La Fuente de la Vida
A veces parece que a los críticos de cine los inventó Ionescu. Primero se quejan de que todas las películas son iguales, acusan a los guionistas de repetir ideas ajenas y a los directores de tener un escaso sentido estético, exigen cintas con temas profundos, etc. Más tarde, cuando gente como David Lynch o Peter Greenaway hace justamente eso, explorando terrenos que en el cine siguen siendo incógnitos (aunque en la literatura ya estén bastante transitados) los mismos críticos protestan porque “la película está muy rara”, “no se entiende nada”, “le concede demasiada importancia al aspecto visual” y así por el estilo. ¿Quién los entiende? Por eso era previsible la perplejidad de esos señores ante el más reciente trabajo de Darren Aronofsky.
Así como alabaron Réquiem por un Sueño, que ocultaba tras una deslumbrante fachada una moraleja más bien simplona -”las drogas destruyen”-, ahora muchos críticos no saben cómo reaccionar ante una historia que combina tres líneas narrativas sin detenerse a explicar cuál de ellas es “real”. Así, algunos comentaristas suponen que sólo el relato contemporáneo debe entenderse como “verdadero”, en el que Tom Creo (Hugh Jackman), especialista en oncología, trata de encontrar una forma de curar a su esposa Izzi (Rachel Weisz). La relación entre ambos se ha deteriorado debido a que Tom dedica todo su tiempo a la investigación, mientras que Izzi ha aceptado lo inevitable y trabaja en una novela que será póstuma. En dicha novela, y aquí es donde entra la discusión sobre si el contenido de la misma es “real” o no, el conquistador español Tomás (Jackman, de nuevo) busca en Nueva España la legendaria Fuente de la Eterna Juventud por órdenes de la Reina Isabel (Weisz), quien de esta forma espera limpiar a su patria del fanatismo religioso que la ha infectado.
A lo largo de la película hay numerosas referencias al texto de la novela, con lo que Aronofsky aparentemente la plantea como ficción, y sin embargo hay instantes en los que ambas líneas argumentales se encadenan mediante una cuidada puesta en escena. Por ejemplo, el momento en el que Tom entra en su hogar y al pasar frente al cuadro que representa un templo maya (y que en otra parte de la película sirve como escenario para la búsqueda de Tomás) un ave tropical atraviesa fugazmente el campo visual del espectador. También es idéntico el recurso de girar la cámara 180 grados para acompañar a su protagonista en una carrera frenética hacia la posible salvación de su amada, con Tom en su auto dirigiéndose a la ciudad y minutos después Tomás cabalgando hacia un atentado contra la vida del sanguinario Inquisidor. Pasando a la tercera parte del relato que transcurre en el siglo 26, donde Tommy viaja en una burbuja hacia la estrella que los mayas llamaban Xibalbá, acompañado por un árbol moribundo, se le puede integrar al relato principal si aceptamos que también forma parte de la ficción iniciada por Izzi, el tema es el mismo y las claves que lo ligan con los otros dos segmentos son igual de frecuentes.
Se puede discutir qué tan real es cada uno de estos planos narrativos, lo que está fuera de toda discusión es cuál es el mensaje que Aronofsky quiere transmitir, de ahí mi sorpresa ante las continuas advertencias de los críticos, incluyendo a los que la recomiendan La Fuente de la Vida, en el sentido de que el público debe estar preparado para pensar mucho si quiere comprender la película. Más allá de la discusión sobre la cualidad ontológica de cada segmento, el discurso de Aronofsky está más que claro. Hay una patente identificación entre los protagonistas de cada pieza, evidente en el caso de Tom / Tomás / Tommy dada su renuencia a aceptar el destino, más sutil pero no menos obvia en Izzi / Isabel / el árbol en la burbuja. Cuando la reina llama a Tomás y le encomienda la búsqueda de la Fuente de la Eterna Juventud aparece escondida por una celosía que remeda hojas (lo que la une con el árbol) y en todo momento escribe a mano en un pergamino desplegado frente a ella en un atril (rasgo de Izzi), para más señas menciona que “todavía no está lista para morir”. Otra importante pista es la forma en que Jackman, en cualquiera de sus personajes, siempre es fotografiado en medio de un círculo rodeado de cuantiosas fuentes de luz (velas en el pasado, luz artificial en el presente, estrellas en el futuro).
