Pisándole los talones a El Tercer Pecado en el subgénero del cine artístico pletórico de lambidas y machincuepas, llega ahora el segundo trabajo como director de John Cameron Mitchell, célebre por su Hedwig and the Angry Inch. Desde el principio queda claro que Mitchell irá más allá en lo que a sexo explícito se refiere, combinando imágenes de una pareja heterosexual poniéndole en varias posiciones, un joven que practica el deporte extremo de la autofelación y una punketa dominatrix que atiende a su cliente, con calambre incluido.
Son imágenes que en circunstancias “normales” quedan relegadas a las sex shops y a los recovecos más oscuros de internet, no a las salas de cine comercial. La intención de Mitchell es clara, saturando los primeros minutos de imágenes provocativas puede enfocarse durante el resto de la película en aquello que realmente lo interesa, que son los problemas existenciales de sus personajes, no necesariamente relacionados con el sexo. Hago lo propio destacando que además de las actividades recreativas ya mencionadas también aparecen en pantalla varias instancias de masturbación con juguetes y a mano limpia, un trío gay con todo y beso negro, una orgifiesta en su punto culminante y lo más perturbador de todo… unas gordas haciendo performance mientras un barbudo canta y se acompaña con una guitarra.
Tu Última Parada es una película con sexo y no de sexo. El chiste no es si hubo penetración, sino la forma en que ésta se integra a la historia. John Cameron Mitchell retoma uno de los temas que ya trató en Hedwig, que es el mundo de los outsiders, la situación de aquellos que no intentan escapar a su marginalidad, más bien buscan aclimatarse lo mejor posible a esa imposibilidad de llevar la vida “normal” que se espera de ellos. Por eso la opción de “curarse” ni siquiera se menciona, porque no están enfermos. Tu Última Parada está muy lejos del tremendismo démodé que todavía campea en gran parte del cine actual. Mitchell, con el mismo sentido del humor que ya exhibiera en Hedwig, sortea los tópicos que a veces conducen al cine gay al callejón sin salida del azote autocompasivo.
Raphael Barker y Sook-Yin Lee en Tu Última Parada
Shortbus es el nombre de un club cuyo dueño y maestra de ceremonias, Justin Bond (as himself) define como “los 60 sin el idealismo”. Se practica el sexo en grupo, las lesbianas se reúnen para intercambiar experiencias, hay ligue y un escenario donde pueden presentarse artistas que no encajan en el perfil de una galería o un museo, son músicos o vedettes que están mejor adaptados para actuar en las cloacas y en los burdeles. En ese lugar convergen los personajes que Mitchell eligió como protagonistas de su película y en cuya elaboración participaron los actores que los interpretan. Sook-Yin Lee es Sofia, una terapeuta sexual felizmente casada e infelizmente anorgásmica. Ella trata de racionalizarlo pero la angustia que esto le provoca es evidente para todos. James y Jamie (Paul Dawson y PJ DeBoy) son una pareja homosexual que está considerando dejar atrás la monogamia. Sin que Jamie lo sepa, James trabaja en un documental que puede significar el fin de la relación. Finalmente, Severin la punk no encuentra la manera de establecer lazos afectivos reales con nadie y acude a Sofia para ayudarla, solicitando al mismo tiempo su auxilio.
El afán de Mitchell por inducir un proceso creativo más incluyente hace que Tu Última Parada sea inferior a Hedwig and the Angry Inch. Las situaciones creadas por sus actores carecen de la fuerza que sí tenía la historia del transgénero frustrado. Las crisis existenciales de Sofia, de Severin, de James y Jamie, se acumulan sin llegar a nada, hasta que Mitchell repite el error de Paul Anderson en Magnolia y de Ryan Murphy en Recortes de mi Vida, que es suponer que si se unen tres líneas argumentales mediante el montejo paralelo el resultado necesariamente tendrá un gran impacto emocional. En manos de Darren Aronofsky en Requiem por un Sueño este recurso era la culminación de una excelente película, pero cuando las historias que se combinan no se sostienen por sí solas lo que aparece en pantalla es apenas un significante vacío.
Justin Bond en Tu Última Parada
No obstante, Mitchell es más apto que Anderson y Murphy para mostrar ciertas realidades. A diferencia de los irreconocibles monigotes de Magnolia, Shortbus está habitada por personas reales, es decir, con problemas inusuales a los que responden de forma ilógica. Es obvio que Sofia debe tener dificultades para gozar su sexualidad cuando su esposo le retuerce los pezones como quien sintoniza un radio moribundo o cuando ella misma practica el amor propio como si la masturbación fuera un deporte olímpico. La solución que ofrece Mitchell no es muy satisfactoria desde el punto de vista dramático, aunque lo sea para el personaje. Lo mismo pasa con la película, que llega a su clímax con una canción interpretada por Justin Bond, coreada por los asiduos del Shortbus. Sin duda, Mitchell y su equipo sintieron que ése era un final apoteósico para lo que querían decir. Es posible que lo haya sido para quienes participaron en el rodaje, para los que no tuvimos ese placer lo fragmentado de la trama impide compartir la alegría del desenlace.
TU ÚLTIMA PARADA
(Shortbus)
Director: John Cameron Mitchell; Guión: John Cameron Mitchell; Producción:
Howard Gertler, John Cameron Mitchell, Tim Perell; Fotografía: Frank G. DeMarco;
Música: Yo La Tengo; Edición: Brian A. Kates; Elenco: Paul Dawson (James), Lindsay Beamish (Severin), Sook-Yin Lee (Sofia), Raphael Barker (Rob), PJ DeBoy (Jamie), Peter Stickles (Caleb), Jay Brannan (Ceth)
EE.UU., 2006, 101 min.

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