Cañitas
Por Marco González Ambriz
Lo único que se podía esperar de una película basada en el caso Cañitas era que no escatimara el humor involuntario. Esto parece confirmarse con los créditos iniciales (“High Level Films”, ¿una división de Productos de Alta Calidad, S.A.?) pero las carcajadas que uno está dispuesto a soltar ante el cuento chino inventado por Carlos Trejo pronto se disipan, y no porque Cañitas sea inesperadamente buena, más bien porque nunca se aparta de una apacible mediocridad. Su corta duración evita que uno se aburra demasiado, pero el peor defecto de lo que pudo ser un nuevo clásico del kitsch autóctono, es que se queda al nivel de cualquier episodio macuarro de Lo que la Gente Cuenta y nada más. Así no se vale.
Sin duda es una vergüenza que esta película haya contado con financiamiento público a través de FIDECINE pero eso es algo que no le aporta ni le quita nada a su contenido. A lo mejor los funcionarios encargados de repartir el pastel pensaron que ya era hora de apoyar una producción netamente populachera, con posibilidades reales de ser vista por un público considerable y no sólo por el círculo de amigos del director, como suele suceder en nuestro país. Igual y no se fijaron en qué se estaban gastando el dinero (al fin que ni es de ellos), o lo hicieron nomás “para ver qué se siente”, el caso es que invirtieron fondos públicos en algo que estaba destinado a ser un bodrio desde que a Carlos Trejo se le ocurrió que sería un buen negocio hacerse pasar por experto en fantasmas y se sacó del fundillo una historia macabrona para justificarlo.
Juan Pablo Medina y Francesca Guillén en Cañitas
De por sí, el cine de terror “basado en hechos reales” nunca ha dado buenos resultados. El ejemplo más célebre, The Amityville Horror, dejó varias secuelas y un remake reciente, pero esto se debió a que su aparición coincidió con la moda del horror cinematográfico que también impulsó la serie Friday the 13th. En los 80 cualquier premisa podía servir para una serie de terror de al menos cuatro películas. Además, el relato de The Amityville Horror tuvo la fortuna de transcurrir en una casa cuyo diseño tenía algo de inquietante, situación totalmente fortuita que sirvió para distinguir este cuento de entes diabólicos de la competencia. El único mérito de Cañitas fue trasladar a México las situaciones básicas de este tipo de relatos, sin contribuir en nada a la añeja tradición de las residencias embrujadas.
Por eso la película es tan monótona. Una vez descartada la idea de que estamos ante una recreación de acontecimientos verídicos sólo queda fijarse en los efectos especiales, que son de una pobreza enternecedora, en las indistintas actuaciones de su elenco juvenil y en el lenguaje visual elegido por el director Julio César Estrada. Las travesuras del ente que atormenta a la familia Trejo se reducen a una colección poco impresionante de ventanas que se rompen, puertas que se azotan, sangre artificial que no llega al gore, sonidos extraños, voces espectrales y fugaces vistazos de un demonio hechizo, cuya timidez cabe atribuir a su horrible rostro: una máscara de hule como las que usan los niños para pedir su calaverita.

Mariana Ávila en Cañitas
Los menos culpables de lo que pasa en Cañitas son los actores. El guión no les da mucho con qué trabajar y la pretendida veracidad del relato les impide soltarse el pelo y ponerse melodramáticos, algo que sería poco creíble pero sí más divertido que el representar a personas normales que de repente se encuentran con un espíritu maligno que no hace nada interesante. La única que tiene la oportunidad de exagerar un poco es Francesca Guillén, debido a que su personaje es una deschavetada que se cree todo lo que le dicen los charlatanes que le echan las cartas y le recomiendan amuletos milagrosos. Los otros actores están obligados a mantener un perfil bajo, incluyendo a Armando Hernández en el papel del propio Carlos Trejo, por lo que su heroísmo de última hora es poco convincente. Sólo René Campero es memorable y eso porque le tocó hacer el papel de Madame Zazú.
Para reforzar la idea de que esto es una historia real, el director Julio César Estrada decidió filmar con cámara en mano, recordando los preceptos del cinema verité, por lo que la imagen nunca se está quieta. Hasta para mostrar la conversación más sencilla se usan barridos y sacudidas. El zoom cambia constantemente, dando la impresión que el fotógrafo Estaba aprendiendo a usar la cámara. Todo es inútil. El estilo de Cañitas nos remite al cine de terror chafa de los 80, sin poder generar en ningún momento una atmósfera adecuada, ni siquiera cuando los personajes visitan un cementerio o recorren una casa en penumbra. Como no da mello, Cañitas quedará como una mera curiosidad en el mini-renacimiento que está teniendo el género del horror en México, con películas como Km 31 y Hasta el Viento Tiene Miedo, pero también con series de televisión como Línea Nocturna o M13dos. Eso era previsible. Lo malo es que tampoco sirve para reírse.
CAÑITAS
(Presencia)
Dirección: Julio César Estrada; Guión: Gabriel González Meléndez, Xavier Robles, basado en la imaginación de Carlos Trejo; Producción: Estrella Medina Escamilla; Fotografía: Arturo de la Rosa; Música: Eduardo Gamboa; Edición: Óscar Figueroa; Elenco: Armando Hernández (Carlos Trejo), Mariana Ávila (Sofía), Francesca Guillén (Norma Trejo), Juan Pablo Medina (Fernando), Felipe Colombo (Emanuel), Juan Carlos Colombo (pastor Lara), René Campero (brujo), Fernando Luján, Angélica Aragón, Roberto Sosa (taxista)
México, 2007, 88 min.
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