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En el país de los cinéfilos, el cinéfago es rey

La maldición de la flor dorada (Curse of the Golden Flower)

He leído comentarios sobre esta película donde sus autores se quejan de que la historia es débil, aunque admiten que visualmente lo que aparece en pantalla es asombroso. Suponiendo que eso sea cierto, ¿cuál es el problema? Peter Greenaway tiene toda la razón cuando dice que el cine nunca alcanzará su potencial mientras no se emancipe de la tiranía del texto. El primer paso para conseguir eso será admitir que en este arte lo visual y lo auditivo tienen un peso específico mayor que lo narrativo o discursivo. La única cinta que yo recuerde que ostenta un colorido similar es la hindú Devdas, razón suficiente para disfrutar esta joya de Zhang Yimou. Pero además La Maldición de la Flor Dorada cuenta con un sólido libreto que une superlativas secuencias de acción, narra una fascinante intriga palaciega y nos remite a un pasado remoto con valores casi incomprensibles para el público actual. En resumen, esta cinta es todo lo que 300 quiso ser y no pudo.

Mientras que en su anterior Héroe Zhang Yimou le permitió a su fotógrafo Christopher Doyle trabajar cada secuencia a partir de un color distinto, en La Maldición de la Flor Dorada las escenas que suceden dentro de la Ciudad Prohibida, que son la mayoría, parecen muestrario de pintura. Zhao Xiaoding reúne en cada imagen todos los colores imaginables, con un ligero predominio del dorado, en una explosión de matices que amenaza con deglutir a las figuras humanas que los habitan. Cada columna, cada pared, cada centímetro cuadrado de tela abarca una gama de colores que en otras cintas no se pueden ver juntos ni por error. El exceso calideoscópico de la corte imperial china desborda cualquier intento de realismo. Imposible pensar que lo que aparece en pantalla es una recreación fiel de los decorados y vestimentas usados en la dinastía Tang.

Como La Maldición de la Flor Dorada no es, de ninguna manera, una cinta de reconstrucción histórica, la embriagante opulencia visual con la que Zhang Yimou asalta al espectador debe entenderse como una dádiva. Para proyectar una obra de teatro ambientada en la China de los años 30 del siglo XX mil años hacia el pasado, hasta el mismo pretérito mitológico de Héroe y La Casa de los Cuchillos, no era necesario recargar tanto la escenografía. Los abundantes tintes trágicos y melodramáticos de la historia dejan muy claro que el naturalismo no tiene cabida en una historia que incluye incesto, frecuentes intentos de regicidio, romances secretos y un desenlace que recuerda a las tradicionales tragedias de venganza del teatro isabelino, como de The Spanish Tragedy, de Thomas Kyd, o la más conocida Hamlet.

Puede sonar raro hablar de dramaturgia inglesa a propósito de una intriga palaciega ubicada en la dinastía Tang, pero La Maldición de la Flor Dorada reúne (casi) todos los elementos característicos de la revenge tragedy. Un gobernador benévolo debe ser asesinado por órdenes de uno malvado, en este caso la emperatriz que es envenenada por órdenes de su consorte. Aquí hay dos personas que planean una venganza, una de ellas es la emperatriz que busca castigar al hombre que la asesinó y la otra una mujer que regresa de entre los muertos con el mismo objetivo. El estoicismo de ambas es sólo un medio para alcanzar su meta, con sangrientos resultados a medida que su oponente toma las medidas que considera necesarias para proteger su posición. Hay una explosión final de violencia en la que muchos sucumben, pero no una catástrofe generalizada que acabe con todos los personajes.

Lo interesante aquí es cómo La Maldición de la Flor Dorada adapta esta estructura al confucianismo de la época que retrata. El ideal del imperio chino como una gran familia donde todos sus integrantes, desde el emperador hasta el más humilde campesino, tenían un papel asignado es el lecho de Procusto que aflige a los personajes. El énfasis que Zhang Yimou pone en los rituales del palacio pueden parecer exagerados, pero sirven para limitar las acciones de personas que a primera vista parecen disponer de entera libertad para actuar a su libre arbitrio. Cuando vemos que ni siquiera el príncipe heredero se salva de ser espiado y amenazado en la persona de su amante, se comprende que los gobernantes estaban sujetos a tantas regulaciones que difícilmente podían hacer lo que quisieran. La película abre y es interrumpida regularmente por sirvientes que anuncian la hora del día y los preceptos que marca la tradición. Asimismo, buena parte del metraje está destinado a una descripción casi fetichista del funcionamiento de la Ciudad Prohibida.

