Revista Cinefagia

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En el país de los cinéfilos, el cinéfago es rey

XXY

A los aficionados al cine de arte les gusta pensar que están por encima del sensacionalismo de las películas comerciales. La realidad los desmiente. En el ambiente enrarecido de los festivales y los cineclubes apelar al morbo del espectador siempre rinde frutos, tal como se puede comprobar enumerando cintas cuyo éxito se debe únicamente a que tocan temas escabrosos: Boogie Nights, Batalla en el Cielo, Baise-Moi, Funny Games, etc. Podría temerse algo similar de XXY, que narra la historia de un hermafrodita adolescente. Por suerte la directora debutante Lucía Puenzo apuesta por la discreción.

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Por lo general los cineastas que abordan este tipo de temas nunca van más allá de maravillarse ante su propia audacia. Tan ocupados están en congratularse por su valentía, mientras le aseguran al espectador que no se equivocó al confiar en alguien tan culto y sensible para explorar realidades incómodas, que se les olvida a lo que vinieron y permiten que en la pantalla prevalezca un esquematismo tan grosero como el de Hollywood. El mayor acierto de Puenzo es acentuar la normalidad de sus personajes. Alex (Inés Efron) es ante todo una adolescente en proceso de encontrar su identidad, etapa que todos hemos atravesado y que por lo tanto se convierte en una clave para entender al personaje como algo más que un fenómeno de circo. La intersexualidad de Alex es un componente adicional en un proceso que es difícil para cualquier persona, por lo que XXY podría fácilmente devenir una metáfora sobre la marginalidad gay en un mundo hetero, o la condición subalterna de las mujeres, particularmente las adolescentes.

Eso haría de XXY un panfleto poco interesante, con una moraleja políticamente correcta de fácil digestión para el público que frecuenta las salas de arte y ensayo. Por eso es tan interesante la ambigüedad de la película. Negándose a suscribir el victimismo que predomina en la izquierda, los protagonistas de XXY pueden ser tan egoístas como cualquiera de nosotros y eso impide reducirlos al nivel de alguien que merece nuestra compasión. En su confusión Alex puede agredir a su mejor amigo Vando, sin que podamos saber si él lo merecía, o seducir intempestivamente a Álvaro, el hijo también adolescente de un cirujano plástico que visita a su familia con la intención evidente de preparar el terreno para una operación correctiva. El egoísmo de Kraken (Ricardo Darín), el padre de Alex, es más insidioso en cuanto oculto tras sus buenas intenciones. Tanto se ha preocupado en proteger a su hija de los que podrían verla sólo como un caso clínico que ha olvidado preguntarle qué es lo que él/ella desea ser.

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XXY es una película construida a base de silencios, de gestos mínimos que no permiten confirmar las sospechas que uno tiene sobre los verdaderos motivos de estas personas. Alex parece equivocarse sobre la sinceridad de Álvaro, en particular al momento de despedirse, y sin embargo uno puede preguntarse si lo que atrae al chico no es la novedad, a una edad en la que él mismo está explorando su sexualidad, sobrellevando una figura paterna poco comprensiva. El hecho de que uno tenga al final tantas dudas como al principio indudablemente será molesto para los espectadores acostumbrados a que las películas que tocan temas “relevantes” deben tener una resolución clara. Esta elisión, ya presente en los diálogos y en el desarrollo de la trama, se extiende al mensaje de la película, tan incognoscible como la vida interior de Alex.

A los pensamientos de Alex sólo se puede acceder mediante los dibujos que hace en un cuaderno, o a través de las muñecas modificadas que conserva en su habitación. Hedwig and the Angry Inch y Ma Vie en Rose, por mencionar cintas de temática similar a la de XXY, buscaban ilustrar el punto de vista de sus protagonistas con todos los recursos visuales del cine: escenografía, animación, música. Lucía Puenzo no pretende saber qué quiere Alex mejor que él, en consecuencia el lenguaje que emplea es decididamente naturalista, el espectador está obligado a escudriñar su comportamiento sin tener la certeza de poder descifrarlo. La única excepción es la escena donde Alex y Alvaro pasean por la playa y la banda sonora se llena con la misma canción que ellos escuchan. Es un momento fugaz que permite entrar en el estado de ánimo de Alex sólo para recordarnos la imposibilidad de aprehenderlo. Esta estrategia podría implicar un riesgo, el distanciamiento puede conducir a la indiferencia. La mejor prueba de que esto no sucede es la secuencia donde un grupo de pescadores sorprende a Alex sola en la playa, desde que se acercan a ella uno teme lo que puede pasar.

Sin duda la actuación de Inés Efron es esencial para que Alex sea un personaje convincente. Vulnerable en una escena, hosco en la siguiente, la misma opacidad que hace de Alex una protagonista tan interesante también la hace presa fácil para un taller de actuación, una exhibición de técnica para disimular el hecho de que el intérprete no supo construir al personaje. Este no es el caso en XXY. Inés Efron domina los impulsos centrífugos de Alex y los encauza de manera que comuniquen un individuo ambivalente. La atención se centra en Efron pero también hay que mencionar el trabajo de Ricardo Darín y Martín Piroyansky. Ambos deben transmitir emociones soterradas, incómodas para Kraken, inesperadas para Alvaro, en el mismo tono apagado que mantiene la película, expresar con claridad lo que piensan sería tanto como traicionar la oblicuidad del conjunto.

XXY
Dirección: Lucía Puenzo; Guión: Lucía Puenzo, basado en el cuento Cinismo de Sergio Bizzio; Producción: José María Morales, Luis Puenzo; Fotografía: Natasha Braier; Música: Andrés Goldstein, Daniel Tarrab; Edición: Hugo Primero, Alex Zito; Elenco: Inés Efron (Alex), Ricardo Darín (Kraken), Martín Piroyansky (Álvaro), Valeria Bertuccelli (Suli), Germán Palacios (Ramiro), Carolina Pelleritti (Erika), Luciano Nóbile (Vando)
Argentina, 2007, 86 min.

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