Por: Francisco Javier Quintanar Polanco
“Juan López Moctezuma es y seguirá siendo un cineasta sorpresivo, un artífice del cine de horror, un desalmado que le recupera el alma a los espectadores de sus películas. No es un cineasta marginal, mas bien quienes no han visto sus películas se han marginado de la experiencia del que no creyó en el límite y por eso enriqueció nuestro sentido de la sorpresa”.
Carlos Monsiváis
Las palabras anteriores describen acertadamente lo que López Moctezuma representa para la historia de nuestro séptimo arte. Una personalidad ilimitada, que lo mismo hablaba de Jazz que de literatura, de pintura o de cine. Y en este último rubro, desarrolló una filmografía que, no obstante mantener sus constantes temáticas, goza de cierto eclecticismo que le hace moverse en diversos terrenos con bastante soltura y correcta efectividad.
Esto queda manifiesto en su testamento cinematográfico intitulado El alimento del miedo, el cual, tras años de vivir sepultado en una montaña de burocracia y disputas de derechos y regalías, por fin logra salir de la tumba y llegar a las pantallas en una fugaz aparición (una de varias, esperamos). Los que ya pudimos verla, salimos gratificados de presenciar uno de los últimos trabajos de uno de los realizadores más interesantes que nuestra cinematografía ha generado en los últimos años.
El relato se basa en un hecho de nota roja acaecido entre los años cincuenta y sesentas, y que en realidad un mero pretexto para que el realizador haga despliegue de todas las cualidades que marcaron su estilo: personajes excéntricos o esclavizados por obsesiones que guían sus actos y los conducen a un destino funesto, un ambiente de irrealidad constante y locura latente que flota en el aire y rezuma por las paredes de los escenarios donde ocurre, generando una atmósfera donde todo (absolutamente todo) puede pasar… y pasa.
Pero lo que hace particular a este filme es un detalle en particular: que Moctezuma buscase el camino a la deconstrucción de la locura partiendo del terreno de una cierta realidad cotidiana. La locura de sus personajes y su abyección intentan ser justificadas como el resultado de la pobreza y la ignorancia, de un estado de descomposición social que degenera en una decadencia moral y mental, y que conduce a sus protagonistas por oscuros y siniestros derroteros.
En este microcosmos de podredumbre y degeneración, López Moctezuma decide convertirse en demiurgo de su propio universo, asumiendo la personalidad del maestro de ceremonias de un circo ambulante callejero, para gradualmente irse reduciendo hasta transformarse en un triste clown borrachín y desolado. Es el mismo Juan quien, entre frases sutiles e improperios muy prosaicos nos conduce y compenetra en un universo que empieza como un homenaje declarado al mundo carnavalesco de Fellini, y concluye con visiones pesadillescas que remiten a Tod Browning. Un cosmos que se habla de tú con el de Mary, Mary, Bloody Mary (sin llegar a su frenesí demencial), y que es hermano de La mansión de la Locura (sin elevarse a sus niveles orgiásticos y pánicos), pero que se encuentra enraizado en una representación de nuestra realidad más cercana. El alimento del miedo es una perla negra (muy negra) de un director que, a once años de su deceso, aún espera a ser descubierto y aguarda el reconocimiento que justamente se merece.

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