Como en muchas tragedias de venganza, la historia tiene visos de crítica social. La delgada línea que separa al apego a la ley de la tiranía es aquí personificada por el Emperador, que en nombre del Mandato del Cielo comete toda suerte de crímenes. Menos seguro de la bondad innata de la rebelión que otros cineastas, Zhang Yimou se permite ser pesimista. Aun si la conjura tiene éxito nada indica que esto signifique el arribo automático de gobierno más justo. Si Héroe se resolvía con el sacrificio en aras del bien común, en La Maldición de la Flor Dorada la sensación de futilidad está más presente. Al final el derramamiento de sangre no parece haber servido de nada, todos pierden y el mejor librado apenas puede resarcir su orgullo.

Las escenas de artes marciales tienen características similares a las de Héroe y La Casa de los Cuchillos. Son igualmente vistosas pero nunca sobrepasan a la trama o las actuaciones. Zhang Yimou se interesa más por su efecto estético que por la mecánica de sus movimientos. Las peleas no tienen la extensión ni son tan minuciosas como las de clásicos setenteros como Invincible Shaolin o Eight-Diagram Pole Fighter, donde directores como Lau Kar-leung y Chang Cheh maravillaban al público detallando cada ataque y bloqueo, poniendo especial atención en las armas exóticas. La Maldición de la Flor Dorada llega a su clímax con varias escenas donde los golpistas, de armadura dorada, enfrentan a la guardia imperial y a los asesinos del emperador, que visten de plateado y negro respectivamente. Antes de eso tenemos interludios igualmente espectaculares aunque más breves, en particular el enfrentamiento inicial entre el emperador y su heredero y, hacia la mitad de la cinta, el intento de asesinato de un nuevo gobernador, donde los atacantes convergen hacia su presa desde las paredes de los riscos que la rodean.

Entre los actores sobresalen, para sorpresa de nadie, Chow Yun-fat y Gong Li. El primero con un autocontrol que sólo se quebranta en las peores circunstancias e incluso entonces sólo parcialmente. La segunda, más frágil, sobrelleva su creciente demencia con la mayor dignidad posible, con un porte que oculta su lado más nihilista. No era nada fácil para los jóvenes integrantes del elenco alternar con estos consagrados, e incluso sus titubeos y excesos encajan con el exaltado a la vez que dubitativo tono general de la película.

Si esto es lo que podemos esperar de la industria cinematográfica de la China en las décadas por venir, sustentada en el mayor mercado interno del mundo, parece que lo más sensato será apresurarse a aprender mandarín, no vaya a ser que el todavía torpe sistema internacional de distribución nos prive de espectáculos semejantes o que, incluso en el mejor de los casos, nos los haga llegar a destiempo.

LA MALDICIÓN DE LA FLOR DORADA
(Curse of the Golden Flower)
Dirección: Zhang Yimou; Guión: Zhang Yimou, Bian Zhihong, Wu Nan, basado en la obra de teatro de Cao Yu; Producción: Bill Kong, Zhang Weiping; Fotografía: Zhao Xiaoding;
Música: Umebayashi Shigeru; Edición: Cheng Long; Elenco: Chow Yun-Fat (Emperador), Gong Li (Emperatriz), Jay Chou (Príncipe Jai), Liu Ye (Príncipe Wan), Chen Jin (esposa del doctor imperial), Ni Dahong (doctor imperial), Li Man (Chan), Qin Junjie (Príncipe Yu)
Hong Kong-China, 2006, 116 min.

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1 Comment

  1. Buenos dias.

    Navegando en la red, encontré este profesional espacio, me congratulo por ello.

    Sería imparcial si me pongo a comentar tu critica, solo quiero manifestarte mi asombro por nuestras coincidencias.

    Soy fanático incondicional de Gong Lí, este espacio lo he creado para homenajear su trabajo obra y persona.

    Me gustaria que me permitieras publicar tu critica en mi espacio, con tu debido credito y agradecimiento público.

    Muchas gracias.

    Luis B. Varela