Por Marco González Ambriz

hasta-el-viento-tiene-miedo01El contraste entre las dos películas de terror que nos dio el cine mexicano en el 2007 (Cañitas es de chocolate) no podría ser más grande. Por un lado, Km 31, una cinta que miraba hacia adelante y que estaba ansiosa por competir con los extranjeros. Y en la otra esquina, Hasta el viento tiene miedo, que al rendir homenaje a la obra de Carlos Enrique Taboada se desentiende del público moderno, repite los defectos del original y los agrava con un lenguaje visual apolillado.

Taboada tuvo el enorme mérito de apostar por un género que en México nunca se consolidó, en una época donde la industria cinematográfica nacional ya estaba dando boqueadas y aunque los resultados fueron bastante dignos tampoco hay que engañarnos repitiendo que son clásicos del horror. El problema de Hasta el viento tiene miedo, Más negro que la noche y El libro de piedra era que sus argumentos no daban el ancho para un largometraje, eran relatos parchados, reiterativos, que se desinflaban sin remedio hasta llegar a desenlaces anticlimáticos. Taboada sabía que los efectos especiales a su disposición sólo podían provocar carcajadas o pena ajena y por eso nunca los usó. Se concentraba en la atmósfera, ocasionalmente conseguía escenas sugestivas, pero sin poder igualar lo que en esos mismos años se estaba haciendo en Italia o Estados Unidos.

Los cuatro guionistas responsables de adaptar la película de 1967, incluyendo al propio director Gustavo Moheno, quisieron poner al día la premisa original y con tal fin convirtieron a las estudiantes de un internado imaginadas por Taboada en adolescentes problemáticas: anoréxicas, suicidas, drogadictas, etc. El tema que Taboada manejó en sus películas de terror, el conflicto generacional que oponía el autoritarismo de los adultos a la vitalidad de los jóvenes, algo relevante en los 60, queda convertido en un recuento apresurado de los dilemas que enfrentan las chicas de hoy (tururú, tururú), sin ahondar en ninguno y sin aprovecharlos para acrecentar la iconografía del género (con la bulimia, por ejemplo). De cualquier manera el relato es tan anticuado que cuando se oye una rola de María Daniela y su Sonido Lasser (“Miedo”, ¿hay otra?), o se ve un trivial intercorte de una cámara de seguridad, el sobresalto es mayor que con las escenas “de miedo”.

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Esto se debe a que Gustavo Moheno y su equipo creativo retomaron una historia de 1967 y la dejaron varada a finales de los 80. Uno sabe de inmediato que Arturo de la Rosa es el fotógrafo porque la calidad de la imagen es idéntica a la de cintas como Crónica de Familia (1986) o Goitia, un dios para sí mismo (1988), donde él trabajó. La música de Eduardo Gamboa está más cerca de Amparo Rubín que de Goblin y la edición de Óscar Figueroa no alcanza a compensar la inexistente dirección de arte ni la obviedad de la puesta en escena. Un ejemplo de esto último lo tenemos cuando la doctora alivianada (Mónica Dionne) introduce a Claudia (Martha Higareda) con las palabras “Te presento a tu compañera Claudia” y de inmediato aparece la susodicha en close-up. Han de creer que somos idiotas. Los efectos especiales, el terreno donde era más fácil superar al original, se reducen a unos ahorrativos efectos ópticos que no impresionan a nadie.

“¿Elipsis? ¿Qué es eso?”, pregunta el director, mientras nos receta la misma información en al menos dos escenas distintas. Para entender por qué el relato de Hasta el viento tiene miedo 2007 se queda empantanado, a pesar de que la película dura sólo noventa minutos, basta con repasar el método usado por Gustavo Moheno para contarle al sufrido espectador que Claudia y Jessica (María Fernanda Malo) se robaron unas pastillas del almacén. 1. Jessica le cuenta su plan a Claudia; 2. Jessica se levanta de noche, entra al almacén y es sorprendida por Claudia, quien encuentra el expediente de Andrea; 3. la enfermera descubre que la caja de las medicinas está abierta y faltan varios frascos; 4. la misma enfermera va con el chisme a la oficina de la psicóloga amargada (Verónica Langer) que dirige la institución; 5. la psicóloga amargada y la doctora alivianada discuten los efectos que las mentadas pildoritas podrían tener en Claudia. De estas cinco escenas se podrían eliminar dos (la 1 y la 3) sin que la historia perdiera claridad. La narración sería más ágil y quedaría tiempo suficiente para que las otras actrices (sobre todo Elizabeth Valdez y Magali Boysselle) tuvieran algo qué hacer en los últimos veinte minutos.

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Al cine mexicano le hace falta recuperar los temas y las características de sus mejores décadas (el sabor populachero de los 40 y 50, el desparpajo de los 60). Hacerlo con remakes o parodias no tiene nada de malo, en cualquier otro país con una tradición cinematográfica comparable esto es una práctica común. El problema con esta versión de Hasta el viento tiene miedo es que se está regresando a las malas costumbres de nuestro cine. Durante muchos años parecía que los directores tenían prohibido utilizar las imágenes para contar sus historias, todo se resolvía con diálogos, diálogos y más diálogos. En una cinta sobrenatural como ésta la palabrería impide establecer una atmósfera equivalente a los conflictos emocionales que invocan al fantasma. De nada sirve que Danny Perea, Martha Higareda y Mónica Dionne le busquen matices a sus personajes, los diálogos se les adelantan, deletreando lo que cada una de ellas piensa y siente a cada instante. La ambigüedad, el punto fuerte de la cinta original de Taboada, se catafixia por sustos bobos a base de portazos y apagones, como si el director estuviera teniendo regresiones a la Mansión de la Llorona de Reino Aventura. De no ser por la escena donde Mafer Malo sale medio desnuda esto sería una total pérdida de tiempo.

HASTA EL VIENTO TIENE MIEDO
Dirección: Gustavo Moheno; Guión: Alfonso Suárez Romero, Ángel Pulido, Mario P. Székely, Gustavo Moheno, basado en la película de Carlos Enrique Taboada; Producción: Gonzalo Elvira Álvarez, Estrella Medina Escamilla, Julio César Estrada López; Fotografía: Arturo de la Rosa; Música: Eduardo Gamboa; Edición: Oscar Figueroa; Elenco: Martha Higareda (Claudia), Danny Perea (Josefina), Mónica Dionne (Lucía), María Fernanda Malo (Jessica), Elizabeth Valdez (Ivette), Verónica Langer (Bernarda), Magali Boysselle (Silvia), Valeria Ciangherotti (Marina)
México, 2007, 90 min.