto un ritmo ágil, donde los diálogos cumplen una función narrativa y a la vez revelan la psicología de los personajes.

Algo que me gusta mucho de Km 31 es el uso de las repeticiones para sugerir una equivalencia entre lo material (agua, luz eléctrica) y lo espiritual (sueño, muerte). Cuando empieza la película lo primero que se percibe es el sonido del agua y a lo largo de la historia el paso de la vida a la muerte estará marcado por este elemento. La niebla que rodea a Omar cuando busca a Catalina, el goteo del suero que mantiene atada a este mundo a Ágata, la tormenta que se desata cuando los protagonistas descienden al río subterráneo, son detalles que sugieren un nivel de planeación poco común en nuestro cine, donde el poder simbólico de los objetos casi nunca se aprovecha. En Km 31 la ingravidez del agua es una metáfora del inconsciente, ese estado donde las experiencias infantiles regresan del olvido convertidas en sueños de la misma forma en que las leyendas son antiguos sucesos que han perdido consistencia al dejar atrás su contexto histórico. No creo que sea una mera casualidad que los personajes hablen de la necesidad de regresar al pasado para corregir el presente.

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Hay una dualidad evidente en el hecho de que la heroína tenga una hermana gemela que está en coma a raíz de una experiencia sobrenatural. Uno de los mejores momentos de la película, cuando Catalina sale del departamento de Omar porque oye la voz de Ágata, tiene una fuerte deuda con Wes Craven y su Pesadilla en la calle del Infierno, no se sabe si la protagonista está dormida o despierta hasta que se pasa a la siguiente escena. Esta incertidumbre impregna toda la historia, hay algo de irreal en los acontecimientos, aún los más cotidianos. Las palabras que abren la película se repiten al final y van acompañadas de imágenes irracionales, como el fluir de las pesadillas. Pocos directores se animarían a incluir una riqueza temática semejante en una cinta de un género tan menospreciado y hacerlo en un país sin una tradición seria de cine de terror me parece todo un logro. A los detractores de Km 31 también habría que recordarles que este es apenas el primer largometraje de Rigoberto Castañeda, hay que darle tiempo y ver qué hace a continuación. Tal vez muchos se sintieron defraudados porque Km 31 no es la obra maestra que prometían los anuncios, ¿y desde cuándo la publicidad es una fuente confiable de información?

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