Que el tríptico tenga una explicación literal (las escenas en los siglos XVI Y XXVI serían sólo partes de la novela de Izzi), simbólica (el tránsito del pretérito al porvenir detalla la evolución de la pareja principal) o alegórica (la preocupación por la muerte como una constante en la historia de la humanidad) es lo de menos. En realidad el mensaje de La Fuente de la Vida es tan sencillo como el de Requiem por un Sueño, sólo que en esta ocasión Aronofsky prescinde de la referencia fácil a una problemática contemporánea y decide plantear un tema más universal. Si a fin de cuentas su discurso es poco novedoso, limitándose a aceptar la muerte como una parte fundamental del ciclo de la vida, hay que considerar que Aronofsky trabaja en un medio que nunca ha podido igualar la abstracción de la palabra impresa (Eisenstein soñó con hacerlo, sus herederos ignoraron el problema). Así como no hay una sola película que pueda competir en complejidad narrativa con una buena novela, todavía estamos esperando la cinta (corto o largometraje, no importa) que sea capaz de plantear las aporías que desde hace siglos tienen a los filósofos quebrándose la cabeza.
Aronofsky admite que La Fuente de la Vida no dice nada nuevo al citar las creencias de los mayas y mezclarlas con el misticismo oriental. Su aportación está en el aspecto formal de la cinta, en el cuidado con el que conjuga los elementos, que en otras manos podrían ser repetitivos, hasta lograr una innegable armonía, con una puesta en escena siempre elegante, que antepone siempre lo estético a lo meramente narrativo (cfr. la pelea entre mayas y españoles al inicio). Tanto la edición como los efectos especiales son más orgánicos que en otras cintas similares, incluyendo las del propio Aronofsky. El montaje es más pausado que en Requiem por un Sueño, cual corresponde a una historia que concierne a una vida que se extingue, y para recrear el arribo a Xibalbá se omitieron las computadoras, dándole un aspecto más tangible a las imágenes. Esto es más admirable si se considera que el presupuesto de la película se redujo a menos de la mitad antes de que arrancara el rodaje, donde probablemente salió ganando Aronofsky fue en el cuadro de actores, donde Hugh Jackman y Rachel Weisz hacen un excelente trabajo en papeles que les exigen matices contrastantes de una escena a otra, esencialmente interpretando cada uno a tres personajes distintos, si bien pueden verse como aspectos de una misma persona. No estoy seguro de que los actores que estaban previstos, Brad Pitt y Cate Blanchett, lo hubieran hecho tan bien como Jackman y Weisz. Blanchett, en particular, me parece una actriz demasiado fría para interpretar a Izzi.

No son tres historias simultaneas, sino una misma vista desde tres perspectivas:
-La del mundo físico en la que la mujer se muere de cancer y el marido lucha por encontrar la cura.
-La del libro que escribe la mujer, que es una metafora de su propia vida en la que el cancer es la inquisición y el arbol de la vida es la cura.
-La de el Alma del marido, que es contemporanea, pero vista desde el mundo espirirual, en el que el arbol muriendose es el cancer y la estrella Xibalba es la cura.
La mujer enuentra la iluminación y el hombre también, y rompen su ciclo de renncarnaciones porque su alma se ha completado para pasar a un nivel superior tras muchas vidas reencarnandose como almas gemelas quedando marcado en los multiples tatuajes del alma del hombre. Al explotar la estrella se rompe el ciclo de reencarnaciones, ya que esta es el lugar donde reencarnaban las almas en la cultura maya.
Lo de el siglo XXVI no puede ser porque la estrella la ve el prota explotar en el “mundo fisico” (siglo XXI)