Por Marco González Ambriz

El cine de psicópatas y asesinos seriales ha sido poco practicado en México a pesar de que la nota roja tiene un papel importante dentro de nuestra cultura popular. Las tendencias melodramáticas de nuestra cinematografía se adaptan mal al verismo psicológico de algunos ejemplos foráneos (Henry: Portrait of a Serial Killer) y la falta de práctica en la otra vertiente importante del género, la policiaca (El silencio de los inocentes), no ayudan a que este tipo de historias se filmen en México, pese a casos recientes como el de la Mataviejitas. Dulces compañías es una excepción.

La película de Óscar Blancarte se interesa más por la psicología del anónimo asesino (Ramiro Huerta, más conocido ahora por su participación en la telenovela Amor en Custodia) que por cualquier investigación que tenga por objeto capturarlo. La posibilidad de que sea buscado por la policía jamás se menciona. De esta forma Dulces compañías se enfoca exclusivamente en el encuentro de este sujeto con un par de víctimas potenciales. La primera es Nora (Ana Martin), una apocada maestra de geografía que lo levanta para llevarlo a su departamento, seleccionándolo entre los chichifos que practican su profesión bajo un puente.

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No bien llegan al departamento de Nora, amplio y decorado con la cursilería propia de una aficionada a la astrología, el tipo empieza a comportarse de manera sospechosa. Primero le recuerda a Nora que es muy peligroso invitar a un desconocido a su casa. A continuación pone pretextos cada vez que la mujer se le acerca para consumar el servicio que ella había comprado (“yo no puedo así nada más, como los animales”), dando órdenes como si él fuera el dueño del departamento (“dame un café”, “platícame algo”). Nora comete el error de cerrar la puerta con llave y en su calentura pronto pierde el control de la situación, mientras las actitudes del tipo se vuelven cada vez más amenazantes.

A lo largo de unos cuarenta minutos Nora se revela como una mujer demasiado huidiza para intentar algo en contra de su invitado. Durante toda la noche el presunto chichifo la humilla, la obliga a contarle su pasado mientras él menciona algunos detalles que lo ubican como marino ocasional, preso intermitente y huérfano con profundos trastornos provocados por la ausencia de una familia estable. Nora ofrece a cambio detalles que, sin que ella lo note, sólo sirven para agudizar la paranoia de su captor, que ocasionalmente pierde la compostura y hasta llora recordando alguna etapa de su vida.

La película está basada en dos piezas del malogrado dramaturgo Óscar Liera, por lo que la acción transcurre casi por completo en un solo escenario y con apenas dos protagonistas por segmento. Por lo general siempre se intenta “abrir” las obras de teatro que son adaptadas al cine, añadiendo secuencias en exteriores para evitar la sensación de asfixia que puede generar una película que se mantiene encerrada entre cuatro paredes. En el caso de Dulces compañías se incluyen breves escenas donde el psicópata recorre algunas calles de la Ciudad de México, así como fugaces flashbacks o ensoñaciones que transportan a los personajes más allá del departamento para mostrar fragmentos de su pasado, como las visitas que hace Nora a algún antro de strippers debidamente disfrazada con una peluca roja. Sin embargo, esto no disminuye la creciente claustrofobia del relato, lo cual concuerda con lo que se quiere narrar aunque a algunos espectadores pueda resultarles pesado.

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Como dije al principio, Dulces compañías no es una película de suspenso. Desde que el tipo entra al departamento y empieza con sus advertencias está claro que el desenlace tiene pocas posibilidades de ser favorable para los huéspedes. Nada mejor para ilustrar esto que el papel que juegan los espejos en la puesta en escena. Podría suponerse que éstos permitirían ampliar el espacio, cancelar el encierro, multiplicar el número de personas al interior del departamento. Pero al estar sucios, rotos, o al reflejar la mirada del enloquecido chichifo, los espejos se convierten en agua estancada, donde los personajes terminarán ahogándose.

En sus dos primeras películas, Que me maten de una zez y El jinete de la Divina Providencia, Blancarte había roto la estructura tradicional del largometraje sobrecargándola de anécdotas, acumulando incidentes trágicos o graciosos, con la espontaneidad carnavalesca de las narraciones populares. Dulces compañías revierte esta tendencia reduciendo al mínimo las locaciones y el número de personajes. La trama se presta para ello sin que Blancarte resista la tentación de incluir momentos de ruptura, que van desde el irreverente espectáculo de títeres montado por Samuel, ya en la segunda parte de la película, hasta los flashbacks ya mencionados, pasando por un prólogo donde el Distrito Federal se refracta en las ventanas de sus rascacielos, mientras en la calle un mendigo le pide a su ángel de la guarda que no lo desampare ni de noche ni de día.

La ironía del título no disminuye en el segundo episodio, a pesar de que el creador de marionetas Samuel (Roberto Cobo) tenga más arrestos que Nora. Samuel se rehúsa a que su invitado le dé órdenes en su casa, se rehace rápidamente cuando lo asaltan para exigir la devolución de su dinero, conserva la calma y tiene siempre la opción de escapar. Su punto débil es la vanidad, sucumbe a los halagos del joven con el que esperaba acostarse. El desenlace tiene puntos en común con el destino de Nora pero Samuel conserva hasta el final una cierta dignidad, manifestada en la fantasía donde él navega a través del universo. Este segundo episodio evita uno de los pocos pasos en falso del encuentro con Nora, que son las escenas violentas que se muestran en televisión y que apuntan a una relación causa-efecto demasiado obvia para la ambigüedad de la cinta. A fin de cuentas, es este mismo gusto por la incertidumbe lo que convierte a Dulces compañías en una interesante aportación a la psicopatología cinematográfica.

DULCES COMPAÑÍAS
Dirección: Oscar Blancarte; Guión: Oscar Blancarte, basado en las obras de teatro Un misterioso pacto y Bajo el silencio de Oscar Liera; Producción: Jorge Rubio; Fotografía: Jorge Suárez Coellar; Música: Oscar Reynoso; Edición: Oscar Figueroa; Elenco: Ramiro Huerta (el tipo), Ana Martin (Nora), Roberto Cobo Calambres (Samuel)
México, 1995, 95 min.