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Camino salvaje (Into the Wild)

A los 22 años Christopher McCandless rompió todo contacto con su familia y se dedicó a recorrer Arizona, California y Dakota del Sur. Viajaba con un mínimo de dinero y equipaje, había tomado la decisión de instalarse durante un tiempo en Alaska, lejos de la civilización, para escribir un diario sobre su progreso físico y espiritual en un medio ambiente hostil. Fue encontrado muerto cinco meses después. En el libro Into the Wild el escritor y alpinista Jon Krakauer contó su historia. Esta es la adaptación cinematográfica dirigida por Sean Penn.

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Sería lógico suponer que Sean Penn, conocido en Hollywood por apoyar las causas nobles, enfatizaría el idealismo de McCandless y la necesidad de imitarlo para lograr un cambio en el mundo. En realidad Camino Salvaje es una cinta ambivalente, por una parte simpatiza con McCandless, entiende su frustración con el mundo moderno y retrata un aspecto de la compleja sociedad norteamericana que suelen pasar por alto quienes ponen a los gringos como ejemplo de materialismo. Por otro lado no oculta los defectos de su protagonista, su falta de preparación para vivir solo en un territorio tan agreste, su entusiasmo un tanto infantil, su indiferencia ante los consejos de los demás. Sorprende que sea Sean Penn quien emprenda una crítica tan severa del idealismo burriciego.

A McCandless se le puede describir como el típico citadino que se imagina la naturaleza como una película de Walt Disney. La última persona en verlo con vida fue James Gillien, quien lo llevó desde Fairbanks hasta una zona remota cercana al parque nacional Denali, y en el camino le pidó inútilmente que retrasara su excursión hasta obtener el equipo indispensable. McCandless carecía de experiencia como cazador, no sabía distinguir las plantas comestibles, desconocía el terreno, ni siquiera tenía un mapa o una brújula. La película no menciona todos estos detalles pero sí da a entender que la aventura de McCandless era poco menos que un suicidio. Camino Salvaje muestra lo suficiente para ahuyentar de la mente del espectador cualquier visión romántica sobre lo que hizo este campeón de los premios Darwin.

A lo largo de la película vemos a McCandless en Alaska, perdiendo peso a medida que sus escasas provisiones desaparecen, y al mismo tiempo lo acompañamos en los meses previos, mientras recorre su país conociendo otras personas que comparten su falta de interés por la existencia clasemediera que él tanto odia pero sin la humildad necesaria para escuchar sus advertencias. El tono es distinto pero los puntos en contacto con Nazarín son evidentes. En ambos casos presenciamos a un aspirante a profeta que confunde pobreza material con superioridad moral (¿a quién me recuerda?). McCandless cita con frecuencia pasajes de sus autores preferidos -Jack London, Tolstoy, Thoreau- a manera de guía espiritual, con tanto fervor que cuando uno de sus interlocutores le pregunta, entre cariñoso e irónico, “¿eres Jesucristo?”, él lo entiende de forma literal.

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Sean Penn elabora el retrato de McCandless con paciencia, dejando que el espectador compare los diferentes episodios de la vida de McCandless y saque sus propias conclusiones. La simpatía que el director siente por el personaje no le impide ver con claridad sus esporádicos arranques de hipocresía. En repetidas ocasiones vemos cómo McCandless desafía las reglas que le impiden navegar en un río o cruzar la frontera con México sin papeles. La inevitable contradicción entre su prédica y sus acciones llega cuando una chica trata de seducirlo y él la rechaza por ser menor de edad. Al parecer a McCandless le repugnaban las normas sociales sólo cuando eran un obstáculo para sus caprichos. En él convivían la megalomanía del iluminado, deletreada en su seudónimo Alexander Supertramp, con la inmadurez emocional del hijo que nunca pudo superar el resentimiento hacia sus padres.

La fotografía de Eric Gautier y la banda sonora, donde colaboran el cantante Eddie Vedder y la guitarrista Kaki King (Escucha tu Destino), imitan el punto de vista de McCandless, celebrando la belleza del paisaje de forma un tanto excesiva. Hay una escena que parece anuncio de champú: Emile Hirsch improvisa una regadera en su precario campamento, duchándose en cámara lenta mientras la música canta hosannas a la Madre Naturaleza y en el horizonte se alcanzan a ver las montañas de Alaska. Supongo que la intención del director era comunicar la idea que McCandless tenía de su entorno, contagiarnos su idealismo y tal, pero hay momentos donde cae de lleno en la hipérbole. En ese sentido el mayor peligro era que le diera manga ancha a sus actores, algo que suelen hacer los cineastas con experiencia previa frente a la cámara. Sean Penn es generoso con su elenco, cada actor tiene una escena que le permite brillar (en especial Hal Holbrook y Kristen Stewart) a la vez que colaboran para alcanzar un objetivo global. Este sentido de comunidad es el componente que le faltaba a McCandless y aunque la película le permite un final digno es evidente que Sean Penn reconoce los riesgos del quijotismo.

CAMINO SALVAJE
(Into the Wild)
Dirección: Sean Penn; Guión: Sean Penn, basado en el libro de Jon Krakauer; Producción: Sean Penn, Art Linson, William Pohlad; Fotografía: Éric Gautier; Música: Michael Brook, Kaki King, Eddie Vedder; Edición: Jay Lash Cassidy; Elenco: Emile Hirsch (Christopher McCandless), Marcia Gay Harden (Billie McCandless), William Hurt (Walt McCandless), Jena Malone (Carine McCandless), Catherine Keener (Jan Burres), Vince Vaughn (Wayne Westerberg), Kristen Stewart (Tracy Tatro)
EE.UU., 2007, 147 min.

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