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En el país de los cinéfilos, el cinéfago es rey

Soy Leyenda

Me falta ver la otra reciente con Mark Dacascos (I Am Omega), pero de las cuatro versiones cinematográficas de la novela de Richard Matheson, igualmente titulada I Am Legend, la protagonizada por Will Smith debe ser la más atractiva visualmente pero también la más tonta, o si se prefiere la menos complicada. De eso yo le echo la culpa a Akiva Goldsman, pésimo guionista de exitosa carrera en Hollywood (sus crímenes incluyen Batman y Robin y El Código Da Vinci), quien participa aquí en el libreto y en la producción. Sólo así se explica una película que durante una hora plantea una serie de cosas y luego se dedica a contradecirlas en los últimos treinta minutos.

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A decir verdad, los créditos de Soy Leyenda admiten que su guión se basó en el de The Omega Man, la segunda versión que estelarizara Charlton Heston en 1971. Ambas cintas tienen un arranque muy similar, con tomas panorámicas de una ciudad desierta, en este caso Nueva York, que cambian al nivel de la calle para mostrarnos un auto deportivo que el héroe conduce a toda velocidad, sorteando los otros vehículos que obstruyen su camino. Sobra aclarar que el tipo en cuestión es Robert Neville (Will Smith), tal vez el único sobreviviente de una cura para el cancer que se convirtió en la peor epidemia en la historia de la humanidad, matando rápidamente al 90% de la población mundial, convirtiendo a otro 9% en mutantes carnívoros que no toleran la luz solar y con apenas el 1% restante gozando de inmunidad, que de poco les sirve ya que el declive de la sociedad los hace presa fácil para los cazadores nocturnos.

Soy Leyenda inicia tres años después de que la epidemia arrasara con la civilización, con Neville a punto de enloquecer mientras busca desesperadamente una cura en el laboratorio instalado en su sótano. Tanto The Omega Man como The Last Man on Earth, la primera adaptación de la novela filmada en 1964 con Vincent Price en el papel principal, nos mostraban la rutina cotidiana de este único sobreviviente, dejando para después las explicaciones mediante flashbacks. El relato de Soy Leyenda es precedido por una breve entrevista televisiva con la doctora responsable de la enfermedad, a manera de prólogo, donde se proporciona la información indispensable para entender de qué va la historia, a continuación vemos a Will Smith tratando de cazar a los venados salvajes que ahora pasean por Manhattan, así como un aterrador encuentro con los mutantes, hasta que finalmente los recuerdos del personaje nos ponen al tanto de cómo llegó a estar aislado en Nueva York, realizando una investigación que ya parece inútil.

Si todo esto parece demasiado inteligente para el nivel promedio de las superproducciones de Hollywood es porque, en efecto, conforme pasa el tiempo el espectador acumula dudas que el guión nunca se molesta en contestar. Por ejemplo, si Neville tiene el conocimiento para encontrar una cura y además de coronel del ejército es una figura reconocida de la ciencia médica, ¿no sería más lógico que investigara en un sitio más adecuado, como las instalaciones del Centers for Disease Control and Prevention, que el gobierno norteamericano mantiene al este de Atlanta? Es curioso que las dos versiones ya mencionadas, que datan de hace décadas, tengan una visión más acertada del método científico que esta producción de 2007. En ellas Charlton Heston y Vincent Price también eran expertos en enfermedades contagiosas pero al menos quedaba claro que sin los recursos necesarios sus experimentos se volvían más difíciles. Will Smith, en cambio, es tan fregón que él solito puede manejar un sofisticado laboratorio epidemiológico y hasta le da tiempo de aprenderse de memoria los diálogos de Shrek (les dije que se estaba volviendo loco).

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Durante la primera hora de proyección este tipo de detalles se le perdonan a la película porque la visión que ofrece de Nueva York tras un cataclismo es impresionante, las apariciones de los mutantes nocturnos son efectivas (a pesar de que los efectos especiales no tengan el nivel que uno espera en un producto tan caro) y porque Will Smith ya es uno de los actores más queridos del orbe, con un carisma que nos hace olvidar los defectos que pueda tener la cinta. Bueno, hasta cierto punto, porque por muy entretenida que sea esta sección Soy Leyenda se empieza a hundir con la aparición de dos personajes nuevos. No voy a contar lo que pasa para no echarles a perder el final a quienes no la hayan visto, sólo voy a mencionar que una de estas personas es una brasileña que habla inglés a la perfección y que sin embargo jamás ha oído hablar de Bob Marley, por lo que Will Smith se avienta tremendo choro para explicarle quién era este cantante y por qué se identifica con su ideología. Hay además una discusión teológica como de primero de primaria, donde la pluma de Akiva Goldsman borra de la memoria del espectador todo lo bueno de Soy Leyenda para reemplazarlo con una moraleja babosa.

Es curioso que de las cuatro adaptaciones fílmicas sea ésta la que retenga el nombre de la novela original, cuando es justamente la que se toma mayores libertades con el trabajo de Richard Matheson. Tal vez el guión escrito por Mark Protosevich pensando en Arnold Scharwzenegger y Ridley Scott respetara el relativismo moral de la novela, elemento que en mayor o menor medida está presente en las otras versiones. Por eso decía al principio que esta película se contradice al final, seguramente por obra y gracia del mediocre Akiva Goldsman. Durante largo rato el guión incluye pistas que apuntan a que Neville se ha equivocado en algo crucial. Según sus notas los mutantes han perdido toda capacidad de raciocinio y sin embargo entre ellos destaca un macho que parece capaz de organizar a los demás y planear trampas en contra de su principal enemigo. Esto prepara el camino para una revelación que invierte los términos de la historia, que era lo más importante de la novela de Matheson y que por ser difícil de asimilar para el público que simpatiza con Will Smith fue desechado en favor de un simbolismo religioso menos grotesco que el de The Omega Man pero igual de torpe. De hecho, para justificar el título fue necesario concluir con un epílogo idiota, para transmitir el mensaje opuesto al de la novela. Si los productores hubieran tenido el valor de filmar una historia más apegada a lo que imaginó Richard Matheson Soy Leyenda sería realmente memorable. Tenían el presupuesto y el actor indicados, sólo que les pareció más fácil, o rentable, transformar la película en propaganda religiosa.

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